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En lugar de venir del sur, como Morgennes, llegaron del noroeste, descendiendo por las laderas delYebel Ansariya en medio de una avalancha de polvo. Una larga columna de caballeros, en fila de a dos, había aprovechado la mole indestructible del Krak de los Caballeros para avanzar a cubierto.

Morgennes vio cómo los blancos estandartes con la cruz roja y los negros con la cruz blanca surgían bruscamente del parapeto de la montaña y se lanzaban contra los sarracenos.

– ¡Los refuerzos, por fin!

¡Lo había conseguido!

De repente, un sablazo lo devolvió a la realidad. Un soldado damasceno acababa de hundirle el sable en el vientre, y un dolor fulgurante atravesó su cuerpo.

Debería haber muerto, perder los estribos y desplomarse del caballo. Pero no murió, sino que todavía encontró fuerzas para levantar su espada y abatirla contra el cráneo del soldado, que partió en dos. Al verlo, los demás musulmanes, que se habían acercado con la esperanza de acabar con él, emprendieron la huida aterrorizados.

Apretando los dientes, Morgennes espoleó a Iblis y se lanzó en dirección a la gran tienda blanca coronada por una media luna de oro, que creía que debía de ser la de Nur al-Din.

Este último, advertido primero por las ligeras sacudidas del suelo que habían hecho temblar su té y luego por los alaridos que oía fuera, ya sospechaba que se estaba produciendo una catástrofe. Hasta ese momento, su plan se había desarrollado a la perfección; pero he ahí que de pronto surgía lo imprevisto encarnado en un caballero sin armadura, montado en un caballo blanco, que gritaba a voz en cuello: «¡San Jorge! ¡San Jorge y el dragón! ¡Adelante!».

El jinete sembraba el pánico entre sus tropas; dispersaba a sus monturas y a sus animales de carga, derribaba sus tiendas, destrozaba sus víveres, mataba o hería a sus soldados, a sus súbditos, arruinando sus ambiciones.

Nur al-Din salió precipitadamente de su tienda para ponerse a la cabeza de sus hombres. Ya se disponía a montar su corcel cuando -como un relámpago blanco- el misterioso caballero surgió a su espalda, con el sable en la mano.

– ¡Por san Juan Bautista! -aulló Morgennes.

– ¡Por las barbas del Profeta! -exclamó Nur al-Din.

Y al distinguir a uno de sus guardias de corps, le gritó:

– ¡Tú, protégeme!

Y luego, a otro que corría en su auxilio, con la mano en la empuñadura de su espada:

– ¡Y tú, ve a buscar refuerzos! ¿Dónde están mis oficiales?

De hecho, sus hombres habían tratado de detener a Morgennes, pero el terror se había apoderado de ellos al ver que sobrevivía a ese golpe en el vientre. Sin poder creer lo que estaban viendo, habían redoblado sus esfuerzos, y uno de ellos incluso había conseguido herirle en el brazo con su lanza -sin por ello lograr detenerle-. Entonces, trastornados por ese espantoso prodigio, y viendo que caían uno tras otro bajo sus golpes sin poder frenarle, la mayoría habían huido, o se habían dirigido hacia el noroeste del campamento, donde la carga de los cruzados había abierto una brecha en las filas de los sarracenos.

Frente a Morgennes solo quedaban, pues, dos personas: el sultán y su guardia de corps, al que Nur al-Din gritó de repente:

– ¡Suelta mi montura!

El guardia de corps tal vez habría tenido tiempo de golpear a Morgennes o de huir, pero se sacrificó y descargó su sable contra las ligaduras que mantenían trabada la montura de su jefe.

Un instante después, Morgennes le cortó la cabeza, que rodó bajo los cascos del caballo de Nur al-Din. Este, con el rostro sudoroso y el cuerpo helado, huyó al galope hacia Damasco abandonando tras él una babucha, que Morgennes recogió después de haber bajado de su caballo. Tras acercarla a sus ojos para contemplar los ornamentos, la frotó sobre su pecho, justo al lado de la cruz.

A su memoria acudieron las imágenes de los caballeros que habían atacado a sus padres y a él mismo.

¿Acaso era como ellos?

No. Porque si bien él también había atacado por sorpresa, su adversario era un ejército, y no dos niños y sus padres.

La gente corría en todas direcciones: hombres, mujeres y adolescentes, que habían ido al combate como a una fiesta -seguros de alcanzar la victoria sin tener que pagar por ella-. Pasaban animales que llevaban sobre sus lomos a fugitivos que se apresuraban a huir del caos; entre Morgennes, la carga de los templarios y el pánico que se había extendido entre los musulmanes, no podría decirse quién causaba más estragos.

«¿De modo que no soy un escudero? ¿No tengo educación militar? ¿No sé utilizar una lanza? Pues ¿qué he hecho aquí, sino llevar al enemigo a la derrota?»

Las tiendas se derrumbaban, se incendiaban al contacto con los braseros que ardían en su interior. Bramidos, gritos indistintos de terror, voces, gritos, lloros… Había algo en aquella música que a Morgennes le resultaba aún más odioso porque sabía que era él quien la había compuesto, a fuerza de embestidas, galopadas y mandobles.

Dejando a Iblis tras él, se plantó como una roca en medio de la desbandada y se puso a lanzar sablazos a los fugitivos, golpeando al azar. Demasiado preocupados por salvar la vida para darse cuenta de que eran atacados, ni siquiera pensaban en replicar; y así Morgennes pudo segar tres o cuatro vidas, víctimas fáciles, que le dieron ganas de vomitar. «No soy yo -se dijo-. Yo no soy así. Vamos, basta…»

En ese momento, la carga de los templarios, que había puesto en fuga a los últimos mahometanos, llegó a su altura:

– ¡Hola! -dijo uno de los monjes soldado deteniéndose ante Morgennes-. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

– Me llamo Morgennes.

– ¿Sois caballero?

– No -dijo Morgennes.

– Pues os vestís como ellos.

– Es un disfraz para la escena -dijo Morgennes-. Me lo he puesto para impresionar al adversario, y por lo visto lo he conseguido.

El templario, un oficial de sienes entrecanas y mirada cruel, le dirigió una sonrisa escéptica.

– Blasfemáis, desgraciado. O desvariáis. Nosotros, y solo nosotros, hemos hecho huir a Nur al-Din… ¡Vos no tenéis nada que ver con esta hazaña!

– ¿Ah no? -dijo Morgennes.

Y le tendió el zapato de Nur al-Din. El templario, que se llamaba Dodin el Salvaje, un nombre que reflejaba a la perfección su temperamento, lo cogió y exclamó con los ojos dilatados por la sorpresa:

– ¿Qué es esto?

– La babucha de Nur al-Din.

Dodin examinó los motivos, con rostro impasible, y luego declaró:

– Esta babucha podría ser de cualquiera.

– ¿Puedo conservarla? -preguntó Morgennes.

– No -dijo Dodin-. La guardaré para hacerla examinar. Mientras tanto haced el favor de seguirnos al Krak de los Caballeros, donde vuestra historia será escuchada y vuestro caso juzgado.