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– ¡Malditos sean estos mahometanos! -tronó, pensando en lo que habían hecho con el Pharos.

Porque, aunque los fatimíes lo habían conservado, los ulemas habían exigido de todos modos que fuera transformado en mezquita. La mezquita más alta del mundo, de la que se decía que superaba en gloria a la de Bagdad. Pero pronto volvería a caer, cuando Amaury instalara una gigantesca cruz en el lugar que ahora ocupaba la inmensa media luna de oro, que pensaba recuperar y fundir en lingotes.

– ¡Alexis! -oyó que le llamaban.

Guillermo. Con expresión inquieta, delgado como una caña, con su bastón en la mano, Guillermo caminaba por delante del rey. Los dos hombres preguntaron a Alexis y a Morgennes qué sabían de los acontecimientos que les habían obligado a salir del faro.

– Unos soldados egipcios atacaban a los coptos -dijo Alexis-. Pero Morgennes ha solucionado el problema.

– Majestad… -dijo Morgennes.

– ¡Bravo! -exclamó Amaury-. ¡Sabía que podíamos contar contigo! ¡Caballero del D-d-dragón!

Morgennes no dijo nada, pero bajó los ojos. Después, mientras volvían hacia el Pharos, Guillermo se acercó a Morgennes y le dijo:

– ¡Vaya travesía la vuestra! Me alegra volver a veros…

– ¿De modo que os acordáis de mí? -dijo Morgennes.

– Muy bien. Por otra parte, en el lugar donde estaba me hablaron mucho de vos.

– ¿Dónde estabais?

– En Constantinopla. Hablé de vos con un hombre que os conoce bien y que, en el momento en el que me despedí, estaba sorprendido por vuestra ausencia.

– Creo que sé a quién os referís. ¿No será Colomán, el maestro de las milicias?

– ¡Exacto!

– ¡Aquí están los dos héroes de la noche! -exclamó Amaury, abrazando primero a Alexis y luego a Morgennes, cuando este hubo bajado del caballo-. ¿Y bien? ¿Estáis d-d-dispuestos para la ceremonia?

– Sí -dijo Alexis.

Una vez más, Morgennes no respondió.

En torno a ellos se hizo el silencio, solo turbado por el ruido de las olas y los gritos de los pelícanos, que ahora que el asedio había terminado ya no temían ser devorados por los habitantes del puerto y por eso volvían.

– ¿Y tú? -preguntó Amaury a Morgennes-. ¿Estás preparado?

– Majestad, no sé…

– ¡Cómo! ¡Un cazador como tú! ¿Rechazarás ser armado caballero?

– No es una cuestión de mérito, majestad. Me preguntaba simplemente si todavía deseo…

– ¡Pero si en Jerusalén estabas loco por serlo! -dijo Amaury.

– ¡Explicaos! -le pidió Guillermo.

– Sería demasiado largo. Digamos simplemente que he tardado demasiado y que… ¡Ah si tuviera todavía esa babucha!

– ¿La de Nur al-Din? Creía que había sido Galet el Calvo quien se había apoderado de ella.

– De lo que se apoderó fue de mi victoria. Pero olvidemos eso, no es importante.

– Decididamente -dijo Amaury-, no es nada c-c-común. ¿Cuántas hazañas has realizado?

Morgennes se encogió de hombros.

– Lo ignoro, majestad.

– Y si te pidiera… En el curso de tus numerosos viajes, ¿has oído hablar alguna vez de Crucífera?

– ¿La espada de san Jorge?

– Exacto. ¡Encuéntrala, y te cubriré de oro!

Mostrando su vaina vacía a Morgennes, le explicó:

– Ahora soy un rey sin espada. Y según Manuel C-c-comneno, es una espada incomparable…

– Sire -intervino Guillermo-, deberíais cuidar a vuestro único y verdadero aliado, el emperador Manuel Comneno, antes que a estos dudosos Palamedes y Chawar, que no me inspiran ninguna confianza.

– ¡Poco importa! -tronó Amaury-. ¡Soy yo quien d-d-decide! ¡Y ahora seguidme!

Amaury, Guillermo, Alexis, Morgennes y sus hombres -un poco turbados por lo que acababan de oír- subieron la escalera de mármol del Pharos, seguidos por Alfa II y Omega III, a los que un lacayo debía ayudar a trepar por los peldaños, demasiado altos para ellos.

Después de una larga ascensión, el pequeño grupo se encontró en una habitación imponente, situada justo por debajo de la sala del faro propiamente dicha. Su techo, situado a varias lanzas de altura, estaba perforado por aberturas por las que escapaba la luz del faro.

El momento de la ceremonia se acercaba. Morgennes contempló las ropas que le habían ordenado vestir. Una larga túnica de lino blanco, símbolo de pureza. El baño que en principio Alexis y él debían haber tomado había sido reemplazado por algunas gotas de agua bendita con las que Guillermo de Tiro les había rociado la frente.

Cada una de estas gotas había sido como una herida para Morgennes. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba a punto de mentir! ¡De traicionarse a sí mismo! Y sin embargo, podía elegir. Igual que Amaury había impuesto a sus hombres que no saquearan la ciudad. Miró cómo los dos lacayos ayudaban a Alexis a enfundarse el brial de paño rojo que simbolizaba la sangre que debería derramar -la suya- para defender a Dios y Su Ley. Luego le llegó el turno. Levantó los brazos. Y tuvo la sensación de que se ahogaba.

«¡No puedo vivir fuera de la verdad!»

Lanzó un grito. Le preguntaron:

– Amigo, ¿te encuentras mal?

Pero él no respondió. Le miraron con inquietud. Los caballeros del Hospital le observaron inseguros. ¿Era Morgennes, realmente, una buena incorporación? El Hospital necesitaba desesperadamente mercenarios para realizar el trabajo sucio, pero ¿era una buena idea reclutarlo a él?

Luego le llegó al rey el turno de pasar por los pies desnudos de Morgennes y de Alexis unas gruesas calzas negras mientras les decía:

– Su color de t-t-tierra servirá para recordaros vuestros orígenes y ayudar a que os guardéis del orgullo.

– Que mancha todo aquello que toca -murmuró para sí Morgennes.

Después de las calzas, Amaury les anudó en torno a la cintura un fino cinturón de seda blanca.

– Que este cinturón mantenga alejada la lujuria.

Luego les entregó un par de espuelas de plata:

– Y que esto os vuelva ardorosos en el servicio a D-d-dios y al reino.

De pronto ahogó un ataque de risa. Consiguió recuperar la seriedad, y la ceremonia siguió adelante, hacia su punto culminante. Amaury empuñó su espada, que el herrero había conseguido enderezar tras grandes esfuerzos, la levantó por encima de la cabeza de Alexis y clamó: