– ¿Por qué hacéis todo esto? -me preguntó.
Entonces me levanté para decirle:
– Dios os ha colocado en mi camino. Sin Él, nunca hubierais podido construir este puente, gracias al cual yo he podido cruzar… ¿No os dais cuenta de la ironía que encierra esto?
– No.
– Si no hubierais demolido esta iglesia, nunca habría podido cruzar este río; de modo que la iglesia no habría servido para nada, porque ningún sacerdote habría venido a darle vida. Pero la habéis desmontado, ¡y gracias a vos he podido cruzar en cuanto he llegado! ¡Sin embargo, ya no hay iglesia! En ambos casos tenía que volver a Beauvais. Pero en el primero habría vuelto solo, después de años de vagabundear buscando un puente que no existía.
Morgennes sacudió la cabeza de derecha a izquierda, con aire dubitativo.
– No, no -me dijo-. No lo he hecho para vos. Lo he hecho para mí… Para mis padres, para que pudieran cruzar y salvarse también…
– No comprendo. ¿No habíais dicho que habían muerto?
Morgennes me contó su historia. Al escucharla, se me heló la sangre en las venas. Era fácil reconocer, en los excesos de esos jinetes, un ejemplo más de las numerosas expediciones punitivas dirigidas contra los judíos que los cruzados llevaban a cabo para calentarse la sangre antes de pasar a ultramar.
¿Morgennes era judío?
No me atreví a preguntárselo.
– También tengo raíces, si aún tenéis hambre -me ofreció.
Su generosidad, y también la calma y el valor con los que se enfrentaba a su situación, me hicieron tomar una extraña decisión. Para descargar mi conciencia, le pregunté:
– ¿Sabéis qué día es hoy, para los cristianos?
– No.
– Lo imaginaba. Pues bien, debéis saber que hoy es «día de ayuno», porque es Viernes Santo, un día en el que debemos arrepentimos de nuestros pecados y adorar la cruz. ¡En este día fue vendido por treinta denarios y luego crucificado «el que estuvo libre de todo pecado»!
– No estoy seguro de entenderlo…
– Tal vez os sorprenda lo que os diré, pero ¡yo tampoco!
Con gran sorpresa por su parte, saqué de mi zurrón una vina-jera llena de vino de misa, seguida de su cortejo de hostias. Añadí un mendrugo de pan, dos huevos de Cocotte (frescos de esa mañana) y un pedazo de salchichón, que constituían los restos de mi última comida.
– ¡Adelante! ¡Disfrutad del convite!
Hostias, vino, pan, huevos y salchichón desaparecieron en el gaznate de Morgennes en menos tiempo del que he necesitado para contarlo; enseguida me preguntó: -¿Os quedan hostias?
– ¡Os he dado todo lo que tenía!
Morgennes sonrió, se limpió la boca con el dorso de la mano, y declaró:
– De acuerdo. Iré a Beauvais con vos.
Luego, contemplando con aire triste los oscuros maderos que le rodeaban, añadió:
– Aquí, mi tarea ha terminado.
5
Y todos exhalaban un amargo lamento al ver a padres
o amigos lisiados o mutilados, arrastrados por el río.
Chrétien de Troyes,
Cligès
Morgennes temblaba. Avanzaba a pasitos cortos, apoyándose en la balaustrada de piedra que había levantado él mismo. Mientras veía cómo volvía por el lado verdeante de la orilla, aquel por el que yo había llegado, volví a pensar en esta historia: «Había una vez un soldado que renunció al oficio de las armas por el amor de una mujer. Esto ocurrió hace mucho tiempo, en Tierra Santa. Este soldado volvió a su casa, llevando del brazo a su bienamada. Pero como ella era judía y él era cristiano, las gentes veían su relación con malos ojos, por lo que tuvieron que huir y vivir en lo más profundo del bosque, a orillas de un río que se consideraba infranqueable. Transcurrieron varios años, durante los cuales su amor se fortaleció. Habrían podido ser felices, si no hubiera planeado sobre ellos una sombra: no conseguían tener hijos. El soldado volvió a atravesar el mar y buscó un puñado de hierbas mágicas de las que le había hablado su mujer. "Estas hierbas me volverán fértil", le había dicho ella…». Según mi padre, que me relató esta leyenda, el soldado consiguió encontrar las hierbas y se las llevó a su mujer. Pero Dios les reservaba otra prueba: por un terrible golpe del destino, se les permitiría tener lo que más deseaban solo si renunciaban a lo que más deseaban…
¿Era Morgennes ese niño que había sobrevivido a aquella pareja?, me preguntaba. Aunque lo cierto era que en ese instante más bien me recordaba al soldado de la historia: un hombre que se esforzaba en alcanzar un objetivo que Dios había colocado suficientemente lejos de él para que no lo alcanzara nunca, pero suficientemente cerca para que lo tuviera constantemente ante los ojos.
Me di cuenta entonces de que Morgennes seguía en medio del puente. Me acerqué a él y le ofrecí mi ayuda, que aceptó. Estaba como petrificado; era incapaz de apartar la vista de unas aguas en las que creía ver cómo se retorcían los suyos, siluetas fantasmales que dibujaban los remolinos del río.
– Cerrad los ojos -le dije-. Yo os daré la mano.
Morgennes obedeció, cerró los ojos y se dejó guiar. Luego, cuando llegamos a la otra orilla, le dije:
– Podéis volver a abrirlos.
Miró alrededor, como quien trata de reconocer en los rasgos de un anciano a un amigo de otros tiempos.
– He fracasado -me dijo.
– ¿Cómo? Pero creía que… Habéis triunfado. Habéis cruzado.
– Tal vez. Pero no era eso lo que yo quería. Lo que me habría gustado es que ellos pudieran cruzar.
– ¿Ellos? ¿Quiénes?
– Mi padre. Mi hermana. E incluso mi madre, que debió de quedarse en este lado… Si este puente hubiera existido, habrían podido pasar, y se encontrarían sanos y salvos conmigo, en la otra orilla.
– ¡Pero Morgennes, si ese puente hubiera existido, los jinetes también lo habrían atravesado, y ahora estaríais todos muertos! Estoy seguro de que Dios quiso que solo vos sobrevivierais.
– ¿Dios lo quiso?
Asentí, compungido, con las manos entrelazadas sobre el vientre, como me habían enseñado a hacerlo en estas circunstancias.