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– En efecto -dijo el embajador-. Del otro lado de los montes Caspios. Partí ayer.

– ¿Ayer? Me parece p-p-poco tiempo para un trayecto tan largo.

– Es que viajo a lomos de un dragón, majestad. Como todos los diplomáticos y correos del emperador.

– ¿A lomos de un dragón? Humm…, debe de ser práctico para transportar el equipaje. ¿Y dónde habéis dejado a vuestro dragón? ¿En los establos?

– ¡No, majestad! Habría devorado a todos vuestros caballos, lo que supondría una mala forma de entrar en materia. Le he permitido volver a los cielos, que son su única morada.

– ¿Y cómo lo llamaréis cuando queráis partir de nuevo?

– Con esto, majestad.

El embajador del Preste Juan mostró a Amaury una cadena, en cuyo extremo colgaba un silbato de plata que representaba a un dragón.

– Me basta con soplar, y mi dragón acude.

– Qué ingenioso -dijo Amaury.

Pero ya no le escuchaba. Mientras estudiaba con mirada distraída las credenciales del embajador, le preguntó:

– Embajador P-p-palamedes, ¿estáis versado de algún modo en la ciencia de los sueños?

– ¿Puedo preguntar a su majestad por qué me hace esta pregunta?

– Es que esta noche he tenido una espantosa pesadilla, ¿sabéis? -dijo Amaury, insistiendo en la palabra «pesadilla» y mirando a su chambelán directamente a los ojos.

– Será un honor ayudar a su majestad, si puedo…

Amaury contó su sueño, y concluyó diciendo:

– ¡Qué lástima que mi querido Guillermo t-t-todavía no haya vuelto de Constantinopla! Él, al menos, habría sabido descifrar mi sueño. Es muy bueno en oniromancia, ¡y ese es solo uno de los numerosos d-d-dominios en los que destaca!

– Majestad, si me permitís, estas serpientes…

– ¿Sí? -preguntó Amaury, interesado.

– Son dragones…

– ¡Lo sabía! -exclamó Amaury, golpeando la mesa con el puño, lo que hizo que todo el mundo se sobresaltara-. Entonces, necesitaríamos…

– Yo puedo ayudaros, los dragones son muy comunes en nuestro reino.

– Sí, sí, claro. Pero necesitamos a ese caballero, ¿c-c-cómo se llama? El que ajustó las cuentas a un dragón durante mi co-co-coronación…

– ¿San Jorge? -preguntó Gilberto de Assailly, temiendo lo peor.

– ¿Qué decís? ¿Me tomáis por idiota? -tronó Amaury-. Os estoy hablando de ese juglar, el que representaba el papel de san Jorge…

– ¡Ah! Sí, ya veo -dijo Keu de Chènevière-. Un caballero ciertamente peculiar. Pero ya no recuerdo cómo se llamaba. Mor… algo… ¿Morbeno? ¿Mordomo?

– Se llamaba Morgennes -dijo el joven hermano Alexis de Beaujeu-. Y no era caballero.

– ¿Ah no? -se extrañó Amaury-. Habrá que corregir eso… ¡Un hombre que no teme enfrentarse a un dragón debe ser armado caballero al instante!

En la gran sala nadie dijo nada. Como ocurría a menudo, con Amaury nunca se sabía si se estaba haciendo el tonto o si quería probar a los suyos.

– En cualquier caso -prosiguió Gilberto de Assailly-, los dragones se encuentran justamente en el centro de nuestros problemas. Y hay que felicitarse por la llegada de su excelencia el embajador extraordinario, justo en el momento en el que nuestros hermanos del Krak han hecho este pasmoso descubrimiento…

– Bien, bien -dijo Amaury con aire pensativo-. Creo que ha llegado el momento de hacer una exposición de la situación a nuestro nuevo amigo.

– Si su majestad lo permite, yo puedo encargarme -propuso Gilberto de Assailly.

– ¡Adelante, pues!

– Esta es la situación: no podremos aguantar mucho tiempo en Jerusalén si no nos apoderamos de Egipto. Pronto hará dos años que Nur al-Din multiplica sus ataques contra los flancos orientales del Líbano. En la batalla de Harim, nos infligió una derrota memorable e hizo prisionero al conde de Trípoli.

– Al que echamos en falta -interrumpió Amaury.

– ¡Desde luego! -exclamaron a coro todos los hospitalarios presentes en la sala. El hecho de que Amaury reemplazara a Raimundo de Trípoli durante su cautividad contribuyó a que su respuesta fuera aún más vigorosa y sincera.

– De todos modos, no insistáis demasiado -dijo Amaury-. He comprendido.

– En resumen -prosiguió Gilberto de Assailly-, la situación es extremadamente compleja; y no hay que olvidar que no sabemos todavía si las conversaciones mantenidas por Guillermo en Constantinopla han dado fruto.

– Lo d-d-darán, podéis estar seguro -dijo Amaury-. Conozco a Guillermo mejor que nadie. Y todo lo que emprende se ve co-co-coronado siempre por el éxito.

– Más recientemente -continuó Gilberto de Assailly-, el brazo ejecutor de Nur al-Din, el infame general Shirkuh, ha atacado Transjordania, donde ha destruido una plaza fuerte que los templarios habían construido en una gruta, justo al sur de Ammán. La pinza se cierra… Tenemos que actuar, y rápido. No podemos permanecer aquí con los brazos cruzados esperando a saber si el emperador de Constantinopla se digna concedernos su ayuda y qué forma adoptará esta…

– Sin embargo -le interrumpió Amaury-, sabéis que nos faltan t-t-tropas. Atacar Egipto en este momento supondría dejar desguarnecido el condado de Trípoli y el norte del reino. Y eso sería c-c-conceder una ventaja inestimable a Nur al-Din.

– Necesitáis refuerzos -dijo el embajador del Preste Juan.

– Evidentemente -dijo Amaury-. Y no dejamos de buscarlos, en t-t-todas partes. ¡Incluso he escrito t-t-tres veces al rey de Francia, pero no he recibido una sola respuesta! Ni un centavo, ni la sombra de un soldado. Nada. ¡Niente! ¡Piel de zobb, como dicen los árabes! -exclamó, haciendo chasquear el pulgar en la boca.

– Conozco bien Egipto -explicó el embajador del Preste Juan-. El reino es un fruto maduro que no tardará en caer, siempre que se sepa dónde y cómo cogerlo. Deberíais ir allí y establecer un protectorado. Estoy seguro de que Chawar, el visir del califa, sabrá acogeros con todas las atenciones debidas a vuestro rango. Podéis contar con él. ¡Y convertirlo en el nuevo califa de Egipto!

– La última vez estuve a p-p-punto de perder la vida allí, junto con todos mis hombres -recordó Amaury-. Si esa C-c-compañía del Dragón Blanco no hubiera acudido a salvarnos, ahora en lo alto de las mezquitas de Jerusalén brillaría una horrible media luna de oro, en lugar de las magníficas cruces que hemos hecho c-c-colocar en ellas…

– Esperar a los griegos -señaló Gilberto de Assailly- es exponerse a tener que repartir con ellos… Y comprometerse con los rivales de Roma. Ya han vuelto a apoderarse de la iglesia de Antioquía. ¿No querréis, majestad, que sea también en Constantinopla donde se decida quién debe ocupar la cabeza de las iglesias de Trípoli, de Jerusalén, de Acre o de Tiro?