Ni Morgennes ni yo proferimos una sola palabra; era difícil saber si entre las plumas que veíamos pegadas a los muros mezcladas con sangre se encontraban las de Cocotte. En todo caso, estaba claro que en este lugar no quedaba nada vivo.
– Ven -me dijo Morgennes-. No nos quedemos aquí.
Ya se disponía a lanzar su antorcha al interior del gallinero, para que corriera la misma suerte que el resto del pueblo, cuando distinguí un reflejo rojo. ¡Una pequeña pluma! La pluma revoloteó en el aire, describió dos o tres círculos girando sobre sí misma, y fue a posarse sobre una superficie redonda y lisa, del color de la caliza.
– ¡Un huevo!
Morgennes levantó su antorcha e iluminó un huevo, misteriosamente salvado de la matanza.
– ¡Un huevo de Cocotte! ¡Un huevo de Cocotte!
Estaba convencido de que era suyo. La pluma lo cubrió delicadamente, como para mostrármelo. Lentamente me acerqué al huevo y lo cogí.
Pero en ese momento oí el tañido de una campana. Esta vez estaba seguro, no lo había soñado.
– No -me confirmó Morgennes-, no estás soñando…
No era momento de discutir, y los dos miramos en dirección al tañido de la campana, que se dejó oír de nuevo. En realidad eran campanillas, o cascabeles; en medio de un torbellino de bruma y de polvo blanco, vimos surgir un cortejo de hombres y caballos, cuyas formas difusas empezaron a perfilarse cada vez más nítidamente.
Dos personas marchaban en cabeza, una cubierta con una capa, y la otra con un velo. Sus rasgos aún no sé distinguían con claridad, estaban demasiado lejos, y la nieve y el viento difuminaban las líneas. Todo era confuso. Sin embargo, creímos reconocer… No, era imposible, puesto que estaban muertos.
No me atrevía a pronunciar los nombres que me quemaban en los labios, pero Morgennes lo hizo por mí:
– ¿Sibila? ¿Thierry?
¿Estábamos delirando? Nos parecía reconocer, en efecto, en el hombre y la mujer que empezábamos a distinguir en este instante, al conde de Flandes y a su esposa, Sibila. Y si ellos estaban allí, significaba que estábamos en el Paraíso.
Y que estábamos muertos.
Pero no, porque la bruma se disipó, y entonces vimos que se dirigían hacia nosotros un hombre y una mujer que no conocíamos. Detrás de ellos avanzaba bamboleándose un carromato con las armas del papado; sus ruedas revestidas de hierro dejaban en el polvo la marca de dos serpientes.
El hombre, vestido con una gruesa piel y calzado con botas forradas, se acercó jadeando, como si hubiera realizado un gran esfuerzo. Curiosamente parecía aliviado. El grueso collar de barba negra, su mirada inquisidora, que abrazaba todo lo que le rodeaba, y su manera de guardar las distancias, lo identificaban como un clérigo o un diplomático de alto rango. Cuando estuvo solo a unos pasos de nosotros, nos inspeccionó de arriba abajo sin preocuparse de guardar las formas, como si se encontrara frente a unos bárbaros, dudó en hincar la rodilla en tierra, pero preguntó de todos modos a Morgennes:
– ¿Sois el Preste Juan?
33
Diría que os burláis de mí. ¿De verdad os estáis burlando?
Chrétien de Troyes,
Guillermo de Inglaterra
Amaury tuvo un sueño.
Se encontraba en Jerusalén, en el Santo Sepulcro, en el momento de su coronación. El patriarca aún no le había colocado la corona sobre la cabeza, y Amaury esperaba rezando, con la mirada humildemente baja y las manos unidas en un gesto piadoso. Pero mientras recitaba algunas frases latinas que no entendía en absoluto y que aparentemente no tenían ningún sentido, Amaury se sintió extrañamente solo. Levantó un párpado y constató que frente a él no había patriarca ni niños del coro, y que las dos velas colocadas junto al altar brillaban con una luz extraña.
Un movimiento a su espalda atrajo su atención. Al mirar atrás, distinguió unas serpientes que se deslizaban entre los bancos del Santo Sepulcro, descendían a lo largo de los pilares, de las cortinas, surgían del interior de las vidrieras, salían del suelo, de las juntas de las losas… Y luego emergían de entre sus propios dedos.
Amaury lanzó un grito y se levantó para ir a coger su espada, pero entonces se dio cuenta de que iba vestido con una túnica de lino blanco y de que se había despojado de sus armas -como en los primeros tiempos del Santo Sepulcro, cuando el reglamento prohibía que entraran las mujeres y los hombres armados o con intenciones belicosas.
Llamando a sus hombres, aunque era incapaz de pronunciar nada que no fueran palabras entrecortadas, tartamudeando aún más que de costumbre, Amaury se dirigió apresuradamente hacia la doble puerta de la iglesia. Pero estaba cerrada con llave, y de la cerradura salían áspides. Retrocedió, volvió junto al altar y se arrodilló valerosamente en medio de los reptiles, al pie de la Vera Cruz. Allí, mientras balbucía una oración, vio cómo el relicario de oro y piedras preciosas donde estaba insertada la Santa Cruz ondulaba, se hinchaba, se resquebrajaba y luego se partía en dos y vomitaba culebras.
Amaury despertó bruscamente, con el cuerpo bañado en sudor. Incluso en los inviernos más fríos, como este, a menudo le arrancaba de su sueño una desagradable sensación de ahogamiento. Pero esta vez era distinto. Como un gran insecto que inspeccionara con sus antenas la crisálida en la que se había encerrado antes de su transformación, Amaury palpó con la palma de la mano las sábanas en las que se había envuelto. Estaban húmedas. Pero no era eso lo que más le incomodaba. En cuántas ocasiones se había despertado, de niño, en sábanas húmedas de orina, de adolescente, en sábanas manchadas de semen, o de adulto, en sábanas húmedas de transpiración. Infinidad de veces. No, lo que más le sorprendía era que no se sentía los brazos, ni el derecho ni el izquierdo… Redoblando esfuerzos por liberarse, consiguió por fin extraer uno de sus miembros…, ¡que se había transformado en víbora!
Amaury despertó, esta vez de verdad. Con el corazón palpitante y los brazos entumecidos, gritó:
– ¡Chambelán!
En el pasillo que daba a su habitación sonaron unos pasos, la puerta se abrió, y el chambelán apareció en el umbral.
– ¡P-p-por fin llegas! -dijo Amaury-. ¿Dónde estamos?
– Majestad, no comprendo…
– ¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este?
– Majestad, estáis en el Krak de los Caballeros, adónde habéis querido acudir para inspeccionar los trabajos de acondicionamiento y ver en persona el increíble descubrimiento realizado por los hospitalarios en el curso de la obra.