Sus hombres no comprendían sus intenciones, pero le siguieron de todas maneras mientras intercambiaban palabras y preguntas. «¿Qué quiere? ¿Adónde va?» La mayoría, sin embargo, obedecieron sin rechistar, pues Morgennes era para ellos algo más que un jefe, era una prolongación de su voluntad.
La catedral de San Marcos pertenecía a los cristianos de rito copto, establecidos en Alejandría desde los primeros días de la cristiandad. Unos siglos atrás habían tenido que soportar el robo de los restos de san Marcos, que unos mercaderes venecianos habían llevado a Venecia para salvar al santo (o mejor dicho, su envoltura terrenal) de un segundo martirio que se habría añadido al que ya sufrió cuando una multitud enfurecida lo lapidó once siglos atrás.
Durante todo el tiempo, los coptos se habían convertido en maestros en el arte de permanecer lo bastante cerca de su Dios para no ofenderle y mostrar la suficiente contención y discreción en el ejercicio de su religión para no atraerse las iras del ocupante musulmán. Porque, en efecto, los sarracenos no les veían con buenos ojos. Pero como los coptos ocupaban puestos importantes en la administración egipcia y, desde hacía varios siglos, nada podía hacerse sin ellos, los fatimíes se habían visto obligados a contemporizar.
Una multitud abigarrada que lanzaba alaridos atrajo la atención de Morgennes. Musulmanes con largas ropas blancas recogiendo sus alfombras al final de la oración; niños corriendo por las callejuelas, tratando de atraparse los unos a los otros; judíos con los ojos chispeantes de astucia, de larga barba negra y cabellos ensortijados; cristianos volubles, cuyas manos se agitaban en el aire para acompañar sus palabras; soldados egipcios de expresión taimada y tez olivácea, con la espada en la mano. Patrullaban formando pequeños grupos de una docena de hombres, y la emprendían contra todo lo que se ponía a su alcance. ¿Qué querían? Divertirse. Y hacer pagar a los habitantes de Alejandría la acogida que habían dispensado a Saladino.
Pues, aunque los egipcios eran sarracenos, odiaban a sus hermanos de Damasco y de Bagdad, con los que no tenían nada que ver. Los egipcios eran primero y ante todo musulmanes fatimíes, y por tanto chiítas. Sus primos de Damasco y de Bagdad eran sunitas. Así, a imagen de los cristianos de Roma y de Bizancio, las dos facciones se detestaban -aunque en ocasiones llegaran a unirse si las circunstancias lo exigían.
Las tropas egipcias, mandadas por un extraño personaje montado en un carro, acosaban a un desvalido sacerdote copto. Este último, un anciano encogido sobre sí mismo para protegerse de los golpes, era reconocible por su larga túnica blanca con franjas azules y rojas. El sacerdote imploraba a los egipcios por su salvación y la de su catedral, e invocaba la ayuda de Dios y de todos los santos. Sin escucharle, los fatimíes lanzaron al interior de la catedral varias antorchas encendidas; en el peor de los casos, alegarían que habían sido los soldados de Saladino los autores del incendio.
«¡Antes perecer que dejar Egipto en manos de Nur al-Din!», pensó en su carro Chawar, el visir de El Cairo.
Cuando Morgennes llegó a la plaza, con sus hombres tras él, vio cómo los coptos intentaban salvar su iglesia a pesar de los golpes de los soldados egipcios. Haciendo girar en el aire su pesada cadena, Morgennes la lanzó hacia el oficial que iba en el carro. El hombre, alcanzado en el pecho, se tambaleó y salió despedido de su carruaje. La multitud estalló de alegría. Nerviosos, varios soldados egipcios se volvieron hacia Morgennes, que hizo retroceder a Iblis y tiró de la cadena. No quería que Chawar tuviera tiempo de levantarse, de modo que lanzó a su caballo a un galope corto, arrastrando tras de sí el cuerpo inerme del jefe de los egipcios.
En ese momento resonó un grito:
– ¡Morgennes, detente!
Al reconocer la voz de Alexis de Beaujeu, Morgennes se inmovilizó y miró en su dirección.
– Alexis, ¿qué quieres?
– ¡No le hagas daño! ¡Este hombre es nuestro aliado!
Mientras dejaba que sus compañeros de armas se encargaran de atemperar el ardor de los soldados egipcios, Morgennes se ocupó de asegurar su presa y preguntó:
– ¿Este viejo calvo? ¿Ataca a los coptos, y tú lo llamas «aliado»?
– Es el visir de Egipto. Un amigo de Amaury. ¡Un protegido del Preste Juan!
Morgennes aflojó la cadena para liberar a Chawar y le ordenó:
– ¡Deja a los coptos en paz, o te pesará!
Chawar emitió una especie de silbido, volvió a subir a su carro y desapareció entre un ruido atronador de ruedas y de soldados que corrían al trote tras él. Los coptos se arrodillaron a los pies de Morgennes para darle las gracias, pero este les dijo:
– No he hecho nada. Debéis agradecérselo a ella y no a mí. -Y señaló la cruz de la catedral de San Marcos-. Ha sido ella quien me ha llamado.
Pero en sus miradas vio que no lo olvidarían, y aquello fue como un bálsamo para sus sufrimientos.
Después de atravesar el largo dique de tierra que Alejandro Magno había construido para unir la isla de Pharos al resto de la ciudad, Alexis y Morgennes llegaron a un tiro de flecha del gran faro. Parecía un inmenso dragón de mármol con las alas replegadas, escupiendo hacia las estrellas su mensaje de fuego. Durante el día, una espesa humareda negra le tomaba el relevo y subía hacia el cielo formando una columna que inmediatamente era atacada por los vientos; una columna que había que mantener sin descanso, añadiendo continuamente haces de leña, garrafas de aceite y bloques de carbón a la hoguera, para que los capitanes de los navíos siempre pudieran saber hacia dónde dirigirse. A pesar de todo, las costas seguían siendo muy peligrosas, como si los escollos se desplazaran bajo los cascos de las naves con el objeto de enviar a los marinos a servir de merienda a las sirenas. A veces un barco ponía rumbo a Alejandría, guiado por el faro. Ningún obstáculo se interponía en su camino, ningún arrecife. Y sin embargo… El barco naufragaba, añadiéndose a la interminable suma de pecios que los capitanes del puerto se esforzaban en mantener al día, inscribiendo a las naves hundidas en un registro que era al mismo tiempo una carta marina y un libro de los muertos.
Algunos marinos decían que era a causa de la ninfa Idotea, que seguía ahí, agazapada en las inmediaciones de la ciudad, tratando de vengarse de los dioses que la habían reemplazado y de sus servidores humanos.
Sí, dioses, dragones, ninfas y santos se daban de la mano en Alejandría, que era en cierto modo un Egipto en miniatura, un compendio de todas las maravillas que este fabuloso país ofrecía. Morgennes se frotó los ojos y parpadeó dos o tres veces. ¡Sí, el faro era sin duda un dragón! Un dragón de piedra blanca, pero, de todos modos, un dragón. Era difícil saber si estaba al servicio de la ciudad; pero era preferible no ofenderle, no fuera que él, que la protegía desde hacía catorce siglos contra los vientos y las mareas, sintiera de pronto deseos de asolarla.
Alexis observó a su vez la cúspide del faro, y vio un profundo resplandor de ascuas, justo en el lindero de la noche. Parecía un ojo gigante que apuntara al cielo, como una advertencia.