– ¡Montjoie! -gritó haciendo girar sobre su cabeza la chaqueta que acababa de sacarse-. ¡Por Nuestra Señora y por san Jorge! ¡Al ataque!
Los sarracenos.
Morgennes nunca los había visto, y sin embargo, como una raposa que olfatea a su presa, había adivinado su presencia. Estaban ahí delante, parapetados en las oquedades y las fallas del Yebel al-Teladj, como hormigas que hubieran partido al asalto de un montón de grava. La cima de la montaña, que apuntaba a través de un racimo de nubes, se engrandecía en la lejanía, mientras que las más cercanas -grandes montañas de laderas escarpadas, igualmente nevadas- disminuían a medida que avanzaba.
Luego el sol escapó de la amenazadora tormenta y empezó a brillar justo por encima de Morgennes, que no dejaba de repetir:
– Impetum inimicorum ne timueritis.
¿Cuántas veces había oído Morgennes murmurar esta frase, una respuesta de breviario, al padre Poucet? ¡Centenares, miles de veces! En realidad habría podido indicar la cifra exacta (mil ciento ochenta y cuatro), tan extraordinaria era su memoria.
«¡No temas el ataque del enemigo!»
Lleno de confianza en su padre, en Dios y en Poucet, Morgennes irrumpió en el campamento de los sarracenos. Era la hora sexta, la de la oración de ed dhor para los musulmanes. Morgennes se dijo que era una buena hora para san Jorge, cuya victoria contra el dragón negro había tenido lugar a la hora de la comida. «Si no me toman por loco, lo que tal vez soy, forzosamente tendrán que creer en un milagro.» «Aunque no sea el caso…»
Las tropas sarracenas acampaban en la llanura de la Bekaa, al sudeste del Krak.
La fortaleza, en manos de los hospitalarios desde 1142, se levantaba sobre un espolón rocoso que dominaba el paso de Homs, el único acceso de Damasco al mar. No era, pues, casual que Nur al-Din hubiera decidido lanzar allí su ataque, después de que Amaury, al invadir Egipto, hubiera roto la tregua que él le había ofrecido. El sultán de Damasco se había puesto a la cabeza de sus ejércitos para golpear al más débil de los estados cruzados: en el Krak de los Caballeros. Después se dirigiría hacia Trípoli, y acabaría con ese pequeño condado y con su conde, Raimundo de Trípoli.
Morgennes distinguió una multitud de camellos, unos tendidos, libres de equipaje, y otros de pie, cargados de armas y víveres. Los esclavos circulaban entre ellos, o llevaban cubos de cebada a los caballos o paja a los mulos. Mujeres con velo deambulaban en grupitos, pasando de una tienda a otra, con un caldero en la mano. Hacía tanto calor que no se veía soldados por ninguna parte, y un delicioso olor a sopa flotaba en el aire.
– No temas el ataque del enemigo -se repitió Morgennes.
Dios estaba con él.
«¿Como antaño con los caballeros?»
Para expulsar de su mente este pensamiento, espoleó a Iblis con más energía aún, y el campamento se irguió súbitamente ante él, a solo unos latidos de su corazón.
La tormenta, que había ido cobrando fuerza durante toda la mañana y había avanzado lentamente desde el Yebel al-Teladj hasta situarse sobre la Bekaa, había acabado por evaporarse sin lluvia, relámpagos ni truenos. El cielo, de un azul infinito, volvía a ser el habitual, el de los días ardientes. Pero un rayo cayendo del cielo no habría causado más sorpresa que Morgennes cuando se lanzó contra las primeras tiendas del campamento. Empujando a su montura hasta el límite de sus fuerzas, la convirtió en un arma con la que golpeó a sus adversarios -de momento algunos desgraciados y desgraciadas que habían tenido la mala suerte de cruzarse en su camino-. Después de coger en un armero una larga espada curvada, cortó tantas cuerdas como pudo, para aprisionar a los musulmanes bajo la tela de sus tiendas. Estas se agitaron como el vientre de una mujer a punto de dar a luz; en su interior, los sarracenos se debatían buscando una salida, aun a riesgo de reventarle la panza.
Aún no habían dado la alerta, y Morgennes ya había tenido tiempo de matar a varios mahometanos. Luego golpearon un gong. Resonaron golpes de címbalos, toques de trompeta. Se lanzaron gritos.
– ¡Por san Jorge!
El efecto sorpresa había pasado. Pronto habría acabado todo…
Faltaba saber para quién.
Dos musulmanes se acercaron con la lanza apuntando hacia delante. Iblis se encabritó y soltó violentas patadas contra el suelo. Se oyó un ruido como de fruta demasiado madura que revienta, y luego los soldados se desplomaron, con el cerebro supurando del cráneo.
¡Cambiar el plan!
Reflexionando febrilmente, Morgennes se dijo que ya solo le quedaba escapar o lanzarse a la batalla, y eligió esta última opción. Picando espuelas, condujo a Iblis hacia el centro del campamento, es decir, hacia su jefe. En un momento en el que otros habrían rezado o huido, Morgennes atacó con mayor vigor aún. Su oración era su galope, y ponía su suerte en las manos de Dios.
Haciendo caso omiso de las flechas que volaban sobre él, Morgennes golpeaba a derecha e izquierda, se inclinaba sobre Iblis para hacerlo cocear, rozaba el suelo para, con un violento golpe de su espada, liberar de sus ataduras a los caballos y a los camellos, hacía molinetes con el brazo, lanzaba patadas, espantaba al adversario riendo a carcajadas.
– ¡Este hombre está loco! -gritaban los sarracenos.
– ¡No es un hombre, es Sheitán!
– ¡Ha venido para castigarnos!
– ¡Huid! ¡Huid!
Era tan fácil que casi resultaba divertido. ¡Nada podía alcanzarle!
En ese momento vio en el cielo un destello, un resplandor. Levantó la mirada un instante y descubrió una estrella. Brillaba en pleno día, a la altura del Krak de los Caballeros, y lanzaba destellos de luz a un ritmo regular. Luz. Nada. Luz. Luz. Nada. Luz…
¿Qué era? ¿Un código? ¿Una señal enviada por Dios?
Luz. Luz. Luz.
¿Qué era aquello? Morgennes no lo sabía, pero los poderosos castillos de la región -los del Hospital (como el Krak) o los del Temple (como Chastel Blanc y Chastel Rouge)- habían unido sus fuerzas, y de resultas de este acuerdo se habían dotado de un ingenioso juego de espejos, con ayuda de los cuales se enviaban mensajes.
Así, prevenidas de la llegada de Nur al-Din por los vigías del Krak desde el inicio de la mañana, las tropas reunidas de Chastel Rouge y Chastel Blanc, oportunamente reforzadas con tropas llegadas de Constantinopla, y también con caballeros francos de vuelta de una peregrinación a Jerusalén, habían acudido sin tardar a socorrer a los hospitalarios.
Varias decenas de caballeros, seguidos por centenares de infantes, se lanzaban al asalto del campamento de Nur al-Din. Y los del Krak les incitaban:
– ¡Atacad! ¡Atacad!