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Después de varios días de viaje, grande fue nuestra sorpresa al tropezar con un hombrecillo de edad avanzada que escalaba solo -y sin llevar ninguno de los pesados artilugios propios de los hombres de las montañas- una de las más altas cimas de los montes Caspios. Este anciano, que bien podía tener noventa años, llevaba el sayal y la tonsura de los monjes, así como un par de botas de excelente factura que le llegaban por encima de las rodillas.

Tras ordenar que nuestro carro acelerara tanto como lo permitía la pendiente pedregosa, llamé al anciano en francés:

– Hola, buen hombre, ¿quién eres, y qué haces por estos parajes?

El anciano se volvió, nos dirigió una amplia sonrisa y nos respondió en un francés perfecto:

– Perdonadme si no me descubro, pero he perdido mi sombrero… a fuerza de correr y saltar en todos los sentidos.

– ¿Correr y saltar? Pero ¿qué edad tenéis?

De hecho tenía una hermosa y larga barba blanca, pero sus ojos vivos, hundidos bajo unas espesas cejas, le daban un aire juvenil. -Oh, la edad no tiene nada que ver… ¡Son mis botas!

Y uniendo el gesto a la palabra, saltó por los aires como un cabrito y aterrizó sobre una roca no lejos de nosotros.

– ¡Por san Gregorio! -exclamé.

– Reconozco -dijo el anciano- que esto hace su efecto. Pero ya veréis, uno se acostumbra.

– ¿Me diréis por fin vuestro nombre?

– Poucet. Soy el padre superior de la abadía de Saint-Pierre de Beauvais, para serviros.

– Sino me equivoco, estáis muy lejos de casa. ¿Habéis perdido acaso a alguno de vuestros fieles?

– A dos, para hacer honor a la verdad. Pero, por las últimas noticias que tengo, abrigo la esperanza de encontrarlos en alguna parte por aquí.

Y nos mostró lo que teníamos ante los ojos, es decir, un interminable paisaje salpicado de cimas peladas, de montañas de laderas ásperas barridas por vientos diversos, a cual más terrible. Un paisaje hostil, de esos de los que hay que huir decididamente, a menos que se deba efectuar allí alguna tarea importante.

– ¿No teméis a los dragones? -pregunté al padre Poucet.

Su reacción me sorprendió sobremanera.

– ¿Los dragones? ¡Pamplinas! ¡No creo en ellos!

– ¿No creéis en ellos? Sin embargo, la tradición nos informa de numerosos combates de santos contra estas bestias inmundas. ¡No creer en los dragones es no creer en los santos! ¡Por vida de Alejandro!

– Pues lo lamento, pero de todas maneras yo no creo en ellos. Son solo cuentos, útiles para asustar a los niños y nada más.

– Yo sí creo. De otro modo, cómo explicar…

Pero no era el momento ni el lugar para lanzarse a un debate teológico. De manera que me interesé por la identidad de los dos individuos que buscaba.

– Oh -me dijo-, son dos viejos amigos que han tenido ciertas dificultades con nuestra santa madre Iglesia, por eso no sé si hago bien en mencionároslos, aunque por fin haya obtenido para ellos el perdón de su santidad.

Decía esto a causa de las armas del papado, de gules con dos llaves de plata cruzadas, que aparecían en los estandartes de mis draconoctes y en los costados de nuestros carros.

– Hablad sin temor, porque yo no soy cardenal, y ni siquiera vir ecclesiasticus; solo soy un humilde médico, a quien su santidad ha encargado…

Dándome cuenta de que me arriesgaba a revelarle un poco demasiado sobre nuestra misión, preferí volver a la conversación precedente y le pregunté: