– Entonces -dijo Morgennes-, ¿estamos perdiendo el tiempo en
estas montañas? Sin embargo, Chrétien y yo hemos asistido a fenómenos increíbles. ¿Por qué no debería haber dragones también?
– Porque no existen -repitió Poucet-. Me parece que es razón suficiente.
– Escuchad -dije-. Yo sí creo en ellos. Y no estoy dispuesto a renunciar tan pronto. En cuanto pase la noche, proseguiré mi camino, con mis draconoctes, en busca del Preste Juan. Dejaremos atrás esos famosos hitos de Hércules que delimitan las fronteras de su reino. Pero, a vos -dije dirigiéndome a Chrétien de Troyes-, os aconsejo que renunciéis. Volved a casa, cuidaos. De otro modo, moriréis. Y vos -dije a Morgennes-, id a ver al rey de Jerusalén, a ese buen Amaury. ¡No estáis hecho para la vida monacal, es evidente, sino para manejar la espada! ¿Por qué no ibais a entrar en una de esas órdenes de monjes caballeros, en las que podríais destacar? Id a ver a Amaury, decidle que habéis matado un dragón, y si os pide un testigo, habladle de mí. Yo declararé en favor vuestro.
– Pero -dijo Morgennes-, no es un testigo lo que necesito, sino una prueba. Necesito al menos una lengua, o una garra; en otro caso, el rey no me creerá nunca.
– ¿Un diente de dragón serviría? -preguntó Chrétien de Troyes a Morgennes-. Porque yo sé, y tú también lo sabes, dónde encontrar uno.
– Por fin podré ser armado caballero -dijo este con una leve sonrisa.
Al día siguiente proseguí mi camino, y Poucet, Morgennes y Chrétien de Troyes nos dejaron. Morgennes se había calzado las botas de Poucet. Con su débil amigo a la espalda, y Poucet en sus brazos, le vimos descender entre una nube de polvo y de nieve por las laderas de los montes Caspios, hacia el oeste. Sin duda se dirigía hacia Constantinopla.
Ya solo me quedaba continuar en dirección al misterioso reino del Preste Juan.
Por desgracia, cuando desplegué el mapa de que me había provisto, una formidable ventolera me lo arrancó de las manos para llevarlo Dios sabe dónde.
De hecho me pregunto si no debería enviar allí también este escrito. Después de todo, tal vez sea mejor que olvide todo esto…
V
36
Pues es evidente para todo el mundo que es él el más fuerte.
Chrétien de Troyes,
Lanzarote o El Caballero de la Carreta
Morgennes se aseguró de que sus hombres le seguían, espoleó a su montura y marchó hacia la ciudad.
Alejandría se había rendido por fin; sin embargo, conservaba toda su soberbia, y a juzgar por los gritos de alegría que se elevaban de sus murallas, se habría dicho que era ella la que había vencido. En realidad, la ciudad no había sido sometida. Solo había consentido rendirse, y continuaba alineando, como siempre, sus casas bajas con techos en terraza, sus colinas, sus mezquitas, sus iglesias y sus sinagogas. Sus callejuelas estrechas, un verdadero laberinto cuyos orígenes se remontaban a cientos de años atrás, ya volvían a ser un hormiguero de gente, y todos tenían prisa por volver a retomar sus asuntos en el punto en el que los habían dejado, cuando, a principios de marzo, un tal Saladino les había invitado a la guerra santa, a la revuelta contra los francos y el poder sacrílego del califa fatimí de El Cairo.
Ahora todo había acabado. Como un gato viejo y perezoso que vuelve a calentarse al sol después de haber estrenado su nuevo juguete, Alejandría se había cansado de permanecer asediada y había decidido que lo mejor era capitular.