Выбрать главу

– De todos modos, si mi señor y maestro les ha perdonado, no seré yo quien os cree dificultades. ¿Puedo saber qué pecado cometieron?

– El pecado, no… Pero sí la sentencia. Fueron excomulgados, al mismo tiempo que una gallina…

– ¡Excomulgados! ¡Entonces son criminales de la peor especie!

– Sí y no. En fin, no. En realidad su santidad acaba de absolverles del crimen de apostasía y de irregularidad del que se habían hecho culpables al cambiar de hábito y de oficio, y les ha permitido tomar de nuevo los hábitos si muestran un arrepentimiento sincero y dan prueba de humildad.

– La sabiduría de su santidad no tiene parangón. Pero ¿quién os ha dicho que vuestros amigos y esa gallina se encontraban en estos parajes?

Poucet dudó un momento. Tal vez había hablado demasiado. No quería comprometer más a sus dos amigos. Pero la simpatía que yo le inspiraba, supongo, le empujó a confiarse:

– ¡He viajado mucho, lo que me ha llevado una eternidad! Pronto hará una semana que abandoné Saint-Pierre de Beauvais. Hasta esta mañana no me había enterado de nada interesante, pero entonces, en Constantinopla, un alto dignatario del imperio me ha dicho que les habían enviado a los montes Caspios para buscar…

– ¿Al Preste Juan?

– ¿Cómo lo sabéis?

– Yo también voy en su busca. Para obtener de él determinado antídoto y proponerle una alianza con su santidad.

– ¡Oh -dijo Poucet-, qué magnífica idea! ¡Estoy seguro de que mis amigos os ayudarán en todo lo que puedan cuando se enteren!

– Pero ¿cómo sabéis -proseguí- que están en esta montaña? Es tan grande que sería bueno saber en qué dirección debemos dirigirnos.

Por toda respuesta, Poucet me mostró varias plumas de color rojo que había recogido entre dos saltos de gigante. -Ya veo -dije. Un destello de malicia brilló en su mirada; luego, se rodeó el cuerpo con los brazos.

– Perdonadme -dijo-, pero hace un frío terrible aquí. Creo que continuaré mi camino. Os deseo buena suerte…

– No, por favor. Hacedme el honor de viajar en mi carro. Dentro hace calor, tengo víveres y licores. Y una hermana del convento de Betania os cuidará los sabañones, si los tenéis.

Poucet me dirigió otra de sus sonrisas maliciosas, en las que se revelaba toda su juventud y energía. Debía de haber sido un niño extraordinario, lleno de recursos y talento. No podía sentirme más feliz de acogerle en el seno de mi convoy. Era un excelente reclutamiento.

– ¡Bendito sea el camino que os ha conducido hasta aquí! -me dijo-. ¡Porque hace tanto frío que probablemente mis amigos tendrán necesidad de un médico! ¡Sí, bendito sea el camino que os ha conducido hasta aquí!

Y repitió estas palabras varias veces seguidas.

Su presencia nos fue enormemente útil y nos permitió ganar varios días de viaje. Sobre todo porque ejercía de explorador, adelantándose hasta algún pico elevado, inaccesible para nuestros pesados carros, y luego aportaba informaciones excelentes. Aunque, con ese lado guasón que le caracterizaba, y que yo aprendería a apreciar cada vez más a medida que avanzábamos, siempre volvía anunciando: