Colomán juntó las manos y hundió su mirada en la de Morgennes.
– Ya eras maestro en el arte de disfrazarte y de hacerte pasar por otros. Ahora que sabes combatir, montar a caballo, en camello y en todo lo que se puede montar, que el lenguaje de los marineros, los obreros, los talladores de piedra y los ujieres no tiene ya secretos para ti, y que sabes abrir todo lo que normalmente está cerrado (hablo tanto de los cofres como de las conciencias), ha llegado el momento de someterte a la prueba…
Colomán descruzó las manos y sacó del interior de una de sus mangas un rollo de pergamino cerrado con un sello de oro.
– ¿Qué es? -preguntó Morgennes.
– Lo abrirás fuera. Ni siquiera yo tengo derecho a conocer su contenido. Se trata de una crisóbula imperiaclass="underline" ¡tu primera misión!
Morgennes cogió la crisóbula que le tendía Colomán, le saludó y abandonó el palacio. Una vez fuera, le pareció que el cielo, la vida en el exterior, era completamente distinto a lo que le había sido dado contemplar durante los años pasados aprendiendo su oficio -si puede decirse que ser mercenario es un oficio.
– ¡Cómo ha cambiado el mundo! -dijo Morgennes mirando hacia Constantinopla.
– ¿El mundo? -dije-. No. Has sido tú quien ha cambiado.
Sin escucharme, rompió el sello imperial y leyó su orden de misión.
23
¿Dónde están los dioses?
¿Dónde está la palabra dada?
¿Los has olvidado ya?
Chrétien de Troyes,
Filomena
– Pronto cumpliré treinta años -me dijo Morgennes una noche-. Y hasta el presente, ¿qué he hecho? Robar la joroba a jorobados para llevarla a los mercaderes de talismanes. Desenterrar los huesos de reyes muertos antes de la venida de Cristo para que no tengan ni un más allá ni una sepultura. Encontrar a doce vírgenes de doce años (como Atenea), con los cabellos de oro y los ojos garzos, para deslizarías entre las sábanas del emperador. Dar con el único viejo apergaminado, y tuerto por añadidura, que no tenía ni un solo cabello blanco en la cabeza. Desollar vivos a una quincena de grandes lobos, y soltarlos luego en un pueblo para hacer huir a sus habitantes. Encontrar una nidada de ansarones para que la nobleza de Bizancio pueda secarse con su plumón.
»¿Y todo eso con qué objetivo? Porque me he comprometido a servir a Colomán «durante toda mi vida». Yo, que soñaba con ser armado caballero, solo soy un vil asesino a sueldo. La mano de otro. Y aún, su mano izquierda… ¿Recuerdas aquellos extraños navíos desprovistos de velas que hicimos naufragar en las costas dálmatas? ¿Aquellas mujeres y aquellos niños que nos suplicaban que los sacáramos del agua, mientras nosotros concentrábamos nuestros esfuerzos en ese maldito cofre de ébano para transportarlo a tierra? ¿Cuántos ahogados por el contenido de un cofre del que no sabíamos nada? ¿Recuerdas el Tíber, que emponzoñamos para que infestara Roma y la peste se extendiera por la ciudad? ¿Cuántos muertos? ¿Y a esa joven y bella reina, cuya escolta aniquilamos cuando la devolvía a casa de sus padres? ¿Cuántas veces fue violada por los leprosos a los que la entregamos porque el emperador así lo quería? ¿Ya has olvidado el Libro del tiempo, esa obra fabulosa arrancada de los dedos ensangrentados de su propietario legítimo para que formara parte de la biblioteca imperial? ¿Y esa maldita partitura, que servía -según decían- para atraer a los dragones, robada a un músico que soñaba con tocarla y que había pasado toda su vida componiéndola? ¿No estás asqueado? ¿No tienes bastante ya? ¿No tienes ganas de gritar: "Dios, ¿cuándo dejarás de burlarte de nosotros?"?
»Sé que acabaré en el infierno, porque quise hacerme soldado, e incluso algo peor. Pero ¿y tú? ¿No vales tú más que eso? ¿No te preguntas: "Morgennes, ¿dónde estás? ¿Adónde nos has arrastrado?"?
»Pareces esperar un desenlace. Pero no habrá desenlace. La vida nunca lo tiene. Dime, pues, ¿dónde está la fe? ¿Dónde está nuestra humanidad? ¿Dónde están el amor, la verdad y la amistad? ¿Nuestras alegres francachelas, nuestros banquetes, nuestras veladas? ¿Y el temor de Dios?
»¿Se han esfumado?
»Chrétien, de verdad te digo que todo esto tiene un precio. Y tendremos que pagarlo.
»Ya no me reconozco. ¡Mírame! ¿Qué sé hacer ahora, aparte de descuartizar, golpear, morder, esquivar, aplastar, aniquilar y asesinar?
»¡Sé renegar! Es el único campo en el que sobresalgo.
»Ha llegado el momento de quitarme la máscara y de mostrar mi verdadero rostro.
»El de una serpiente.
»Pero no. Es demasiado tarde. Porque estoy maldito, igual que esa armadura bermeja. ¿Acaso no llevó a la muerte a su antiguo propietario? ¿Y su semental, Iblis, no descubrimos lo que su nombre significaba en árabe? ¡El Diablo! Lo tengo entre mis muslos, y sin embargo es él quien me cabalga. Creo que para nosotros ha llegado el momento de volver a Palestina y de ir a presentarnos ante Amaury de Jerusalén.
»¿Me armará caballero? ¿Me convertirá en el orgulloso y noble guerrero con el que sueño ser?
»No.
»Solo yo tengo este poder.
»Soy yo quien debe probar, no que puedo serlo, sino que lo soy ya.
»Pero si soy un nuevo Hércules, ¿dónde está mi Hidra de Lerna? Y si soy un segundo san Jorge, ¿dónde está mi dragón?
»Vamos, una última aventura aún, una última misión… La decimotercera. Aceptémosla. Sí, aceptemos ir a matar a ese misterioso Preste Juan, en su país de fronteras guardadas por dragones. ¿Quién sabe si después no me tendrán al fin por el mejor caballero del mundo? Pero antes vayamos a visitar a esas tres brujas a las que robé el único ojo, la única oreja y el único diente que compartían… Pidámosles consejo, aunque ya oigo a la primera murmurar:
»-¡Misericordia!
»A la segunda decir:
»-¡Al Paraíso!
»Y a la tercera bramar:
»-¡Paenitentia!
»Ven, Chrétien, ven. La aurora de dedos rosados nos expulsa hacia Oriente. ¡Escucha cantar a Homero! Ha llegado el momento de partir.