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– ¡Qué importa eso! ¡Nosotros subiremos!

Luego, cuando las nubes del borde del precipicio empezaron a temblar, se lanzó al vacío.

Y cayó sobre un ala.

27

Con su afilada espada se lanza al ataque de la serpiente maléfica;

la taja hasta el suelo y la corta en dos mitades.

Chrétien de Troyes,

Ivain o El Caballero del León

Manuel Comneno levantó la nariz de su brebaje, una sopa especiada servida en un bol de oro incrustado de perlas. El líquido palpitaba como si estuviera vivo y tenía el color lechoso de las sopas chinas. Sin tan siquiera asegurarse de que su catador todavía se encontrara con vida, Manuel bebió un trago del líquido ardiente, y luego hundió su mirada en los ojos de Guillermo.

– Majestad -dijo el secretario de Manuel Comneno.

– Que me envenenen si les place. Estoy inmunizado contra todo.

Luego, volviéndose hacia Guillermo, el emperador de los griegos le explicó:

– Mis catadores solo me sirven para saber si han tratado de envenenarme. A mí, los venenos no me hacen nada. Apenas realzan un poco el sabor de mis platos.

– Majestad, rezo cada día para que no os hagan ningún daño. Pero, volviendo a esta última carta, ¿me habíais dicho que teníais alguna idea sobre quién podía ser su autor?

Tras un gesto del secretario, el catador salió de la habitación caminando hacia atrás, para no dar la espalda a Manuel Comneno, que descendió de su trono. Entonces, por efecto de un mecanismo oculto en los muros -más que por arte de magia (Guillermo no se dejaba engañar por ese tipo de trucos)-, el trono se elevó en el aire mientras en todo el Chrysotriclinos estatuas de criaturas fantásticas (grifos, dragones, fénix e hipogrifos) se agitaban, batiendo las alas como para alzar el vuelo y arañando el vacío con sus garras.

Esta instalación, encargada por el emperador, había costado una pequeña fortuna y había requerido varios años de trabajo de una célebre maestra de los secretos llamada Filomena, con quien Guillermo solo se había cruzado en un par de ocasiones, pero cuya fama había llegado de todos modos a sus oídos.

– ¿Creéis en los dragones? -preguntó bruscamente Manuel Comneno a Guillermo, arrancándolo de sus pensamientos.

– Desde luego -respondió Guillermo-. Herodoto y Plinio los mencionan en diversas ocasiones. La historia está repleta de ejemplos de dragones vencidos por hombres, santos o ángeles. Así, san Miguel, san Jorge, san Marcelo, o también, en Etiopía, san Mateo, se enfrentaron…

El emperador se limitó a levantar la mano, y su secretario le invitó a guardar silencio.

– No os pregunto si creéis que los dragones existieron un día -continuó el basileo-. Eso lo sabe todo el mundo. Os pregunto si creéis que existen todavía, en algún sitio, hoy…

– Bien…

Guillermo no respondió inmediatamente. Curiosamente volvía a pensar en el fabuloso espectáculo montado por la Compañía del Dragón Blanco, en el curso del cual Morgennes, representando el papel de san Jorge, había vencido a un poderoso dragón negro. Se preguntaba: «¿Qué se habrá hecho de Morgennes? ¿Habrá conseguido hacerse olvidar? En todo caso, yo le había olvidado… ¡El Caballero de la Gallina!». Sus labios esbozaron una sonrisa, y trató de recordar las últimas palabras de Amaury a Morgennes… A ver, ¿cómo era? No. Su memoria no era lo bastante buena. Pero recordaba muy bien que Amaury había prometido a Morgennes que le armaría caballero si conseguía matar a un dragón. Desde entonces no habían vuelto a verle, excepto en el Krak, donde había causado muy mala impresión tras hacerse pasar por san Jorge. Dicho esto, algunos -como el conde de Trípoli- afirmaban que era a él a quien debían la desbandada del ejército de Nur al-Din. Otros, en Constantinopla, contaban que Morgennes se había convertido en uno de los más poderosos mercenarios al servicio del emperador, en una de sus «almas negras». Guillermo inspiró profundamente y se lanzó:

– Creo en las amazonas, yo mismo he conocido a su reina…:

El emperador levantó la mano de nuevo, y el secretario intervino:

– ¡Al grano!

– Como se dice en la Biblia -añadió Guillermo-: «Él es la primera de las obras de Dios». Por mi parte, sería presuntuoso creer que el hombre los ha exterminado a todos. Forzosamente deben de quedar aún algunos. Aunque solo sea para el Apocalipsis…

– ¡Al grano!

– Pues bien -se apresuró a concluir Guillermo-, sí, lo creo. Con mayor razón aún porque creo en el Diablo, y no creer en los dragones sería como decir que el Diablo no existe o ha sido definitivamente vencido. Ya que draco iste significat diabolum («este dragón representa al Diablo»), como dice Isidoro de Sevilla en sus Etymologiae.

Una pálida sonrisa iluminó el blanco rostro del emperador, visiblemente satisfecho por la respuesta de Guillermo.

– Venid -dijo el secretario de Manuel-. Su majestad quiere celebrar vuestro acuerdo. Para hacerlo, iremos a la sala de los diecinueve lechos, donde su majestad tiene por costumbre recibir a sus huéspedes más importantes.

El emperador interrumpió a su secretario y declaró:

– Pero antes me gustaría que visitarais mis jardines, y luego mostraros mis preciosas colecciones de objetos sagrados y de reliquias.

– ¡Majestad, qué gran honor! -exclamó Guillermo.

En un deslumbrante despliegue de ropas de seda forradas de oro y piedras preciosas, Manuel pasó ante Guillermo, seguido de su secretario, su primer protospatario (el portador de su espada), el logoteta del Dromos (con quien Guillermo tendría que concretar los detalles de su acuerdo diplomático) y su maestro de las milicias: el megaduque Colomán. Seis de los doce guardias nórdicos que velaban en todo momento, fuera de día o de noche, por la seguridad del emperador se unieron a ellos y se colocaron de tres en tres, a uno y otro lado de estos importantes personajes.

Manuel Comneno había subido al trono en 1143. Hijo, nieto y biznieto de emperador, había tenido la suerte, si puede decirse así, de heredar un imperio reforzado, engrandecido y estabilizado por la espada de sus antepasados. Pero ¿y él? ¿Qué legaría Manuel a su hijo, el joven Alejo II? ¿Aumentaría la herencia recibida, o al contrarío, la disminuiría? Esta cuestión le atormentaba con mayor razón aún porque sus tierras se encontraban permanentemente amenazadas, al oeste y al este.

El sur ya se había perdido hacía mucho tiempo. El sur era Egipto, que en otra época había sido el granero de trigo del Imperio. Desde entonces, Constantinopla padecía constantes problemas de avituallamiento; por ello se arruinaba comprando víveres a los mercaderes -principalmente a los venecianos, odiados en todo el Imperio.