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Esbozaste una sonrisa -la idea te había gustado- y sentiste que te crecían alas. Correr te resultaba fácil, el frío ya no te afectaba. Tal vez fueras solo un niño, ¡pero te sentías un gigante!

Y abriste los ojos.

Detrás de ti, a solo unos pasos, estaba tu padre, con tu hermana en brazos. También él corría, con la boca abierta, y su aliento se elevaba en la noche como una gran columna fría, que pronto destrozarían los jinetes que le seguían al galope.

¡El río! Comprendiste por qué tu madre te había dicho que fueras allí. Estaba helado. La cubierta de hielo te permitiría pasar, mientras que los jinetes -por más que fueran Dios y sus ángeles- se verían obligados a desmontar, y tal vez incluso a desprenderse de su coraza estrellada para desplegar sus alas y cruzarlo volando.

Tu padre jadeaba, escupía, sufría. En vano, porque los jinetes le pisaban los talones y no tardarían en alcanzarle. Si hubiera sido un pusilánime, habría abandonado a tu hermana, la habría lanzado al suelo para que retrasara a sus perseguidores y no frenara su marcha; pero él era un hombre valeroso, o un loco, y no la dejó, sino que, al contrario, la oprimió contra su corazón, como si quisiera tragársela, que penetrara en él, para recogerse luego sobre sí mismo y vadear de un salto el río sobre el que tú ya avanzabas.

Su superficie era terriblemente resbaladiza, por lo que tomabas precauciones para no perder el equilibrio. «Si avanzo como es debido y consigo impulsarme convenientemente, podré llegar a la otra orilla en un santiamén. ¡Adelante!»

El hielo crujió, pero aguantó, y te permitió dirigirte hacia tu salvación… y la muerte de los tuyos.

Porque cuando apenas habías alcanzado la otra orilla, el surco de hielo que habías dejado tras de ti empezó a resquebrajarse, transformándose en una grieta, un abismo ante tu padre.

El, sin embargo, no retrocedió. ¡No podía soltar a su hija! Y siguió avanzando hacia el centro del río, sin apartar sus ojos de ti.

– ¡Morgennes! ¡Mírame!

Miraste a tu padre, aferrándote a sus ojos, como si tuvieras el poder, tú que habías sobrevivido, de salvar al que no tardaría en hundirse.

– ¡Te quiero!

Los jinetes se acercaban, sus caballos se encabritaban y caían con todo su peso sobre las primeras pulgadas de hielo, que rompían con sus herraduras, sacrificando al dios del río sus primeras víctimas.

El hielo se rompió. Mil rajas corrieron en todos los sentidos, se unieron, se separaron y tropezaron las unas con las otras, de tal modo que al final la superficie del río parecía una telaraña del otro mundo, de allí donde el negro era blanco y el blanco negro.

Estaban perdidos. El agua se apoderó de ellos; se hundieron, abrazados el uno al otro. Tu padre no habría soltado a su hija por nada del mundo. Pero aún no era el final. No del todo. Con la energía que da la desesperación, tu padre todavía encontró fuerzas para abrirse la camisa y sacar la pequeña cruz que nunca le había abandonado. La besó, por última vez, la mostró a los jinetes que iban tras él y que ya apuntaban sus arcos en dirección a vosotros, y la lanzó hacia ti.

– ¡Morgennes! -¡Papá!

– ¡Ve hacia la cruz! ¡La cruz!

Corriste hacia la cruz, que había caído a solo unos pasos de ti, cuando un ruido líquido atrajo tu atención.

Era tu padre, había muerto. Unas burbujas subieron a la superficie y enseguida quedaron atrapadas por el hielo, el mismo hielo en el que una manita infantil, opaca y oscura, pareció dibujarse y luego desapareció.

3

No se puede pasar un caballo. No hay puente,

barca ni vado.

Chrétien de Troyes,

Perceval o El cuento del Grial

«¡Muerto! ¡Estoy muerto!»

Morgennes se pasó las manos por el cuerpo, se pellizcó las mejillas, se mordió los dedos, se frotó las pantorrillas: ¡todo estaba bien! Aparte de esa herida en la frente, que ya cubría una costra de sangre seca, parecía encontrarse en perfecto estado. Pero no. Él debía estar muerto. Estaba muerto. Lo sabía… Su cuerpo y sus sentidos le mentían.

«¿Cómo puedo estar vivo, cuando vosotros estáis muertos?»

Echó una ojeada a la otra orilla, donde la oscuridad era absoluta, tan absoluta que parecía irreal. Morgennes llamó a su madre, pero ella no respondió. Llamó a su padre. Silencio. A su hermana. Silencio. Dio unos pasos a lo largo del río. Su fragor le advertía: «No volverás a atravesarme».

Morgennes pateó un montón de tierra, endurecido por el hielo, y se hizo daño en el pie. «¿Y si atravesara de todos modos?» No se atrevía a mirar al río; no se atrevía, y sin embargo lo miraba, con aire desafiante. «Atravesaré. No ahora, no así… ¡Pero salvaré a los míos!»

– ¡Lo juro por Dios!

La angustia le dominó. Violentamente. Estaba a punto de ahogarse. Las lágrimas corrían por sus mejillas y luego caían en la nieve, donde se desplomó. ¿Cuánto tiempo permaneció así? ¿Cuántos días? ¿Cuántas noches?

Nadie lo sabe.

Una mañana despertó, con un cuervo a su lado.

Sin darse cuenta de lo que hacía, Morgennes ejecutó un movimiento: atrapó al cuervo y le torció el cuello. El pájaro le sirvió de alimento. Cuando acabó de comer, miró alrededor… Allí, en la nieve, una cruz… Tal vez su resplandor había atraído al cuervo. Brillaba, insensible y fría, burlándose del drama al que había asistido.

«¡Ve hacia la cruz!»

Morgennes oyó a su padre. Como si fuera ayer. Esa mañana. Ahora. Se incorporó, posó la mano sobre la cruz y sintió una quemadura tan intensa que la soltó enseguida. ¿Le había mordido una serpiente? Se miró la palma. Nada. Solo una marca, que ya se difuminaba. Esa rojez le recordaba la bofetada que le había dado su padre. Se pasó la mano por la mejilla y sintió un dulce calor… Recuperaba las fuerzas.

– ¿Qué voy a hacer? -se preguntó.

Volver a atravesar.

– Pero ¿por dónde? ¿Cómo?

Construir un puente.

– ¿Un puente? Pero ¿con qué?

«¡Ve hacia la cruz!»

Morgennes se volvió, miró hacia el bosque. Allí, entre los árboles, distinguió otra cruz. Estaba en lo alto de una capilla abandonada; sus únicos fieles eran los árboles, algunos pájaros y una familia de ardillas rojas.