– Sus huevos eran muy buenos -dijo Poucet-. Solíamos comerlos en la abadía. Y nadie se puso enfermo.
– Podría ser que cierta sustancia aplicada sobre su cáscara para reblandecerla… -prosiguió Chrétien de Troyes.
– ¿En qué estáis pensando? Sed preciso; si no, no podré emitir mi diagnóstico.
– Pienso en una mezcla de diversos aceites, gracias a la cual la cáscara de los huevos se reblandece…
– Pero ¿por qué habría de hacerse algo así?
Chrétien de Troyes nos contó entonces que durante cuatro años se había entrenado para hacer juegos malabares con huevos. El punto culminante de su número consistía en poner un huevo con la boca, y para ello, antes era necesario hacerlo entrar.
– No se me ocurrió otro medio que ese -concluyó Chrétien de Troyes.
– Lo que explica -dijo Poucet- por qué caísteis enfermo.
– Y por qué no había yema en ese huevo -añadió Morgennes.
– ¡Cocotte no tenía nada que ver! -exclamó Chrétien de Troyes-. ¡El único culpable era yo!
Estaba más blanco que la nieve.
Después de esta explicación, decidimos pasar la noche en una de las anfractuosidades que servían de refugio a los dragones, pero que Poucet insistía en describir como «una cueva cualquiera». Y así se inició el debate.
Morgennes creía en los dragones.
– De hecho estoy tremendamente interesado en ellos -confesó-; ya que el rey de Jerusalén ha prometido que si mato uno me hará caballero.
Aparentemente le importaba un rábano haber sido excomulgado por su santidad, y aún le importaba menos haber sido perdonado luego.
– ¿Habéis encontrado dragones en el transcurso de vuestras aventuras? -pregunté.
– Aún no.
– Deberíais ir a Roma, el Tíber es un hormigueo de dragones y otras serpientes que siembran la peste en la ciudad.
Morgennes y Chrétien de Troyes intercambiaron una curiosa mirada que no llegué a descifrar. Parecía que sabían más de lo que querían explicar sobre los dragones, o sobre la peste. Pero guardaban silencio.
– Ved a mis soldados -dije-. ¡Tienen todo el equipo que se requiere para combatir a este engendro del diablo! Sus armaduras, sus espadas, incluso sus escudos, se remontan a los tiempos en los que las legiones de Roma recorrían África y Asia para combatir a los dragones. No como hacemos ahora, por razones morales, religiosas, sino por bajas razones comerciales. Porque con los dientes, las garras y las escamas de los dragones se fabricaban las mejores armas y armaduras del mundo. Y con su lengua, su pene y sus aceites, ungüentos y elixires diversos de cualidades inigualadas. No cabe duda de que los dragones existieron. La prueba está en todas esas historias, esas pinturas, esos mosaicos, esas leyendas…
– Draco Fictio -susurró Poucet.
– ¿Cómo decís?
– Draco Fictio. El dragón de la leyenda, o de la fábula, si lo preferís. Es el único dragón en el que creo. Este existe, desde luego. ¡Pero en nuestras cabezas! -dijo dándose golpecitos en el cráneo con el índice-. Y cuando bufa, las ideas recorren el mundo. Música, pinturas, libros, esculturas, tapices, surgen a millares… Contra él, las armas de vuestros famosos draconoctes son inútiles. Eso es tanto como lanzar mandobles al vacío. O mejor que eso: quemar las partituras y los instrumentos de música, cortar las cuerdas vocales, romper las esculturas y cortar las manos y los ojos de los artistas… Draco Fictio, ¡es el único dragón en el que creo!