– «He olvidado». ¿Qué significa esto? -se preguntó Morgennes, para quien la noción de olvido era tan incomprensible como la de la luz para un ciego.
¿Qué había podido olvidar el conde que fuera tan importante para que decidiera poner fin a sus días?
– Rió -le dije a Morgennes-. A causa de nosotros. De mí. Olvidó a Sibila. Solo duró un instante, al final de la representación. Pero para él fue demasiado…
– ¿Estás seguro de que ha muerto? -preguntó Morgennes, desolado por la noticia.
– Se apuñaló en el corazón.
– ¿No hay ningún medio de salvarlo?
Incliné la cabeza, indicando que no, por desgracia.
Alexis de Beaujeu, que seguía junto a nosotros, propuso:
– ¿Por qué no lo lleváis a la domus infirmorum de los hospitalarios? Sus practici tienen una excelente reputación. Muchos son originarios del país, ¿sabéis?
– ¿Como el que trató a Balduino III? -pregunté.
– Aquí no hay donde elegir, si se quiere tener una posibilidad de sobrevivir. Por otra parte, el médico del rey es musulmán…
– ¡Y me encuentro p-p-perfectamente! -gritó Amaury, irrumpiendo entre nosotros.
Había oído el final de la conversación y parecía muy interesado en informarnos.
– ¡De hecho, estoy t-t-tan bien que me voy a hacer un poco de ejercicio! ¡A Egipto!
Luego bajó los ojos para mirar a Thierry de Alsacia, a quien Chrétien llevaba en brazos.
– Apreciaba a este conde, sí -prosiguió Amaury-. Era un excelente amigo. Sé hasta qué p-p-punto lo apreciaba mi hermano. El entierro correrá de nuestra cuenta… Y p-p-para compensar esta mengua en nuestras finanzas, iré de inmediato a reclamar a los egipcios lo que nos d-d-deben.
Cada año, según un acuerdo firmado en 1160 entre el sultán alAdid y el rey de Jerusalén, el sultanato egipcio debería haber pagado ciento sesenta mil dinares a los francos. Pero esos dinares nunca habían llegado, y Balduino había expirado poco después de haber advertido al visir encargado de entregárselos -un tal Chawar- que si no se los hacía llegar, iría a reclamárselos personalmente.
Con Balduino muerto, probablemente envenenado -nunca se sabría la verdad, ya que su médico había sido inmediatamente descuartizado-, ahora le correspondía a Amaury recordar sus deberes a los egipcios. Entre los cristianos, hacía ya algún tiempo que pensadores y filósofos se habían ocupado de la cuestión, y para ellos estaba claro: Dios había exhortado al Nuevo Israel (o dicho de otro modo, a la cristiandad) a que tomara de los egipcios lo que le correspondía por derecho, es decir, sus tesoros. Tal como había escrito Daniel de Morley: «Con la ayuda del Señor y por orden suya, debemos despojar a los filósofos paganos de su sabiduría y de su elocuencia, para enriquecer con sus despojos la Verdadera Fe».
Por «sabiduría» y «elocuencia» había que entender, naturalmente, «territorios» y «riquezas».
Además, la incorporación de Egipto a la cristiandad presentaba la doble ventaja de reforzar Jerusalén y debilitar Damasco, que no podría contar ya con este aliado potencial (dado que también era musulmán, aunque de una obediencia diferente).
En cualquier caso, Amaury estaba encantado, de partir a la guerra. El espectáculo al que acababa de asistir había avivado su apetito, que ya era de por sí considerable.
Morgennes, que parecía tener un camino perfectamente trazado en Palestina y que suponía que, al convertirse en caballero, cumpliría el último deseo de su padre, preguntó al rey:
– Majestad, ahora que tengo una armadura y una espada, ¿puedo unirme a vuestra expedición?
– Reconozco que eres sorprendente -respondió Amaury-, pues has c-c-conseguido librarnos de ese canalla de Sagremor. Mi respuesta es sí, p-p-pero viajarás con los peones. No con los caballeros… Porque lo que acabas de lograr te habrá acarreado la enemistad de algunos de mis valientes, que tenían en alta estima al Caballero Bermejo, aunque no sé p-p-por qué.
Amaury se volvió entonces hacia los suyos y decretó:
– Por otra parte, también Sagremor será enterrado.
Luego apuntó con el dedo a su senescal y añadió:
– ¡Pero lo costearás tú, Milon de Plancy, ya que fuiste quien dio a Morgennes la mala idea que todos sabemos!
El senescal masculló unas palabras inaudibles, pero que se adivinaban cargadas de odio hacia Morgennes, y tal vez incluso hacia Amaury.
– ¡He dicho! -tronó el rey.
Aprovechando la benevolencia que el monarca mostraba hacia él, Morgennes probó suerte de nuevo.
– ¡Os lo ruego, tomadme como escudero! Me pegaré a vos como la sombra a su amo, yo…
– ¿Como la sombra a su amo? ¡Eso s-s-sí que es hablar bien! Escúchame, Caballero de la Gallina, un rey nunca se vuelve atrás en sus p-p-promesas. Te acepto entre mis infantes. ¡Pero luego no te quejes si mueres aplastado por una de nuestras cargas! ¡Si quieres ser armado caballero, ve a matar a un auténtico d-d-dragón!
Morgennes, que por encima de todo quería estar cerca de los caballeros para tener una oportunidad, por ínfima que fuera, de encontrar a los que en otro tiempo habían aniquilado a su familia, dudó un momento. ¿Qué debía hacer? Justo entonces percibió un movimiento a su izquierda. Volvió la cabeza, y vio una procesión de caballeros revestidos, unos, con una túnica blanca marcada con una cruz roja, y otros, con una túnica negra marcada con una cruz blanca, que se dirigían hacia la puerta de la ciudadela llevando un gran relicario en forma de cruz, forrado de oro y piedras preciosas.
¡ La Santa Cruz!
Morgennes se incorporó y se preguntó en voz alta:
– ¿Quiénes son esas gentes? ¿Por qué llevan la Vera Cruz?
– Porque están encargados de guardarla -le respondió Amaury-. Estos hombres son «apóstoles»; se les llama así p-p-porque son los guardianes de la Santa Cruz, sobre la que Nuestro Señor Jesucristo fue crucificado. Y ahora vuelven a la iglesia que la acoge.
– ¿Al Santo Sepulcro?
– Exacto.
Morgennes se apartó, para dejar pasar al rey y a su cortejo, que se dirigieron hacia los corceles que habían preparado para ellos en la puerta de la ciudadela.
– ¿En qué piensas? -le pregunté, sabiendo muy bien qué pensamientos ocupaban su mente.
– Por un instante -me dijo-, yo también lo he olvidado todo. He dejado de pensar en el conde de Flandes, e incluso en la caballería… Aquí se producen acontecimientos poco corrientes.
– Estamos en Tierra Santa -le recordé.