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Obedeciendo al emperador, al que de todos modos nadie se habría atrevido nunca a desobedecer en su palacio, Guillermo franqueó el umbral de la enorme doble puerta, que dos lacayos acababan de abrir ante él, y se encontró frente a un largo corredor, guardado por dos dragones.

Guillermo estuvo a punto de desvanecerse, pero el propio emperador impidió que se desplomara, sosteniéndolo en el último momento.

– ¡Rehaceos! -le dijo-. ¡Y mirad!

Guillermo abrió los ojos, y se dio cuenta de que no había visto bien. Lo que había tomado por dos dragones eran solo dos enormes lagartos, con crestas y escamas, equipados con una silla a la que se encontraba encaramado un caballero con la lanza apuntando hacia delante. Los lagartos, tan altos y aparentemente tan dóciles como palafrenes, no movían ni una pestaña. Solo sus ojos globulosos y negros permanecían clavados en Guillermo, igual que las largas lenguas rojas con el extremo bifurcado, que apuntaban a intervalos regulares en su dirección.

– ¡Dios mío! -dijo Guillermo-. ¿Por qué milagro…?

– No hay ningún milagro -dijo el emperador-, sino un simple descubrimiento. Estos lagartos, o pequeños dragones, si lo preferís, proceden de una isla situada en los parajes de la India, adonde mis mercenarios fueron a buscarlos.

– Es extraordinario.

– ¿Habéis oído hablar de la Compañía del Dragón Blanco?

– ¡Desde luego! -dijo Guillermo, entusiasmado.

– Mi sobrina forma parte de ella. ¿No la habréis conocido, por casualidad?

– No lo creo. Pero esta compañía dio, en Jerusalén, un espectáculo que no olvidaremos. Y he oído decir que el Dragón Blanco permitió que Amaury y sus hombres salvaran la vida durante una de las campañas, desastrosas ciertamente, de su alteza en Egipto.

– Contadnos esto.

Guillermo carraspeó para ocultar su turbación. Entonces, para no aumentar su incomodidad, el emperador propuso:

– Vayamos a mi biblioteca. Allí estaremos mejor para hablar. Comprendo que no os sea fácil expresaros aquí, en la turbadora presencia de estos dragoncillos. Pero me son indispensables. Hace dos meses y medio hubo unos robos…

– ¡Robaron a su majestad!

Manuel Comneno hizo un gesto en dirección a su secretario, que prosiguió:

– Sí. Alguien robó tres reliquias que su majestad tenía en particular estima. Desde que su majestad ordenó que apostaran a estos dos dragoncillos a la entrada de su colección, no ha vuelto a cometerse ningún robo.

– Este tipo de incidente no se reproducirá -concluyó Manuel Comneno levantando una mano cargada de anillos.

Dicho esto, insertó el mayor de los diamantes de sus dedos en un orificio situado a media altura en la pared. La piedra preciosa, haciendo las funciones de llave, giró en el orificio, y una sección del muro se abrió.

– Este dispositivo -dijo el emperador- me costó la bagatela de diez quilates.

No sabiendo cómo reaccionar, Guillermo prefirió guardar silencio, pero lo que vio al otro lado le arrancó un grito de éxtasis:

– ¡Por el Dios que creó el aire y el mar!

Ante sus ojos se extendía la biblioteca más extraordinaria que nunca había visto. Decenas, centenares de pergaminos estaban ordenados en casillas, mientras que una docena de libros encuadernados en cuero, oro y plata se encontraban colocados, abiertos, sobre atriles, junto a escritorios con estiletes que esperaban a ser utilizados.

Mientras le mostraba estos tesoros, el emperador dijo a Guillermo:

– Aquí encontraréis el célebre Picatrix, llamado también La meta del sabio en la magia, del gran matemático y astrónomo andalusí al-Majriti. En él se encuentra todo lo necesario sobre el arte de fabricar talismanes, de celebrar rituales que permiten gobernar las estrellas y las almas, y muchos otros misterios. Encontraréis igualmente el Pequeño tratado del Anticristo, del abate Adson. Así como El secreto de los secretos (traducido al latín por Felipe de Trípoli y que recapitula el conjunto de las lecciones dadas por Aristóteles a Alejandro Magno) y el Liber Pontificalis, del obispo romano Marcelino (donde se trata de sacrificios a los ídolos). Y aquí, encuadernado en una piel de dragón de cuarenta pies de largo, un ejemplar de la litada y la Odisea.

– ¡Fantástico! -dijo Guillermo.

– Y he aquí la Astronomica, de Manilius, de la que se dice que inspiró al aterrorizador poeta damasceno Abdul al-Hazred su Libro de los nombres muertos, el Al-Azif.

– ¿Tiene su majestad esta última obra?

– No, por desgracia no la poseo. En mi opinión se ha perdido para siempre. Pero tengo la biografía que Ibn Khallikan acaba de redactar sobre su autor.

– ¡Es la colección más magnífica de obras esotéricas que nunca haya visto! ¿Cuántos años ha necesitado su majestad para reuniría?

– Varios siglos. No, no os estremezcáis. Porque no fui yo quien comenzó esta colección. Fueron mis antepasados y mis predecesores. Pero volvamos a lo que hablábamos antes de entrar aquí. De Egipto, de los dragones y de ese famoso Preste Juan. Nos, Manuel Comneno, basileo del Santo Imperio bizantino, juramos ayudaros a conquistar Egipto. Y os aseguramos también que no conseguiréis nada si no encontráis cierta arma…

– ¿Un arma? ¿Cuál?

– Hablo de una espada. Pero venid. La visita no ha acabado. Os he mostrado mi biblioteca, adonde podréis volver para pasearos a vuestro gusto más tarde. Ahora vayamos a ver mi pequeña colección…

Manuel se dirigió hacia el extremo de aquella habitación tan larga que podría contener el Santo Sepulcro entero. Guillermo sabía qué ninguna colección de reliquias podía competir con la de Constantinopla, y se preguntaba qué otras maravillas iba a mostrarle el emperador. ¿Se trataba de la espada que acababa de mencionar? ¿Era posible que…? Guillermo sintió que su corazón palpitaba desbocado, hasta el punto de saltarse un compás. Por eso se amonestó a sí mismo, diciéndose: «Vamos, vamos, mi buen Guillermo, ¡no pierdas la cabeza! Hace más de siete siglos que murió san Jorge, y nadie ha encontrado nunca su espada…».

28

– ¿Y qué querrías encontrar?

– La aventura, para poner a prueba mi valor

y mi coraje.

Chrétien de Troyes,