Pero Guillermo se dio cuenta de que ese era el caso.
Sobre grandes mesas de piedra dispuestas en círculo, los esqueletos de los gigantes de la habitación contigua descansaban en un silencio sepulcral. Sus cráneos, de gruesos huesos, casi tocaban la bóveda de la sala, y proporcionaban a las numerosas arañas allí refugiadas un lugar ideal para tejer sus telas.
– ¿Por qué esta sala tiene un techo tan bajo? -preguntó Guillermo.
– Imaginad que se incorporaran -dijo Manuel-. Al menos quedarían bloqueados. Con este tipo de prodigios prefiero no correr ningún riesgo.
Prudente decisión, en efecto. Aunque no tranquilizó totalmente a Guillermo. Las manos de estos nefilim eran del tamaño de su cuerpo, y no podía imaginar cómo sobreviviría a su abrazo si por desgracia uno de ellos se apoderara de él. Tal vez estos gigantes estuvieran bloqueados en postura yacente, pero eso no impedía que siguieran pareciendo impresionantes. Y temibles.
– Habladme -dijo Manuel- de esta leyenda a la que habéis hecho alusión.
– Se trata justamente de la del nacimiento de Tebas. Se dice que esa ciudad fue fundada por un tal Cadmo, después de haber matado a un dragón. El héroe recibió de la diosa Atenea la orden de plantar en la tierra los dientes de ese dragón, y en el lugar donde Cadmo los había lanzado crecieron gigantes, que se mataron entre ellos…
– Todos excepto cinco, que ayudaron a Cadmo a construir la ciudad -añadió Manuel-. Conocía esta leyenda, que sin duda debe tener un fondo de verdad, puesto que ahí están los cinco gigantes. Pero eso no es todo…
Guió a Guillermo hacia el centro de la habitación, a un punto situado en el corazón del círculo formado por los cinco gigantes. Allí, sobre una estela de piedra, había un pequeño cofre de vidrio engastado de oro, con un diente gigantesco en su centro.
– ¿Qué es? -preguntó Guillermo.
– ¿No lo adivináis?
– No. Un diente de…
– Sí. Un diente de dragón.
– ¿Y si lo lanzáramos al suelo, surgiría un gigante?
– ¿Quién sabe? No tengo ganas de probarlo. Pero creo que sí. De modo que mejor no tocarlo. Seguidme, la visita continúa.
«¿Por qué razón -pensó Guillermo-, me muestra todo esto? ¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué espera de mí? En cualquier caso, si quería impresionarme, es evidente que lo ha conseguido. ¡En Tierra Santa no poseemos ni la décima parte de todas estas maravillas!»
Manuel descendió un corto tramo de escalones, que conducía a una puerta de acero oscuro. Después de abrirla por medio de un mecanismo que Guillermo no llegó a ver totalmente, pero que consistía en un sistema de ruedas con muescas que formaban un codo al girar sobre sí mismas, el emperador invitó a Guillermo a precederle.
Esta nueva sala estaba totalmente sumergida en la oscuridad, pero en ella -al contrario que en la precedente- no reinaba el silencio. Silbidos, ruidos de criaturas que se arrastraban por el polvo… ¡Serpientes!
Guillermo retrocedió un paso, pero el secretario del emperador le puso la mano en el hombro.
– ¡Mostrad al emperador que no tenéis nada que ver con este espantoso asunto y entrad!
Inmediatamente, grandes gotas de sudor perlaron la espalda y la frente de Guillermo, que se armó de valor y balbució una corta plegaria, destinada a apartar de su camino a las fuerzas del mal. El primer paso que dio al penetrar en ese lúgubre recinto le confirmó que su plegaria funcionaba; dio un segundo paso, y luego un tercero.
Un guardia lanzó una antorcha al suelo, y Guillermo vio centenares de reptiles. Pequeños, grandes, delgados como un dedo o gruesos como el brazo. Rayados, moteados, con manchas redondas o de color uniforme. Con la piel fina, o al contrario, mudándola y arrastrando su vieja piel tras ellos. Algunos no se movían, mientras que otros se desplazaban a una velocidad pasmosa, pasando sobre el dorso y luego bajo el vientre de sus congéneres, moviendo la cola, mostrando los colmillos, agitando una lengua bífida como la del Diablo. La antorcha, que había creado un círculo de luz en torno a Guillermo, mantenía a las serpientes a distancia.
Entonces, coincidiendo con el chirrido de una puerta que se cerraba, el emperador dijo a Guillermo:
– ¡Si sobrevives, te creeré!
La puerta se cerró de golpe, y Guillermo sintió un pánico infinito.
Al ver que la llama de la antorcha bajaba de intensidad y que el círculo de arena en el que se hallaba se llenaba poco a poco de serpientes, a Guillermo no se le ocurrió nada mejor que ponerse en las manos de Dios. Y en las de Masada. ¿Cuál de los dos le fue más útil? Guillermo siempre se negó a reconocerlo, pero tal vez fuera el segundo; porque, apretando contra sí el bastón con cabeza de dragón, murmuró para sí mismo: «¡Vamos, si Masada no me engañó, este bastón es el de Moisés, de modo que debería gobernar a las serpientes!».
– ¡Serpientes! ¡Apartaos!
Silbidos de serpientes que se agitaban mirando a Guillermo. Lenguas, dientes, ojos vueltos hacia él. El círculo ya no disminuía de tamaño, pero tampoco se ensanchaba.
– ¡Serpientes! ¡Retroceded!
Esta vez las serpientes retrocedieron. Solo unas pulgadas, pero lo suficiente para que Guillermo pudiera recoger la antorcha y volver sobre sus pasos. Evidentemente la puerta estaba cerrada. Mientras agitaba la antorcha y el bastón para mantener a las serpientes a distancia, Guillermo pegó la oreja a la puerta y escuchó. Pero no oyó nada. Entonces, desesperado, y no sabiendo cuándo iría a buscarle el emperador (ni siquiera si volvería), Guillermo avanzó por la habitación. ¿Había una salida? Le pareció que sí, ya que un pasillo se perdía en la oscuridad, más allá del halo luminoso de la antorcha. Cuando una serpiente se acercaba demasiado, Guillermo la golpeaba con el bastón, y aunque el golpe no la matara, bastaba para alejarla.
«¡A fe mía que este es un bastón poderoso! -sonrió Guillermo-. ¿Quién sabe si no mataría a un dragón?»
Cobró ánimos y dio algunos pasos por el pasillo, que resultó formar parte de un laberinto. El cadáver de una anciana estaba tendido en el suelo. Sus ropas, de estilo oriental, eran las de una extranjera. Por lo visto, Guillermo no había sido el primero en despertar las sospechas del emperador.
– No has muerto en vano -dijo Guillermo a la difunta.
Se inclinó hacia ella, espantando con su bastón a las serpientes que se habían enrollado en su caja torácica, y le rompió la mano.
– Bien -dijo hablando en voz alta para infundirse valor-, ya que tengo que afrontar este laberinto, más vale que empiece enseguida.
Rompió una de las falanges de la mano del esqueleto y la dejó en el suelo. Le serviría de referencia en caso de que volviera sobre sus pasos. Luego eligió ir a la izquierda, a la izquierda, y de nuevo a la izquierda. Ya vería si tropezaba con un callejón sin salida o si giraba en círculos. Extrañamente, ya no tenía miedo. Mejor aún, se sentía inocente.