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Tenía razón. Justo antes de nuestra partida, había visto el reflejo de mi rostro en un plato de estaño. Aquí y allá había zonas de sombra tan profundas que parecían irreales; en ellas debía de haberse refugiado el curioso tono amarillo ceroso que teñía mi cara desde hacía un tiempo. Con su habitual ingenuidad, Morgennes había atribuido ese tono a la enorme cantidad de huevos que yo había ingerido en otra época.

– Dime que estoy soñando…

– Podemos continuar -me dijo simplemente Morgennes, colocando las manos sobre su cayado-, o volver atrás. Es muy fácil. Basta con seguir por ahí.

Con el extremo forrado de hierro de su bastón señaló hacia atrás, a la ladera sembrada de arbustos retorcidos y negros, calcinados por el frío, que habíamos tardado varios días en subir. Ahora se hundía, escarpada y abrupta, hacia el vacío -el vacío de un gran estómago, impaciente por llenarse con nuestros dos cuerpos.

– No sé si seré capaz de rehacer este trayecto…

– Yo os acompañaré, como siempre, a Cocotte y a ti.

Mientras hablaba, Morgennes me pasó un brazo en torno a los hombros y me apretó contra su pecho para infundirme calor y confianza. A nuestros pies, Cocotte dejó escapar una serenata de cacareos interrogativos.

¿Volver a bajar, o continuar? En esta situación veía un perfecto resumen de lo que siempre había predicado: «Subir es difícil, y bajar, fácil. Pero si la muerte está en los dos extremos, la gloria solo brota en las cimas, mientras que en las llanuras florecen el deshonor y la infamia».

Me sentía como un pajarillo caído del nido al que un niño recoge en el hueco de sus manos. Pero ¿para qué la gloria, si es para acabar estrangulado? Nunca había llegado tan alto ni tan lejos como aquí, en el monte Agri Dagi, al que los cristianos llaman Ararat y del que la leyenda dice que es el techo del mundo, el que comunica con el Paraíso.

¿Cómo yo, Chrétien de Troyes, un modesto escritor, bien dotado, ciertamente, pero que no había dado prueba aún de sus aptitudes, me atrevía a aventurarme de ese modo en el territorio de los dioses y a acercarme a su panteón? ¡Acabaría despanzurrado, de eso no cabía duda! Reprimiendo un escalofrío, murmuré a toda velocidad la versión resumida de un padrenuestro, efectué unos rápidos signos de la cruz y luego exclamé:

– ¡Además, ni siquiera vamos armados! ¿Y tu dragón? ¿Con qué piensas vencerle? ¿Con los dientes? No veo por ningún lado a un Amaury dispuesto a prestarte su lanza.

Morgennes no respondió.

– Claro, ya lo sé. ¡Piensas derrotarle con tus puños!

¡Oh sí! ¡En mi delirio, lo comprendí! Morgennes tenía intención de noquear a su presa y llevarla a Jerusalén arrastrándola de la cola, como un Hércules de estos tiempos. Así todos se verían obligados a reconocer qué formidable héroe era, y se arrepentirían de haberle juzgado tan mal a su llegada a Tierra Santa y en el Krak de los Caballeros, cuando se habían reído de él.

Morgennes no me quitaba los ojos de encima, y yo tenía la confusa sensación de que, aunque no lo sintiera, comprendía mi miedo -un miedo casi palpable, que parecía surgir de todo mi ser, manar a chorros por mi mirada-. Igual que comprendía el miedo de la mayoría de los seres con los que se había cruzado; el miedo que hacía de un hombre su montura y lo arrastraba donde quería. El miedo que se había jurado domar y que, en el peor de los casos, confiaba en convertir en un aliado, en una amante.

– Escucha -dijo-, nos preocuparemos por estos detalles cuando llegue el momento. Estábamos convencidos de que esta región estaba infestada de dragones. Sin embargo, ni tú ni yo hemos visto siquiera la cola de uno. De modo que tratemos primero de rastrear a nuestra presa, y luego nos ocuparemos de cómo matarla. Además, ¿quién sabe? ¡Podría ser que fueras tú quien me ayudara a vencer!

– ¡Eso es! ¡Golpeándolo con uno de mis libros! ¡Ya me habían dicho que eran pesados e irritantes, pero nunca hasta ese punto! ¡Oh, Dios, dime por qué he venido aquí!

– El amor por la literatura -me dijo Morgennes con aire burlón.

Lo peor era que tenía razón. Yo había empezado, hacía algunos años, un relato corto en el que narraba las proezas de mi amigo. Luego lo había abandonado para escribir otra historia, inspirada en Filomena y Ovidio. De hecho, si hoy estaba aquí, era por fidelidad y por curiosidad. Por ganas de ver. Y por sentido del deber -tenía una deuda con Morgennes, y si quería matar a un dragón, yo, Chrétien de Troyes, tenía el deber de ayudarle, incluso si no había ningún dragón.

– ¡Esto es una locura!

– Tal vez -dijo Morgennes-. ¡Pero tal vez no!

Me liberé de su abrazo. La determinación, la generosidad de mi amigo, no habían disminuido ni una pulgada. Inclinándome hacia el suelo, cogí nieve con mis manos y la apreté para formar una bola. Luego lancé la bola de nieve tan lejos como pude hacia el cielo, como en otro tiempo, en Arras, había lanzado mis huevos hacia el firmamento.

– ¡Pues bien -exclamé-, vayamos a matar dragones! ¡Y si son ellos los que nos matan, qué importa, que revienten de una indigestión!

La bola de nieve se elevó en el aire, muy arriba, tan arriba que desapareció -hasta que se iluminó una estrella, la primera de la noche-. Me sentí de nuevo sereno. Seguía teniendo el mismo dolor en las sienes -a causa de la altura-, pero ya no tenía tanto miedo. Los dioses estaban de nuestro lado, estaba convencido de ello.

Y además, por encima de todo, estaba Morgennes.

Tras volver a enrollar en torno a sus manos las tiras de tela que le permitían protegerlas del frío, Morgennes se ajustó de nuevo a la espalda las correas de la jaula de Cocotte, su pequeña tienda y su bolsa, y luego se acercó a mí. Tras agacharse a mis pies, me sujetó bruscamente por las piernas, me levantó por encima de su cabeza, me colocó sobre sus hombros, apretó mis muslos contra su pecho y se incorporó en toda su altura.

Instalado sobre este extraño pedestal, vacilé un instante pero luego recuperé el equilibrio. Morgennes tenía la fuerza de un semidiós. En varias ocasiones, esta fuerza sobrehumana le había permitido realizar hazañas que yo me había jurado narrar en breve, en uno de mis relatos o -mejor aún- en uno de esos misterios religiosos que siempre me había gustado componer para edificación de las multitudes.

– Y bien, señor, ¿qué os parece vuestro nuevo corcel? -preguntó Morgennes.

– ¡Maravilloso! ¡Me entran ganas de espolearlo!

– No te lo aconsejo, amigo mío -dijo Morgennes riendo-. Si no quieres que de una coz te plante aquí en el suelo, tan bien y tan profundo que solo tus dos pies te sirvan de epitafio.

Y dicho esto, hundió su bastón en la nieve y continuó su camino.

Morgennes seguía avanzando con una determinación inexorable. Su fuerza era tan prodigiosa y su moral tan inquebrantable, que me dije que después de todo tal vez no le sería imposible acabar con el dragón utilizando sus puños como única arma.

Pero apenas habíamos recorrido media legua cuando un ruido hizo que nos detuviéramos. Parecía un batir de alas. O mejor dicho, el batir de un millar de alas, como si un ejército de pájaros viniera hacia nosotros.