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El asno le dirigió una mirada vacía, que en un animal de su edad podía pasar por una muestra de reconocimiento, y luego siguió lamiendo; ingirió todo el líquido que contenía el frasco.

– Espero que no le siente mal -dijo Morgennes.

– ¡Eso no le matará, no te preocupes!

Seguimos el camino indicado por Olivier, primero hacia el este, en dirección al monte Tabor, «donde se produjo la Transfiguración de Cristo», y luego de nuevo hacia el norte, «donde san Juan Bautista anunció Su venida».

– Y aquí -preguntó Morgennes-, ¿qué milagro se produjo?

– ¿Por qué me haces esta pregunta?

– Porque tengo la impresión de que cada pulgada de Tierra Santa tiene su milagro particular. ¡Es práctico, no hay riesgo de perderse!

– ¡Los milagros nos permiten encontrar a los santos, no el camino!

– ¿Y cómo es que hay tantos?

Desarrollé una teoría según la cual esa tierra, al igual que los ríos en las crecidas, que se desbordan por exceso de agua, estaba tan inundada de lo divino que Dios surgía por todos sus poros, bajo la forma de milagros.

– De los más pequeños a los más grandes -precisé-. En Tierra Santa, los milagros no se oponen al orden natural. Son lo natural, y no hay más que hablar.

Este «no hay más que hablar» resonó mucho tiempo en la cabeza de Morgennes, que conducía su montura hacia el nordeste, donde el tembloroso horizonte se mudaba en una cadena de montañas. La tierra se abría, henchida del fuego solar, que hacía surgir de la llanura imágenes de capas de agua y estremecimientos de la luz. Pero todo se disipaba cuando nos acercábamos, de manera que el objetivo hacia el que nos dirigíamos se alejaba cada vez más.

– Me gustaría -dijo Morgennes- que se me concediera un milagro, aunque fuese pequeño. Solo para mí. Ya sabes, uno de esos jocus jogandi, como los que produjo Bernardo de Claraval. No es mucho pedir, ¿no crees?

– ¿Y qué tipo de milagro sería ese?

– ¡Tener, aunque solo fuera una vez, una sola, la ocasión de probar mi valor!

– Vigila que Dios no te escuche, hermano. Podría ser que te otorgara ese deseo, y mucho antes de lo que piensas…

18

Según nos cuenta la historia, era un caballero bueno y

fuerte, pero se había comportado como un insensato.

Chrétien de Troyes,

Erec y Enid

Cuando se produce un milagro, es raro que avise.

Por eso Morgennes y yo avanzábamos con toda calma hacia el norte, en dirección al Krak de los Caballeros. Hablábamos de esto y de lo otro, cuando de repente Morgennes me ordenó:

– ¡Desmonta!

Como solo teníamos un caballo, y él me dejaba montarlo, pensé que quería descansar un poco.

– Desde luego -le dije-. Debes de estar agotado…

– No se trata de eso. ¡Vamos, desmonta! ¡Rápido!

Su tono era cortante, casi agresivo.

– Pero, en fin, querrás explicarme…

– ¡Están atacando el Krak de los Caballeros!

Mi sorpresa fue tan grande que estuve a punto de caerme de la silla.

– ¡Por la sangre de Cristo! ¿Cómo lo sabes?

– Está en el aire… Lo siento.

– ¿Lo sientes?

– Sí. No puedo explicártelo… Pero en el aire hay algo que me recuerda a ese trágico día de mi infancia, cuando los caballeros surgieron para atacarnos. Hoy el objetivo es el Krak.

– ¿Unos caballeros atacan el Krak?

Morgennes me miró, con los ojos muy abiertos, y me dijo:

– Más bien pensaba en los sarracenos de Nur al-Din.

– Y bien, ¿qué piensas hacer?

– Prevenir a los hospitalarios.

No me atreví a dar a Morgennes las riendas de Iblis, y le advertí:

– ¡Es una locura! Por otra parte, seguramente ya deben de estar al corriente…

– ¿Y si no es así?

– ¡Los sarracenos nunca permitirán que atravieses sus líneas!

– De todos modos tengo que intentarlo.

– Te lo ruego, no lo hagas. Es más prudente volver atrás e ir a hablar con los templarios de Nazaret…

Morgennes me cogió con suavidad las riendas de Iblis y me devolvió la jaula de Cocotte con una extraña sonrisa:

– Chrétien, hermano, ¿qué te ocurre? ¿Has perdido la fe?

– Claro que no, pero…

– ¿No había pedido a Dios un pequeño milagro?

– El jocus jogandi de Bernardo de Claraval consistía en expulsar del monasterio a las moscas que lo habían invadido. ¡Me parece que hay una gran diferencia entre un ejército de sarracenos y unos insectos!

– ¿Tú crees?

Morgennes soltó del lomo de Iblis la armadura y la espada de Sagremor el Insumiso, y me las tendió diciendo:

– ¡Si las cosas se ponen mal, protégete con esto!

– ¿Y tú?

– ¿Acaso no tengo ya la armadura y la espada de que hablaba san Bernardo?

– ¿Las de la fe?

– ¡Ten confianza! -me dijo.

Espoleó a Iblis y desapareció entre una nube de polvo, en dirección a la montaña envuelta en pesadas nubes grises en cuya cima se levantaba el Krak de los Caballeros.

«Morgennes -me dije-, espero que no te hayas equivocado. Porque no es pequeño el milagro que solicitas de Dios…»

Morgennes era feliz.

Sin saber por qué, volvía a pensar en su padre. Tenía la impresión de que estaba allí, con él. Muchos años atrás, su padre había estado en esta región. ¿Por qué razones? Morgennes no lo sabía. Pero le saludó en silencio, como si efectivamente galopara a su lado.

Sin reducir la marcha, Morgennes se sacó la sobrevesta de lana, y se quedó solo con una túnica de lino blanco con una gran cruz de oro: su atuendo para la escena, las ropas de san Jorge.