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«Seguro que saldré de esta… ¡Porque yo no he hecho nada!»

En realidad, no era completamente falso, ya que él no tenía nada que ver con la última carta que había recibido el emperador. «Sí. Sí. Saldré de esta. Pero ¿y después? Bien, creo que me lanzaré a los pies del emperador y… ¿Confesaré?»

Guillermo caminó durante un buen rato; volvió sobre sus pasos, eligió otro camino, fue hacia la izquierda, otra vez a la izquierda, y luego a la derecha… Y se encontró de nuevo en el punto de partida. Cambió de camino por tercera vez, luego otra, y una quinta. En vano.

– Veamos, la salida tiene que estar en algún sitio…

Pero no. Ya había utilizado todos los dedos de su esqueleto; se disponía a seccionar la otra mano, cuando oyó detrás de él una serie de chasquidos y luego un chirrido de goznes. Apretando su bastón contra el pecho, Guillermo se volvió y vio cómo se abría la puerta por donde había entrado. El emperador estaba allí, y le contemplaba con expresión satisfecha.

30

Pero era fatal que quien había atravesado el puente sintiera

al fin cómo la fuerza abandonaba sus manos.

Chrétien de Troyes,

Lanzarote o El Caballero de la Carreta

Era un corredor largo y ancho, con las paredes adornadas con bajorrelieves en forma de dragones. Seis magníficos gongs de oro, colocados a ambos lados del pasillo a intervalos regulares, esperaban a ser golpeados por un mazo suspendido ante cada uno de ellos por una cadena que colgaba del techo. En el extremo del corredor, una pesada puerta de doble batiente debía de proteger el acceso a algún importante tesoro, porque una cabeza humana se encontraba insertada en ella, justo en el centro. Con los labios y los ojos cerrados, la cabeza tenía todo el aspecto de un sabio que estuviera meditando. Hubiera podido parecer viva, de no ser porque era de piedra.

– ¿Otra prueba? -pregunté a Morgennes.

– Es posible.

Mientras observaba los gongs, me pregunté: «¿Habrá un orden preciso para golpearlos? ¿O bien hay que golpear solo uno? ¿O dos? Y en caso de error, ¿cuáles serán las consecuencias? ¿Se abrirá una trampilla en lo alto para verter sobre nosotros un mar de fuego? No, probablemente no. Aquí no hay rastros de quemado. ¿Y si se abre bajo nosotros, para precipitarnos a los abismos?».

Curiosamente la línea de luz se detenía exactamente al pie de los dos primeros gongs. ¿Era premeditado? ¿Tenía un sentido? Lo más extraño era que los bajorrelieves en forma de dragón y los motivos de oro resplandecían, mientras que los gongs permanecían en la oscuridad. Como si la luz no tuviera incidencia sobre ellos.

Me dirigía hacia uno de los mazos colocados ante los gongs para leer lo que había inscrito en ellos, cuando un ruido atrajo mi atención. Era Morgennes. Acababa de llamar a la puerta de piedra, con toda naturalidad, como si llamara a la puerta de su vecino. No me habría sorprendido demasiado si le hubiera oído preguntar: «¿Hay alguien en casa?».

– ¿Qué estás haciendo?

– Oh, nada -respondió Morgennes-. Era solo una idea.

– A propósito de ideas, ¿no te ha parecido extraño que el chino conociera a Shyam?

– Shyam no es china -me recordó Morgennes-. Hablaba chino. Pero su tez cobriza, sus largos cabellos negros, su profundo conocimiento de las especias, su afición por los elefantes y el Kama Sutra, aparte de otras muchas cosas, me hacen pensar que debía de ser originaria de la India.

– Como el Preste Juan…

– Esto es cada vez más raro. Realmente no esperaba oír hablar de Shyam en un lugar como este. Por momentos tengo la impresión de encontrarme en uno de esos cuentos de aventuras que tanto te apasionan.

Pero yo ya no le escuchaba. Había cogido uno de los mazos situados más cerca de la ladera de la montaña para tratar de descifrar la inscripción grabada sobre su mango. De hecho había cuatro -en latín, en griego, en chino, y la última, en una lengua desconocida-, una en cada una de las caras del mango, pero todas decían: «Despierta a los gongs, y el guardián de la puerta se despertará».

– ¿Despertar a los gongs?

Morgennes me miró, vio la línea de luz al pie de los primeros gongs y me dijo:

– ¡Cojamos cada uno un mazo, y a mi señal golpeemos juntos los gongs!

Dicho y hecho. Sujetamos un mazo cada uno, y a una señal de Morgennes, los abatimos sobre los de la primera fila.

El sonido que surgió fue tan potente que creí que las paredes iban a derrumbarse. Pero no ocurrió nada de eso. Al contrario, bajo nuestros ojos maravillados, la línea de luz saltó al pie del tercer y el cuarto gong, mientras los dos primeros se ponían a resplandecer como dos pequeños soles.

– ¡Por el Dios de Jacob! -exclamé.

– ¿Crees que hemos desplazado el sol?

– Vamos a ver.

Una vez fuera, constatamos que el sol no había cambiado de lugar.

De vuelta en el interior, miramos la línea de luz con todo el respeto -o el horror- debido a los fenómenos fantásticos. Ahora, en medio del corredor, aquella luz era para nosotros como la frontera entre lo extraordinario y lo real, y casi temíamos lo que íbamos a encontrar cuando iluminara la puerta con la máscara de piedra.

Una vez más nos colocamos a uno y otro lado del corredor, levantamos simultáneamente los mazos y los dejamos caer al mismo tiempo sobre el tercer y el cuarto gong, que emitieron un sonido más grave y también se pusieron a brillar. Nos pareció que habíamos bajado un peldaño, que habíamos dado un paso más en dirección a los infiernos.

– ¡Sus párpados se han movido! -exclamé, apuntando con el dedo a la máscara de piedra de la puerta.

– Te equivocas. ¡Son sus labios los que se han movido!

– ¡En todo caso, ha reaccionado!

Morgennes se acercó a la máscara. Aparentemente no había cambiado nada. Nada excepto que ahora la luz del día había alcanzado al quinto y al sexto gong, es decir, los últimos. Después de ellos solo quedaba la puerta.

– Ya sabes lo que debemos hacer -dijo Morgennes-. Vamos, valor.

Levanté mi mazo y di la señal a Morgennes:

– ¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres!

Los últimos golpes de gong resonaron, y esta vez penetró tanta luz en el corredor que me vi obligado a cerrar los ojos. Cocotte soltó unos cacareos inquietos y giró en círculos en su jaula, tropezando con los barrotes de metal.