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– Lo lamento, no he visto ni la sombra de un dragón.

Los dragones, sin embargo, se manifestaron muy pronto. No directamente, surgiendo de las entrañas de una nube para abalanzarse sobre nuestras cabezas, sino por la vía del silencio y la bruma. Una ausencia de ruido tan pesada que hería el oído. Y una niebla cargada de negras humaredas, portadoras de olor a muerte.

Alguien quemaba cadáveres en los alrededores. Conocía demasiado bien este hedor: era el que invariablemente acompañaba a la peste -su hermano pequeño, en cierto modo-. La peste, que, según decían, surgía del esperma de estos dragones en los que Poucet no creía y que, sin embargo, nos causaban tantos problemas.

– ¡Oled! -le dije mientras nos acercábamos a un terreno llano, encajado entre dos montañas, donde se dibujaban vagamente, a lo lejos, las formas de varias viviendas-. Este olor… es el olor de los dragones. Han estado aquí, han bufado…

– ¿Y han vencido? -me preguntó Poucet.

– En todo caso, se han ido.

– Probablemente es la prueba de su existencia, pues si se hubieran quedado, os habríais enfrentado a ellos con vuestros draconoctes, y por tanto ahora estarían muertos. Son animales endemoniadamente inteligentes, y que necesariamente existen, ya que han elegido evitaros…

– No os burléis -dije-. Todo encaja. El lugar, esta pestilencia, los muertos…

– Huelo -dijo Poucet-. Pero pido ver.

Unos instantes más tarde, mientras el viento empezaba a soplar a nuestra espalda arrastrando grandes copos blancos, distinguimos dos formas, una de las cuales iba vestida con las ropas de color naranja características de los habitantes de estas montañas.

La bruma se disipó, y poco a poco les vi. Dos hombres. Invité a la hermana a que se uniera a mí, confiando en que su presencia a mi lado diera testimonio de mis intenciones pacíficas. Me dirigí hacia el individuo que me pareció más fornido y que era también, justamente, el que llevaba las ropas naranjas. Para asegurarme, por cortesía, le pregunté:

– ¿Sois el Preste Juan?

Se echó a reír, y yo comprendí mi error. Pues si bien llevaba esas ropas de color naranja, debía de ser, en realidad, un prisionero, a juzgar por la pesada cadena que arrastraba.

Pero lo más sorprendente no fue su risa, sino la reacción de Poucet, porque apareció entonces súbitamente junto a mí y exclamó:

– ¿Morgennes? ¿ Chrétien?

Los tres hombres corrieron a abrazarse con alegría. Nunca había visto a gente más feliz de encontrarse.

– Bien, veo que vuestras ovejas ya no están perdidas -dije a Poucet.

Pero algo me inquietó. En el ojo del menos fornido de los dos hombres percibí una mancha amarillenta que no presagiaba nada bueno. Probablemente un trastorno de los humores. Le pregunté su nombre, me respondió, y le propuse examinarle, a lo que él consintió.

– Chrétien de Troyes, sufrís de un problema del hígado, desde hace mucho tiempo… Dolor de vientre, diarreas y deposiciones decoloradas, ¿no os han alarmado nunca estos síntomas?

– Sí-me respondió-. Pero ¿qué podía hacer? Acompañaba a Morgennes. No iba a abandonarle para cuidarme.

En su emoción, apretaba contra sí un pequeño huevo, aparentemente de gallina. ¿Estaban relacionadas ambas cosas? Le pregunté:

– ¿No habréis consumido huevos en mal estado?

– La verdad es que ya me habría gustado -dijo-. Pero nuestra gallina ha muerto. Por otra parte, no ponía huevos desde hacía mucho tiempo…