– ¡Bravo! -dijo el chino-. ¡Vuestro turno!
– Sabéis, con nosotros esto puede durar mucho tiempo -dijo Morgennes, que había leído muchos libros que contenían enigmas.
– ¡Acabas de darme una idea! -dije-. ¿Qué es lo más viejo que hay?
– ¡El tiempo! -respondió el chino.
– A decir verdad -confesó Morgennes-, había otra respuesta posible: «Dios». Pero la de nuestro amigo es igualmente correcta, ya que ni Dios ni el tiempo tienen principio. De modo que se acepta. ¡Vuestro turno!
– Nómbrame una cosa -dijo el chino- a la que ninguna otra se parece, ni en la tierra, ni en el mar, ni entre los mortales; la naturaleza ha asignado reglas extrañas al desarrollo de sus partes: cuando nace es inmensa; en el mediodía de su vida es muy pequeña, y cerca de su muerte vuelve a hacerse inmensa.
– Fácil -dijo Morgennes-. ¡Es la sombra! Me toca…
Reflexionó un rato, luego pensó en su infancia y en los largos momentos pasados al borde del río. Entonces preguntó al chino:
– Mi morada no es silenciosa. Yo no hago ruido. El Señor ha ordenado que estemos unidos. Yo soy más rápido que mi morada, a veces más fuerte; pero ella trabaja más. A veces descanso, pero ella es infatigable. Habitaré en ella mientras viva. Si me separan de ella, muero. ¿Quién soy?
– ¡Ja, ja! -rió el chino-. ¡Es un pez en el río! ¡Me toca!
– ¡Dios mío! -dijo Morgennes-. ¡Esto no acabará nunca!
Se alejó unos pasos, buscando una idea. A veces el viento le traía preguntas y respuestas como estas:
– ¿Qué es lo más grande?
– El espacio.
– ¿Qué es lo más hermoso?
– El mundo.
– ¿Qué es lo más común?
– La esperanza.
– ¿Qué es lo más útil?
– Dios.
– ¿Qué es lo más perjudicial?
– El vicio.
– ¿Qué es lo más fuerte?
– La necesidad.
– Etc.
– Etc.
Siguieron así durante un rato que le pareció interminable. Lo peor era que tenía la impresión de que el juego estaba trucado, ya que algunas de las respuestas eran discutibles y en algunos casos había varias posibilidades. Pero el chino nunca discutía nuestras respuestas, ni nosotros las suyas. Y como siempre tenía respuesta para todo, este jueguecito estaba condenado a durar una eternidad.
Mirando las estatuas de piedra que se encontraban frente al puente, Morgennes buscaba la solución a este problema, cuando de pronto tuvo una inspiración repentina, ¡una iluminación! Entonces, abalanzándose como un toro contra el chino, le propinó tal cabezazo en medio del pecho que lo lanzó al vacío, al otro lado del puente.
– ¡Lo has matado! -exclamé.
– Me sorprendería. Creo que es un inmortal, y que le he dado la respuesta adecuada -dijo, dándose golpecitos en la cabeza como había hecho el chino.
– Muy astuto.
– Vía libre. ¡Partimos hacia el Paraíso!
29
Los gigantes no tenían picas ni escudos, espadas
cortantes ni lanzas, sino solo mazas.
Chrétien de Troyes,
Erec y Enid
Guillermo penetró en una sala gigantesca, cuyo techo -una cúpula de cristal- se confundía con las nubes, que, a su paso, le proporcionaban sombra y luz -tanta sombra que creía encontrarse en plena noche, o tanta luz que debía protegerse los ojos con la mano para no quedar cegado.
– ¡Oh gloria del mundo! -exclamó Guillermo-. ¡Oh secretos eternos! ¡Prodigio de los cielos! ¿Qué es esto que veo?
Sus rodillas temblaban, pero había aprendido que no servía de nada tener miedo. Aparentemente, no entraba en los propósitos de Manuel ponerle a prueba.
Hablemos de qué le había impulsado a lanzar esos gritos. Porque no era a causa de esta sala, con sus fabulosos juegos de sombra y luz. Las riquezas de la biblioteca habrían bastado por sí solas para llevar al éxtasis a todo un ejército de coleccionistas durante una vida entera, pero los tesoros de la sala siguiente debían de ser mucho más sorprendentes aún. Porque estaban guardados por gigantes. En la media luz, Guillermo distinguió a cinco soldados con una altura de varias toesas vestidos con armaduras antiguas. Sus manos enguantadas de hierro se cerraban sobre unas mazas enormes, y sus escudos estaban decorados con una hidra.
– ¡Es la señal! -dijo el emperador-. La señal de que el diluvio efectivamente tuvo lugar y de que existieron otros tiempos antes del nuestro. La señal de que la Biblia dice la verdad. Al menos en la primera parte…
– ¿No serán nefilim? -apuntó Guillermo.
– Exactamente. ¿Os habéis fijado en sus mazas?
– Sí.
Manuel se volvió hacia su secretario, que continuó por éclass="underline"
– Son de madera de gofer, la madera con la que se construyó el Arca de Noé.
– ¿Y están vivos?
– Tranquilizaos -continuó el emperador-. Están muertos desde tiempos inmemoriales. Aquí podéis ver solo la concha, porque el interior está vacío. Sus huesos, sin embargo, nos esperan en la siguiente sala. Mis artesanos han conseguido la proeza de juntarlos, lo que permite hacerse una idea de su fisonomía.
– ¿Puedo preguntar a su majestad dónde los encontró?
– ¡Dónde iba a ser sino en Tebas, la ciudad natal de Hércules!
Guillermo se acercó a una armadura, se puso de puntillas y la tocó justo por debajo de la rodilla. El metal estaba frío, en perfecto estado. Las nubes se reflejaban en él entre reflejos azulados.
– ¡Por la Virgen María! Esto me hace pensar en otra leyenda…
– No penséis -dijo Manuel-. ¡Venid!
La sala siguiente ofrecía un gran contraste con la que acababan de dejar. El techo era tan bajo como alto era el de la anterior, hasta el punto de que Guillermo (que era alto para ser un franco), Colomán y los guardias de Manuel Comneno tuvieron que agacharse para avanzar. Si no hubiera habido aquí y allá, insertados en las paredes, algunos antorcheros que difundían una luz tenue, podrían haber creído que estaban en una tumba.