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– Seguro que debe de estar furioso conmigo. Me gustaría ir a presentarle mis excusas.

– Será difícil, porque ya no está aquí. Ha recorrido un largo camino desde tu llegada. Sobre todo desde tu largo sueño.

– ¿Dónde puedo encontrarle?

– Temo que no estés, por el momento, autorizado a acercarte a él. Su majestad el emperador Manuel Comneno, basileo de los griegos, le ha tomado a su servicio.

– ¿Y yo? ¿Le serviré algún día?

– Cuando estés preparado.

– Una última pregunta, si me lo permitís.

– Habla.

– ¿Cómo se llama este sirviente? -Kunar Sell.

Morgennes salió trotando en dirección a las cocinas, mientras repetía ese nombre: «Kunar Sell». Una vez más, tenía el presentimiento de que sus destinos estaban entrelazados. ¿Se engañaba? Por alguna razón que no llegaba a explicarse, le parecía indispensable ir a presentar sus excusas a este hombre.

Pero las semanas pasaron sin que encontrara tiempo para hacerlo. Morgennes redoblaba sus esfuerzos y su sagacidad para cumplir del mejor modo cada uno de sus numerosos deberes. Una de sus tareas consistía en dirigir el servicio de los festines ofrecidos a los recién llegados, en el curso de los cuales se servían más de un centenar de platos. A decir verdad, Morgennes hacía algo más que dirigirlos; porque él mismo llevaba a la terraza donde se celebraba el banquete más de la mitad de todo lo que debía subirse: es decir, más de una cincuentena de platos, bandejas, calderos y marmitas.

Unos meses más tarde lo ascendieron finalmente al rango de cocinero aprendiz, y lo asignaron al departamento de Aliños, Condimentos y Aromas. Allí, bajo la férula de un maestro de especias -que no era otra que la anciana que hablaba chino y de la que habíamos sabido que se llamaba Shyam-, aprendió a dosificar las especias. Pronto se convirtió en un experto en el arte de ajustar el gengibre, la canela, el azafrán, la nuez moscada, el macis, la mejorana y la cubeba. Aprendió que el azúcar no solo servía para curar a los enfermos, sino que también podía consumirse directamente o añadirse a la leche para endulzarla. Y con inmensa sorpresa descubrió que determinadas mezclas de especias podían matar o curar, paralizar, obligar a un individuo a hablar contra su voluntad, borrar la memoria, devolver el brío a aquellos que lo habían perdido, agotar, revigorizar; en definitiva, los efectos eran tan numerosos que aún había que elaborar la lista de todos ellos. (La que contenían los pergaminos que yo consultaba era muy incompleta, aunque incluía varios cientos de posibilidades.)

Pero si había una cosa que Morgennes soñaba con aprender era a hacer cocer la pimienta como su maestra de especias. Shyam la preparaba de un modo que no se parecía a ningún otro y sacaba de ella prácticamente todo lo que quería. En particular, muchas explosiones, con o sin nube de humo, y de una potencia más o menos importante según la cantidad y el tipo de pimienta empleado. Por desgracia, la anciana se negaba a compartir su arte con nadie.

– ¡Ningún extranjero tiene derecho a saberlo! -declaraba imperturbable.

Además, Shyam nos enseñó a leer y a hablar en chino.

Gracias a ella, pude sumergirme en los libros de cocina de la gran biblioteca. Descubrí, con gran sorpresa, que muchas de estas obras no trataban de cocina, sino que contenían métodos destinados a aprender las lenguas extranjeras. Así aprendimos la «lengua del desierto», que hablan los beduinos, así como un antiguo dialecto procedente de los Cárpatos: la «antigua lengua de los vampiros».

Un día, mientras platicábamos en dialecto provenzal (uno de los numerosos dialectos en los que nos expresábamos a veces), Shyam nos preguntó:

– ¿Podríais enseñarme esta lengua?

– Desde luego -respondí yo-. Pero me gustaría haceros una pregunta. Cuando Morgennes estaba moribundo y yo os pregunté si había algún chino en las cocinas, ¿por qué no me dijisteis nada?

– Vos habláis la lengua de oc. Y sin embargo, si yo os hubiera preguntado: «¿Hay algún tolosano aquí?», ¿me habríais respondido «sí»?

– No, claro.

– Pues bien, ya tenéis la respuesta. El hecho de que hable chino no me convierte en una china…

Y después de una pausa, añadió dirigiéndose a Morgennes:

– Igual que saber montar a caballo o utilizar una lanza no convierte a un hombre en un caballero.

Desconcertados, pero comprendiendo lo que quería decir, nos prometimos que prestaríamos más atención a sus palabras, y le enseñamos el provenzal -no sin preguntarnos por qué querría aprenderlo.

Llegó un día en el que Morgennes pasó a convertirse en asador y en el que por fin le enseñaron a manejar la pica. Más tarde tuvo derecho a utilizar tenedores y cuchillos para cortar la carne; posteriormente aprendió el manejo de la espada a dos manos, de la espada bastarda, del estoque, la daga y el machete -que manejaba indiferentemente solos o con otra arma, con la mano derecha, con la izquierda, con un escudo, una adarga o una rodela-, y de los movimientos de la capa, cuando tenía una.

Después de convertirse en descuartizador, y luego en carnicero, Morgennes estudió la anatomía del ser humano; al principio, a partir de la de las vacas y los cerdos.

– Porque son nuestros vecinos más próximos -le dijo Colomán.

Así, aprendió a desangrar al enemigo, a causarle dolor, a dejarlo inconsciente, paralizarlo, lisiarlo, y para acabar, a enviarlo ad patres. Pero también se familiarizó con las numerosas técnicas que permitían ablandar la carne con ayuda de una maza, de un garrote, una matraca, un martillo, o simplemente de su puño. Luego le inculcaron el arte de ejecutar con sus armas toda clase de paradas, amagos y cabriolas, utilizando el mandoble y la estocada, golpeando por alto, por bajo y, claro está, por sorpresa.

Y llegó por fin el día tan esperado en el que Colomán anunció a Morgennes:

– Ahora que sabes perforar las mejores armaduras, doblar los escudos, hundir los yelmos, pasar tu lanza por el extremo de una anilla colgada de un hilo y cortar una flor con la punta de tu daga (y todo eso a galope tendido), ¡ya estás a punto para el servicio!

– ¿A galope tendido? ¡Pero si nunca he montado a caballo!

– ¡No te engañes! ¡Tú has hecho algo mejor! ¿Recuerdas a las numerosas esclavas con las que has pasado tantas noches?

– Desde luego -dijo Morgennes.

– Pues bien, las ha habido jóvenes y salvajes, altas, gordas y pesadas, negras, blancas y morenas, estaban las que forcejeaban, las que pateaban, las que se precipitaban y te acogían con la grupa en tensión… Por lo que sé, en materia de monturas, puede decirse que has montado un poco de todo; has cabalgado igualmente bien por detrás y de costado, por arriba y por abajo, cambiando de posición según te apetecía y conduciéndolas a tu capricho adonde querías llevarlas. A derecha, a izquierda, de frente, arriba, abajo, y todo eso sin silla, estribos ni riendas… Quien cabalga a las mujeres no tiene nada que temer de los caballos, porque no hay montura más exigente y difícil que ellas (excepto tal vez una joven yegua…). Porque dime, ¿no sabes pasar acaso en plena carrera de una a otra? ¿Bascular de su lomo a su vientre? Créeme, estás preparado, más que preparado.