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IV

***

24

A este lugar donde estamos, ninguna de las criaturas

de Dios llegó jamás, a excepción de nosotros dos.

Chrétien de Troyes,

Cligès

– ¿Dónde estamos?

– No lo sé -respondió Morgennes-. Se diría que en el Paraíso. Todo es blanco.

– ¿De modo que hemos llegado?

– Tal vez.

Giré bruscamente sobre mí mismo, con el rostro pálido. Nos acercábamos al término de nuestra ascensión, pero en lugar de alegrarme por ello, me moría de ganas de poner pies en polvorosa y dejar que Morgennes se enfrentara solo a su destino. Después de todo, ¿no era él quien nos había arrastrado a esta búsqueda insensata? ¡Matar a un dragón, hacerle salir de su madriguera! ¡Era una locura! Tratando de ganar tiempo, suspiré.

– No puedo más. Hagamos un descanso, ¿de acuerdo?

Sin esperar respuesta, dejé caer la bolsa que llevaba a la espalda, que se aplastó contra el suelo con un ruido mate. Luego me desanudé el turbante e inspiré profundamente; pero el aire enrarecido de las alturas me ardió en los pulmones y aquello me agotó aún más. Morgennes, por su parte, estaba en plena forma. Observaba el paisaje, los flancos inmaculados de las dos altas paredes nevadas en cuyo fondo nos habíamos detenido y que nos dominaban con la avidez de dos titanes inclinados sobre su próximo bocado.

Para los antiguos, las montañas adoptaban con frecuencia la apariencia de gigantes, o a la inversa. Así sucedía, por ejemplo, entre los griegos, con el mítico Atlas, que, transformado en piedra, unía el cielo y la tierra. Unas monedas encontradas por Morgennes en un pote de barro oculto en la vivienda del anciano apergaminado llevaban grabadas en su cara la figura del monte Argeo. Se suponía que esta montaña de Capadocia representaba a Zeus. O a Apolo. ¿Era posible que el viejo al que Morgennes había tenido que secuestrar -y en el que la falta de cabellos blancos debía atribuirse a una ausencia total de pilosidad más que a un extremo vigor- fuera uno de estos dioses antiguos? ¿El propio Zeus o Apolo? ¿Qué destino correría ahora el anciano? ¿Estaría satisfecho por haber sido añadido a la colección de curiosidades del emperador de los griegos, Manuel Comneno?

Me resultaba difícil creerlo.

Por otro lado, Morgennes me había hablado más de una vez de Gargano -que parecía ser, él también, una montaña hecha hombre-. Después de todo, aquello no tenía nada de imposible. Nada de increíble. Era solo uno de esos numerosos y extraños encuentros a los que el hombre se ve abocado, al menos una vez en su vida. ¿Y la Montaña de la Nieve, en cuya cima se levantaba el Krak de los Caballeros? ¿Era posible que un hombre (o una mujer) la representara también? Y en ese caso, ¿quién era él o ella? Morgennes se decía: «Seré yo. Yo seré esta montaña, este Krak».

Pero a la espera de poder encarnarla, tenía que acabar la ascensión de este pico, una tarea particularmente peligrosa.

De nuevo sentí náuseas, y me llevé la mano al pecho para tratar de calmarme. Si hubiera sido juicioso, nunca habría abandonado Saint-Pierre de Beauvais. Me habría quedado allí, bien calentito, copiando e iluminando las páginas de algunos viejos manuscritos. Pero mi destino estaba inextricablemente ligado al de Morgennes.

Por fortuna, en su compañía (y pronto haría quince años que estábamos juntos) me sentía seguro. O mejor dicho, para ser exactos, a la vez en peligro y seguro. De todos modos, esta vez me preguntaba si no habríamos ido demasiado lejos. Pero Morgennes parecía muy sereno, lo que no dejaba de sorprenderme.

– ¿Cómo es que no estás cansado? -le pregunté.

– No lo sé.

– ¿No te cuesta respirar?

– No.

¡Dios mío! Era como con ese espetón calentado al rojo en la posada de Arras. Morgennes debería haberse quemado la mano. Pero no había sido así. Y ahora debería estar fatigado, tener dificultades para recuperar el aliento. Pero tampoco era así. ¿Con qué tipo de hombre, o de demonio, había entablado amistad?

De repente, un dolor más violento que los precedentes me hizo doblarme en dos, con las manos sobre las rodillas. Los dientes me castañeteaban como bajo el efecto de la fiebre y mis miembros temblaban.

– ¿Tienes miedo? -dijo Morgennes preocupado.

Levanté la cabeza, muy pálido, y mi mirada se cruzó con la suya. ¿Lo había adivinado?

– Es por el frío -hipé entre dos tragos de aire helado.

– Es normal tener miedo…

– Ah, si solo… -suspiré encogiéndome sobre mí mismo-. Si solo fuera miedo… -dejé escapar en un susurro.

Quería decírselo, pero no tuve fuerzas para hacerlo. Gargano ya había hecho alusión, en el carro, a un comentario de Cocotte… Pero nadie había hecho más preguntas. De todos modos, yo no me inquietaba por mí, sino por mi héroe. Morgennes. Poco me preocupaba morir. La muerte, justamente, nunca me había parecido tan próxima como en este instante. Pues si al salir de Constantinopla me sentía desasosegado, inquieto a nuestra llegada al pie del monte Agri Dagi, y atemorizado a lo largo de toda la ascensión, ahora que prácticamente habíamos alcanzado la cima, me sentía sencillamente…

No pude acabar ese pensamiento. Un chorro de bilis salió de mi boca, manchando la nieve de flemas amarillentas, y me arrancó esta confesión:

– Me siento avergonzado.

Me sequé la boca con el dorso de la mano, dejando en mi manga forrada un fino surco de humores malolientes, entre los cuales Morgennes distinguió manchas de un rojo inquietante.

– ¿Estás enfermo?

También él depositó en el suelo el fardo que llevaba; es decir, una bolsa de viaje, una tienda pequeña para dos, un caldero, un lebrillo, un tamiz, un cucharón, dos copas, tres garrafas de vino, una cuchara y la jaula de hierro donde se encontraba Cocotte. Registró su petate y encontró una cantimplora que contenía agua, que utilizó para limpiarme el rostro, y luego un pañuelo de algodón, con el que lo secó.

– Estoy agotado, no puedo más -murmuré-. Tengo la impresión de que deliro…

Morgennes estaba preocupado:

– Estás blanco como la tiza…