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Aunque se desplazó tan discretamente como pudo, no consiguió evitar que una nube de polvo de hueso lloviera sobre los fieles. Uno de ellos levantó la cabeza. Morgennes se encogió, tratando de hacerse invisible, dejando de respirar.

En ese momento oyó un ruido extraño, en parte cubierto por la voz de Chawar, pero de todos modos claramente perceptible. ¡No lejos de él, alguien manejaba una sierra! Sus ojos registraron la oscuridad, y distinguió muy cerca de la cabeza del dragón a un hombre vestido con una capa negra y un turbante del mismo color. Reptó hacia él.

Chawar, por su parte, no se había dado cuenta de nada y seguía perorando, imperturbable:

– Los francos -dijo levantando las manos hacia el gran dragón- nos han entregado sus restos para que los adoremos como merecen, y porque era justo que volvieran aquí, a su casa… Hoy, gracias a los francos, y gracias a Dios, el califa ya no es más que un juguete en nuestras manos. ¡Pronto Egipto podrá reivindicarse con orgullo como la hija primogénita del Dragón!

– ¡Bendito sea el Dragón! -entonó la multitud en éxtasis.

Morgennes lo aprovechó para recorrer en un santiamén la distancia que le separaba de la extraña silueta. Esta sostenía una sierra, con la que trataba de cortar los gruesos cordajes a los que estaba atada la cabeza del dragón.

De repente, una voz que llegaba de las profundidades del templo gritó:

– ¡Mirad! ¡Ahí arriba!

Miles de ojos se alzaron hacia él, y miles de bocas de lengua bífida silbaron:

– ¡ S-s-sacrilegio!

El desconocido de la sierra se incorporó, miró a Morgennes a los ojos y le dijo:

– ¡Enhorabuena por la discreción! Ahora habrá que ir deprisa.

– ¡Vos! -exclamó Morgennes-. Pero ¿qué…?

– Más tarde -dijo el individuo-. Tengo un trabajo que acabar.

Por debajo de ellos, los ofitas corrían hacia los armeros ocultos en los pilares, para coger, unos, una lanza o una espada de hoja sinuosa, y otros un arco. Algunas flechas silbaron alrededor de Morgennes y del desconocido, que mostraba una sangre fría admirable y seguía serrando con energía los cordajes.

– Las últimas pulgadas siempre son las más difíciles -dijo a Morgennes-, porque están reforzadas con metal.

A pesar de la energía que desplegaba, Morgennes se dio cuenta de que no llegaría a tiempo de seccionarlas antes de que los ofitas surgieran por alguna de las aberturas perforadas bajo la bóveda del templo.

– Apartaos -le dijo.

El desconocido retrocedió y Morgennes lo sujetó. Luego agarró uno de los cables que sostenían al dragón y le lanzó un potente puntapié. La osamenta emitió inquietantes chirridos.

– Sujetaos bien -dijo Morgennes-. Vamos a tener movimiento.

Acto seguido empujó violentamente con los dos pies la cabeza del dragón e hizo ceder varias de las clavijas que mantenían las cuerdas en su sitio. Se oyó un crujido sordo, y luego el esqueleto se dislocó, soltando una lluvia de huesos sobre los fieles. Morgennes no tenía idea de cuánto podía pesar, pero a juzgar por los alaridos que provocó su caída, se dijo que debía ser muy, muy pesado.

– Vaya -dijo el desconocido-. Veo que no hacéis las cosas a medias.

Un grito resonó tras ellos. Los ofitas les disparaban desde una de las galerías situadas en las alturas del templo.

– Sujetaos bien -dijo Morgennes-. ¡Vamos a subir!

Tras enrollar la cuerda en torno a sus pies, empezó a trepar. Algunas flechas erraron su objetivo por muy poco, y Morgennes buscó con la mirada un lugar por donde escapar. Si seguían así, alcanzarían el techo. Pero ¿y luego? La mejor solución consistía en alcanzar una de las galerías que se abrían bajo la bóveda.

– Me balancearé -dijo Morgennes-, y cuando os dé la señal, soltaos. Si sale bien, deberíais aterrizar ahí abajo -dijo señalándole una galería desierta.

– ¿Y si no?

– Confiad en mí -le dijo Morgennes balanceándose vigorosamente.

– ¡Eso es fácil de decir! -exclamó el desconocido.

– Lo lamento, pero no hay mucho donde elegir. Enseguida me reuniré con vos…

– Señor, tened piedad de mí -balbució el desconocido.

De pronto, Morgennes dio la señal.

– ¡Saltad!

El desconocido soltó a Morgennes y cayó pesadamente sobre dos guardias que acababan de entrar en la galería. Aún se estaban recuperando de la sorpresa, cuando Morgennes llegó y los dejó fuera de combate.

– ¡Dios existe! -exclamó el desconocido.

– Y es amor -dijo Morgennes.

Se encontraban en lo que debía de ser una galería de mantenimiento; a su espalda, el dragón acababa de desplomarse.

– Creo que sé dónde estamos -prosiguió el desconocido-. ¡Seguidme, les despistaremos en la oscuridad!

Sin embargo, desde una rampa situada por debajo, algunos ofitas equipados con armas y antorchas ya corrían hacia ellos.

– ¡Por ahí! -dijo el misterioso individuo.

Morgennes salió tras él, no sin echar antes una rápida ojeada a la rampa por donde corrían los ofitas. Distinguió a un puñado de hombres con ojos que recordaban a los de las serpientes. No eran lo suficientemente numerosos como para vencerles, pero Morgennes prefirió no correr riesgos y siguió al hombre de la sierra. Después de dar vueltas y más vueltas por el interior del complejo de los ofitas, el desconocido condujo a Morgennes a un corredor en cuyo techo había una abertura. Una cuerda pendía de ella hasta el suelo, donde estaba sujeta a una piedra.

– ¡Allí! -dijo el individuo-. ¡Trepad por la cuerda! ¡Rápido!

No había tiempo que perder; Morgennes sujetó la cuerda y trepó hasta arriba, ayudado por un par de manos que salieron del techo y lo cogieron por debajo de los brazos para auparle. Luego le tocó el turno al desconocido. Finalmente, izaron de nuevo la cuerda arrastrando consigo la piedra, que volvió a ocupar su lugar en medio del techo. Allí, en la más completa oscuridad, los cuatro hombres esperaron unos instantes, el tiempo de oír cómo sus perseguidores surgían a paso de carrera, buscaban un rato y luego se alejaban.

Nunca les encontrarían. A pesar de la oscuridad, Morgennes creyó ver cómo sus cómplices sonreían.

Tras dejar atrás un laberinto de pasillos ornamentados con antiguos frescos egipcios, y avanzando a la luz de una antorcha, los conspiradores se bajaron los capuchones de lana que les cubrían el rostro y se presentaron. Eran tres coptos, uno de los cuales -el que Morgennes había sorprendido con una sierra en la mano- era un sacerdote, y además alto funcionario, llamado Azim.