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– Ah, sí, es verdad -balbució Amaury-. Tenía la mente un poco confusa por una p-p-pesadilla…

– ¿Un mal sueño?

– ¡Una p-p-pesadilla, acabo de decírtelo! ¿Dónde están Alfa y Omega?

– A vuestros pies, majestad, como siempre.

El chambelán y Amaury miraron al pie de la cama, y vieron un gran cojín acolchado de terciopelo rojo con el hueco que habían dejado los perros; pero los animales no estaban.

– ¡Alfa! -gritó el rey.

– ¡Omega! -llamó el chambelán.

Eso desencadenó la ira de Amaury, que le amonestó:

– ¡P-p-pero qué estás haciendo! ¿Te burlas de mí? ¿No querrás llamar a mi hijo, ya puestos? Solo yo tengo derecho a llamar a mis p-p-perros. ¡Alfa! ¡Omega!

Ruborizado por la confusión, el chambelán se retorció las manos mientras se decía que nunca más volvería a aceptar un puesto semejante. Ocuparse de la casa del rey, de sus finanzas, era por regla general un cargo particularmente ambicionado. Pero con Amaury nada era normal. Nunca se sabía qué antojo le vendría a la cabeza, qué decretos promulgaría, qué órdenes -a cual más extravagante- daría.

A cuatro patas sobre las losas del Krak, Amaury buscó bajo su mesa y bajo su sillón; entonces tuvo la idea de mirar bajo la cama. Y allí encontró por fin a sus dos bassets, encogidos, temblando desde las patas hasta el extremo de la cola.

Después de haberlos depositado en su cama, Amaury se volvió hacia su chambelán, levantó los brazos para que le ayudara a quitarse el camisón y preguntó:

– ¿Dónde estabas?

– Majestad, estaba junto a vuestra puerta, tal como mi deber…

– ¿D-d-dormías?

– Majestad…

– ¿Y bien? ¿D-d-dormías?

– Yo, hummm… Sí. Perdón, majestad.

– Chis, chis, no necesito oír tus exc-c-cusas. Lo que quiero saber es dónde estabas.

– Pero majestad, acabo de deciros…

– Sí, sí, junto a mi p-p-puerta…

Desnudo, Amaury dio unos pasos por la habitación y se dirigió hacia la ventana, mostrando al chambelán sus grandes nalgas llenas de granos rojos. Este cerró los ojos, y luego volvió a abrirlos, diciéndose que después de todo había visto cosas peores. (Pensaba en el par de senos, de lo más femeninos, que colgaban del pecho de su rey.) Bufando como un buey, Amaury efectuó una serie de ejercicios físicos, y luego se volvió hacia su chambelán para que le ayudara a vestirse.

– ¿Y bien? -prosiguió el rey.

– Majestad, no comprendo vuestra pregunta…

– P-p-pues es muy clara -balbució Amaury-. He tenido una p-p-pesadilla, en el curso de la cual me encontraba en Jerusalén, en el Santo Sepulcro. Me atacaban unas serpientes, y yo p-p-pedía ayuda, pero nadie acudía. ¿Por qué?

– Su majestad debe de burlarse de mí -dijo el chambelán, cada vez más confundido-. No tengo el poder de intervenir en los sueños.

– ¡Pues es una lástima! Porque me encontraba en una p-p-posición extremadamente enojosa. ¡Créeme, no olvidaré t-t-tan fácilmente que tú, el patriarca, mis guardias, senescal, condestable y tu-tu-tutti quanti no hicisteis nada cuando os necesitaba tanto!

– Sí, majestad. Perdón, majestad.

– La próxima vez, t-t-trata de intervenir…

– Desde luego, majestad.

Los dos bassets ladraron, gruñeron al chambelán, y saltaron a los brazos de Amaury cuando este acabó de embutirse en el grueso manto de piel de oso que su chambelán le había ayudado a ponerse.

Unos instantes más tarde, los dos hombres atravesaban el patio principal del Krak de los Caballeros, realzado por su nuevo muro exterior. Hospitalarios y guardias reales se levantaron al paso de Amaury para saludarle. Luego el rey se dirigió hacia la gran sala del Krak, donde le esperaban el comendador de los hospitalarios, Gilberto de Assailly, y algunos pares del reino, así como un misterioso individuo, totalmente vestido de cuero negro, que pretendía ser el «embajador extraordinario del Preste Juan».

Este título había impresionado vivamente a Amaury, a quien habían informado sus espías del escándalo provocado en Constantinopla por ese enigmático Preste Juan. ¿Legendario o real? En cualquier caso, no cabía duda de que el emisario que se había presentado la noche anterior en el Krak de los Caballeros existía. Por eso Amaury estaba impaciente por oírle hablar de su fabuloso reino y de la ayuda que pensaba proporcionarle en sus proyectos de conquista.

– Sobre todo le pediré que nos preste oro, a cambio de la Vera Cruz…

En el patio, una forma corrió hacia una puerta, la abrió y desapareció por ella precipitadamente. Amaury fingió que no la había visto. Debía de ser una mujer, una de las escasas sirvientas admitidas al servicio de los hospitalarios. Sin embargo, igual que en Jerusalén, Amaury había ordenado:

– ¡No quiero mujeres en mi camino!

Cierto que tenía muchas ganas de encontrar una nueva esposa, pero debería ser alguien excepcional. Por otra parte, Amaury no tenía ningunas ganas de facilitar las cosas a sus nobles. Su celibato le proporcionaba una buena excusa para fastidiarlos.

Cuando entró en la gran sala del Krak, donde acababan de servir una colación a la decena de hospitalarios presentes, Amaury constató que el ambiente era sombrío. Después de depositar a sus bassets sobre la paja, para que fueran a comer en compañía de los hermanos castigados por pequeñas faltas, soltó un eructo atronador, se aclaró la garganta y escupió al suelo.

– ¡Eso ya está mejor! -dijo, con una amplia sonrisa, en dirección al embajador extraordinario.

Era imposible precisar el sexo de ese individuo, ya que una máscara de cuero negro le ocultaba el rostro y no dejaba ver más que dos ojos negros que evocaban vagamente los de las serpientes. Un látigo terminado en puntas guarnecidas de púas colgaba de su cinturón, y llevaba en los zapatos unas impresionantes espuelas, de una decena de pulgadas de largo, prolongadas por una boca de dragón. Una gruesa capa de cuero negro, que se podía cerrar por delante, colgaba, arrugada, sobre sus hombros, como después de una larga jornada de camino.

– ¿Habéis tenido buen viaje, señor embajador extraordinario? ¿O debo decir señora embajadora extraordinaria? -inquirió Amaury.

– Señor -precisó el embajador con una ligera reverencia-. Estas son mis cartas credenciales.

Entrechocó los talones y hundió su mano enguantada de cuero en un zurrón que llevaba atado al muslo. Sacó de él un fino rollo de pergamino, cerrado con un sello. Amaury lo examinó, admiró el trabajo, que representaba el ojo en el centro de la pirámide, y preguntó, mientras rompía el sello:

– Venís de lejos, si he entendido bien.