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Como una madre que aprieta a su hijo contra su seno, me apretaba contra su pecho y me transmitía su calor. Probablemente eso fue lo que me salvó. Y digo «me» y no «nos» porque Morgennes no parecía sufrir como nosotros, pobres humanos, por la acción de los elementos. El calor, el frío, le dejaban prácticamente indiferente.

De los soldados que nos habían arrojado a este calabozo, algunos eran habitantes de la región, y otros eran originarios de Francia o de Egipto. Por uno de ellos nos habíamos enterado de que nos encontrábamos en el interior de la zona de los montes Caspios, que marcaban la frontera occidental del imperio del Preste Juan y constituían el territorio de los peligrosos gogs y magogs.

– Os encontráis en lo que queda de los últimos territorios de Alejandro Magno -me dijo-. Nosotros veneramos al Conquistador y protegemos el Arca, para que nadie venga nunca a bajarla del lugar donde el Altísimo la colocó.

– ¿Y los dragones? -pregunté.

El hombre me miró, y luego volvió a unirse a su columna. Por lo visto, era un tema tabú. Pero tal vez los dragones habitaran en esa especie de cavernas perforadas en las laderas de la montaña hacia la que nos dirigíamos. Allí, después de varios días de marcha agotadora, nos quitaron las cadenas. Morgennes y yo estábamos extenuados, y en cuanto los soldados nos desataron de sus caballos, me desplomé, demasiado agotado para permanecer en pie. Bajo la amenaza de sus armas, los soldados nos condujeron entonces a este agujero infame excavado en la nieve.

– ¿De qué nos acusáis? -les pregunté con un hilo de voz.

– ¡Silencio, gusanos! -gritó el oficial que lucía un casco con un penacho de plumas naranja. Él era quien nos había arrestado-. ¡No contentos con haber violado la entrada del Monasterio Prohibido, formabais parte, además, del equipo que robó el Arca! ¡Confesad que venís de Constantinopla!

¿Robar el Arca de Noé? Pero ¿de qué estaba hablando?

– Sí, es verdad que venimos de Constantinopla -reconoció Morgennes-, pero no tenemos nada que ver con los ladrones del Arca. Ni siquiera sabíamos que estaba en estos parajes.

Mientras hablaba, recordó los esquemas que había visto en el palacio de Colomán. Durante varios años, ni un solo navío había salido de los arsenales de Constantinopla, porque estaban demasiado ocupados reparando, en el mayor de los secretos, un navío del que nadie sabía nada. Un aprendiz de mercenario le había contado un día a Morgennes que los trabajos no avanzaban porque los ingenieros de Manuel Comneno esperaban la llegada de un experto, procedente de Francia. «¿Podía ser que ese experto fuera Filomena?»

– ¿Qué pensáis hacer con nosotros? -preguntó al oficial.

– ¡Silencio!

Acto seguido se apoderaron de Cocotte y nos confiscaron nuestro equipo, pero nos dejaron las ropas que ahora llevábamos. La nieve y el frío llegaron muy deprisa. Una mañana, o mejor dicho, una noche… -no; efectivamente era por la mañana, aunque ya no había luz-, Morgennes y yo nos despertamos en medio de la penumbra y el silencio. Iba a decir algo, a hablar de mi sorpresa, pero Morgennes me puso un dedo en la boca e hizo: «Chisss…».

¿Cuánto tiempo hace? Mi mente se aferra al desfilar de los días. ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué me importa tanto saberlo? Y cuando llegue la respuesta, ya sea en días, semanas o meses, ¿qué cambiará? ¿Cuánto tiempo? ¡Tengo que saberlo, o me volveré loco! El tiempo es ahora todo lo que tengo. Acurrucado contra Morgennes, escucho los latidos de su corazón. Palpita lentamente. Comparado con el suyo, el mío suena como un redoble de tambor. Es imposible. Seguramente estoy soñando, como he soñado todo lo que precede.

Suavemente, Morgennes posó la mano en mi hombro y me despertó.

– Es invierno -murmuró-. Es mi aniversario…

Vuelvo a dormirme.

Morgennes pronto tendrá treinta años. Así pues, ya nunca será armado caballero. Es demasiado viejo. Todo lo que puede esperar, como mucho, si un día vuelve a Jerusalén, es acabar como hermano sargento de la Orden del Hospital. ¡Después de todo, es monje! ¡No es poca cosa ser hermano portero! ¿Y yo? Yo soy mayor que Morgennes. Ya debería haber sido ordenado sacerdote.

Vuelvo a dormirme.

Un poco de frío en la garganta. Morgennes me da de comer nieve. No abro los ojos. Pero en algún lugar, en el fondo de mi ser, pienso: «Gracias, Dios mío. Gracias».

Vuelvo a dormirme…

Oigo cómo tañen las campanas. Se acabó. Son las del monasterio. El de Saint-Pierre de Beauvais. ¡Así que estamos salvados! Puedo seguir durmiendo tranquilamente.

– Vamos, ya es hora -dice Morgennes.

No, déjame. Todo va bien ahora. Hemos vuelto…

– ¡Vamos, es hora de levantarse!

Me sacude, me zarandea violentamente.

¿Qué haces? ¡Déjame tranquilo, estoy bien!

– ¡Levántate! ¡Cocotte ha puesto un huevo!

Abro los ojos. No. Trato de abrir los ojos, pero no lo consigo. ¿O los he abierto ya? No. Un soplo sobre mis párpados. Es Morgennes. Su aliento me calienta las pestañas, pegadas por el hielo. Abro los ojos por fin. Pero el mundo está cerrado. Porque todo es gris, negro o blanco. Morgennes está ahí, bajo una rendija de luz, donde ha excavado una galería.

– ¡Tenemos que salir! -dice sacudiéndome.

– Dormir un poco más.

– Ya has dormido bastante. Hace varios días que duermes. ¡Basta! ¡Despierta!

– Pero… ¿y los demás? -consigo balbucir.

– Están muertos.

– ¡Muertos!

Brutal aflujo de sangre en mis venas. «¡Muertos!» Esta simple palabra me revigoriza. Por fin vuelvo a ser dueño de mí mismo. Me levanto, y me desplomo a los pies de Morgennes, que me sujeta por debajo del brazo y me levanta. Me sostiene contra él. Él es yo. Yo soy él. Formamos una única carne. Qué importa, pues, que muera… Aunque…

– ¿Y Cocotte? Has dicho que había puesto un huevo.

– Mentía. Era para que te despertaras.

Levanté la mirada. Un delgado tubo de luz conducía hacia el exterior, entre dos barrotes de metal oxidado.

Morgennes desgarró la poca ropa que le quedaba para enrollármela en torno a las manos, los brazos y el torso.

– Ayúdate con tus cadenas…

– Y el cielo te ayudará -dije yo con una débil sonrisa. -¿Ves?, ya estás mejor. ¡Vamos! ¡Piensa en Cocotte!

Morgennes me aupó hacia arriba y me encontré de cara a la nieve, con la nariz hundida en la blancura y con el cielo sobre la cabeza. Fijé como referencia esa mancha de azul y no aparté la vista de ella. Y me puse a cavar, sin pensar en nada.