– ¿Qué proponéis?
– Decid al rey Amaury que me espere, porque nunca se sabe qué funestos acontecimientos podrían producirse si partiera de nuevo en campaña, solo. Sé que anda escaso de oro y no puede disponer de todos los mercenarios que querría. Sé que carece de caballeros y de material. Egipto rebosa riquezas, es cierto. Pero nosotros también. El nervio de la guerra es el dinero; que espere, pues, y lance a alguno de sus hombres tras las huellas de Crucífera. ¡Buscad, registradlo todo, muy cerca de aquí o muy lejos! ¡Revolved Lydda, la ciudad donde se venera a san Jorge, de arriba abajo! Encontrad su tumba. ¡Poned El Cairo patas arriba! Porque, si tengo que creer en los augurios, cuando los egipcios ataquen, irán acompañados por dragones. ¡Y nosotros debemos tener, por tanto, draconoctes!
– ¿Draconoctes?
– Cazadores de dragones. Esos caballeros que tienen por emblema a san Jorge y a mis dos guardias (hablo de los que montan a mis dragoncillos) como ilustración…
– Muy bien -dijo Guillermo-. Transmitiré esas palabras a mi soberano, y os prometo que haremos todo lo que esté en nuestra mano para…
– Sé que quiere volver a casarse.
– Cierto, pero cómo…
– Que deje de buscar. Si encuentra a Crucífera, le daré en matrimonio a mi sobrina nieta. Esto sellará la unión de nuestras familias y de nuestras patrias.
– Os damos las gracias, mi señor.
Dicho esto, Guillermo se levantó de su lecho y dirigió al emperador Manuel Comneno una profunda reverencia.
– He soñado -dijo al basileo- con un poderoso emperador que vendría a vernos y nos diría, como el profeta Jeremías a Judá: «Tomad esta espada, de parte de Dios. ¡Y venced!».
El emperador le dirigió una amplia sonrisa, y chasqueando los dedos indicó a su esclava que fuera a ocuparse de Guillermo. Este empezaba a sonrojarse, incómodo, cuando uno de los guardias del emperador irrumpió en la sala e hincó la rodilla ante Colomán.
– Señor, deberíais venir…
– ¿Qué ocurre, Kunar Sell? -preguntó Colomán al guardia, al que conocía bien, pues lo había formado él mismo. -Ha llegado un regalo.
– ¡Un regalo! -exclamó el basileo.
– ¿Tan grave es? -inquirió Guillermo.
– Nosotros, los griegos, siempre desconfiamos de los regalos -le respondió Colomán, y luego, volviéndose hacia Kunar Sell, le ordenó-: ¡Será mejor que lo traigas aquí!
– Es que -dijo Kunar Sell- no es un simple regalo…
– ¿Qué es, entonces?
Unos instantes más tarde, tras muchos jadeos, luxaciones y torsiones de espalda, una veintena de esclavos, dirigidos por el látigo de Kunar Sell, depositaron en el centro de la sala de los diecinueve lechos una increíble escultura en forma de elefante de tamaño natural, tallada en el más puro de los marfiles.
– ¿Será una pieza de ajedrez? -se preguntó Manuel Comneno en voz alta-. En ese caso me gustaría ver el tablero.
Una cinta rosa, de la que pendía un pergamino, estaba anudada en torno al elefante. Manuel Comneno ordenó a uno de los esclavos que soltara el pergamino y lo tendió a su secretario para que lo leyera. Este era el contenido del mensaje: «Para agradecer a su señoría, el emperador de los griegos, el magnífico tablero de ajedrez que nos ha enviado, os ruego que aceptéis este espléndido elefante de marfil, de un valor inestimable ya que perteneció a la reina de Saba, cuyo ilustre descendiente soy. Estoy seguro de que ocupará un lugar de privilegio entre vuestra colección de objetos preciosos y reliquias».
Manuel dudó un momento. Los acontecimientos se precipitaban. Pero había un problema: nunca había enviado un tablero de ajedrez a nadie. Alguien, en algún lugar, trataba de ponerle en ridículo. Abandonó precipitadamente la sala, y Colomán ordenó a la guardia que rodeara al elefante. Luego, sacando su propia espada de la vaina, el maestro de las milicias dio la señal de ataque. Una docena de hombres armados con pesadas hachas se lanzaron al asalto del elefante. Pronto el caparazón empezó a dar muestras de flaqueza, y tres soldados, negros como el hollín, cayeron de sus entrañas. Rápidamente fueron descuartizados, y el suelo se cubrió de sangre y de vísceras. Luego Kunar Sell subió al elefante para inspeccionarlo. Pero solo había un espacio muy reducido, que apestaba a cerrado. Los asesinos debían de haber penetrado en el interior del elefante la víspera o la antevíspera, y allí habían esperado el momento de pasar a la acción. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Realmente habían sido enviados por ese maldito, y misterioso, Preste Juan? Era demasiado tarde para hallar respuesta a estas preguntas, aunque Guillermo había descubierto entre las ropas de los cadáveres algo que podía esclarecer, en parte, el enigma.
– Mirad -dijo, mostrando a Colomán una pequeña moneda cuadrada sumamente extraña.
En una de sus caras aparecía una pirámide con un ojo en el centro, y en la otra, un dragón coronado con esta inscripción: «Presbyter Johannes. Per Dei gratiam Cosmocrator».
32
En verdad os digo que absolutamente todas las especies
de peces, de bestias salvajes, de aves aladas o de hombres
se encontraban allí fielmente esculpidas y grabadas.
Chrétien de Troyes,
Erec y Enid
El viento soplaba, alisando la superficie nevada de la montaña donde nos retenían prisioneros. Soplaba y soplaba, y todo lo que oíamos era una melodía sorda y delicada, una sucesión de caricias indistintas, roce de seda cuando se separa del cuerpo, canto de la tela bajo la que nos deslizamos para un largo y profundo sueño.
A veces cerraba los ojos, me apoyaba en Morgennes y esperaba. ¿Cuánto tiempo permanecimos así, encadenados el uno al otro, en un reducto que no era mucho mayor que una tumba? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un invierno entero? ¿Por qué nadie venía a buscarnos? ¿Nos habían olvidado?
A veces Morgennes tendía las manos hacia las rejas por encima de nuestras cabezas y rascaba la nieve con las uñas. Era un trabajo difícil, debido a las cadenas que nos rodeaban las muñecas. A intervalos regulares, me traía un poco del fruto de su cosecha:
– ¡Traga!
Ya no tenía fuerzas para obedecerle. Entonces, delicadamente, me abría la boca e introducía con los dedos algunos pedacitos de nieve. Yo tenía demasiado frío, demasiada hambre, para decir nada. Pero le miraba, tratando de hablarle con los ojos. Le decía: «Gracias, gracias…».