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Morgennes no respondió. Por primera vez desde hacía mucho tiempo tenía miedo.

– Partid al norte -prosiguió Guillermo-. Que se olviden de vos. Aquí nunca seréis aceptado. Es demasiado pronto. A ojos de todos solo sois, y seréis siempre, el Caballero de la Gallina.

– Pero el rey…

– El rey tiene otros asuntos de que preocuparse antes que de vuestra educación. Debe impedir que Siria ataque su reino, evitar que se le meta en la cabeza conquistar Egipto, y además, y sobre todo, guardarse de sus nobles… Lo que es, sin duda, lo más complicado. Os lo digo seriamente: haceos un nombre en el extranjero, y luego volved si os lo pide el corazón.

Había algo en la voz de Guillermo que impulsó a Morgennes a escucharle. Por esa razón mi amigo y yo abandonamos Jerusalén al apuntar el día para dirigirnos a Constantinopla, y dejamos que el buen Guillermo se las arreglara como pudiera para reemplazarnos.

Por desgracia, no tuvo nuestro éxito. Porque en lugar de ofrecer a los creyentes el misterio que nosotros debíamos representar, presentó un texto de su propia cosecha que empezaba así: «De cómo los hospitalarios iniciaron su modesto camino…».

Fueron muchos los que se marcharon antes del final de la representación. Y un viejo tosedor llamado Algabaler incluso gruñó: «¡Tal vez sea verdad, pero es un aburrimiento!».

17

Es esclavo de su haber quien lo amasa y lo acrecienta cada día.

Chrétien de Troyes,

Cligès

En Tierra Santa sucede con los milagros algo parecido a lo que ocurre con las chinches en la cabeza de un niño o con los hongos en las bodegas de nuestros monasterios: proliferan. Allí se reúnen todas las condiciones para que eclosionen, y no hay nada de extraño en ello. Igual que Flandes tiene sus coles, Provenza sus melones, Italia sus uvas y Grecia sus olivos, Tierra Santa tiene sus milagros.

El único inconveniente es que no se exportan -excepto bajo la forma de reliquias o de ideas- y que para asistir a ellos hay que ir al lugar de origen. Y así, Morgennes y yo atravesamos Canaán, «donde Jesús transformó el agua en vino y sanó a distancia al hijo de cierto oficial real», para dirigirnos luego hacia «la colina donde el hijo de Nuestro Señor multiplicó los panes», y poco después a Nazaret. Allí hicimos un alto para ir a ver al célebre comerciante de reliquias Masada.

Este, sin embargo, estaba ausente; de modo que fue Olivier, su joven esclavo, quien nos recibió en su lugar.

– Hoy es sábado -nos dijo-. El doctor no trabaja. Pero si queréis comprar alguna de nuestras maravillas, puedo informaros, porque yo soy cristiano.

– ¿Os queda -le pregunté- un poco de Santa Sangre? Hemos venido de muy lejos para conseguirla.

– Ah -dijo Olivier-, sus señorías tienen suerte. Justamente nos queda un frasco. Es una reliquia de las más raras…

Después de invitarnos a instalarnos sobre unos cojines dispuestos en torno a una mesita redonda, donde nos sirvieron té, el esclavo desapareció un instante detrás de una fina cortina de algodón y luego volvió con un cofrecillo, que abrió para presentarnos su contenido.

– ¡Ahí tenéis, señorías: el frasco de la Santa Sangre de Nuestro Salvador! ¡Solo existe uno en todo Oriente, y está a su disposición! Desde luego se ofrece con un certificado de autenticidad, firmado personalmente por el propio obispo de Acre…

– ¿Cuánto? -pregunté.

– Habitualmente no la vendemos por menos de seiscientos besantes; pero para los señores, como veo por vuestra tonsura que sois, en cierto modo, de la familia, estoy dispuesto a bajar a la santa cifra de cuatrocientos cuatro besantes, que es, como saben, el número de versículos del Apocalipsis…

– ¿«Habitualmente»? -dijo Morgennes, sorprendido.

El joven hizo como si no le hubiera oído, y Morgennes no insistió. De todos modos no teníamos un céntimo. Solo habíamos ido para curiosear, para admirar lo que esta extraña tienda, famosa en el mundo entero, ofrecía.

– En realidad no hemos venido para comprar, sino para vender -confesé.

– Gracias, pero ya tenemos todo lo que necesitamos -dijo Olivier cerrando el cofrecillo.

– Tal vez. Sin embargo, si por algún milagro un objeto particularmente interesante cayera en nuestras manos…

– Habría que consultarlo con el doctor Masada. No estoy autorizado a responderos…

– ¿Y esta armadura? -preguntó Morgennes-. ¿Nos la cambiaríais por una de vuestras mercancías?

Mostró al joven la armadura rojiza del Caballero Bermejo, para la que no encontraba uso.

– Esto no es una herrería ni una armería. Deberíais ir a informaros en las guarniciones de la Fève o del Krak. Tal vez os la comprarán.

Pusimos fin a la entrevista dándole las gracias por el té y prometiendo que volveríamos en otra ocasión con más fondos.

– ¿Qué tenías intención de venderle? -me preguntó Morgennes cuando nos hubimos alejado unos pasos en dirección a la cuadra donde esperaba Iblis, nuestro semental, que en otro tiempo había pertenecido al Caballero Bermejo.

– Esto -dije sacando del bolsillo el frasco rojo sangre que el conde de Flandes había ofrecido entregarnos en pago por nuestro servicios.

– ¿Se lo cogiste?

– Fue Nicéforo quien me lo dio. Me dijo que el conde quería entregárnoslo de todos modos y que… Resumiendo: es una compensación. En realidad no quería vendérselo, solo tener una idea del precio.

– Ahora ya lo sabes.

– ¡Exacto!

Y mientras lo decía, abrí el frasco y vertí su contenido en el suelo del establo, cerca de un pobre asno maltratado por los años.

– Mira este asno -dijo Morgennes-. Parece tan viejo que no me sorprendería enterarme de que se encontrara en el establo donde nació Cristo. ¡Es increíble que logre tenerse en pie!

– ¡En todo caso es un asno con buen gusto!

Efectivamente, el asno se había acercado al charquito que formaba el líquido del frasco y lo lamía con ávidos lengüetazos.

– ¡Condenado bicho…! -dijo Morgennes mientras le acariciaba la cabeza entre las orejas-. ¡Me gustaría saber qué tendrías que explicar si Gargano estuviera aquí para traducir tus palabras!