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– Para serviros -dijo Azim, inclinándose ante Morgennes, con una mano sobre el pecho.

– Me alegro de volver a veros -le dijo Morgennes, que había reconocido perfectamente al sacerdote copto a quien había rescatado unos meses atrás de las garras de Chawar, en Alejandría-. ¿Habéis venido aquí para vengaros?

– ¿De modo que os acordáis de mí?

– Nunca olvido un rostro -dijo Morgennes.

– Yo tampoco -dijo Azim-. ¡Sobre todo cuando es el de mi salvador!

– No estéis tan seguro. Soy un franco, como los otros…

– Ah no. Vos no tenéis nada que ver con esos dos templarios a quienes Amaury ha encargado administrar Egipto. Pero decidme, ¿qué hacíais aquí esta noche? ¿A Amaury le preocupan los ofitas?

– No creo que nunca haya oído hablar de ellos. Pero os devuelvo la pregunta.

– Os responderé…

Habían llegado al final de un pasillo que acababa en un callejón sin salida. Los compañeros de Azim extrajeron con ayuda de unos ganchos metálicos la pesada piedra que sellaba su extremo y abrieron un paso hacia la luz del sol naciente.

– ¿Dónde estamos? -preguntó Morgennes.

– En la meseta de Gizeh -le respondió Azim-. Al pie de las pirámides. Justo detrás de la cabeza de la Esfinge.

Morgennes sonrió.

– ¿En qué estáis pensando? -inquirió Azim.

– Hace unos meses ayudé a un niño a subir a la cima de Keops. Desde allí arriba, al ver a esta mujer, me pregunté qué podía tener en la cabeza…

Azim esbozó una sonrisa evocadora y replicó:

– Pues bien, ahora lo sabéis. En la cabeza tiene conspiradores que sueñan con la libertad de El Cairo. Sobre todo tiene sed de venganza, desde que le rompieron la nariz. Y tiene la mirada vuelta hacia Fustat, donde, en algún lugar, se encuentra la mujer que buscamos. Por ella nos hemos introducido en la guarida de estas serpientes ofitas.

– Explicadme -dijo Morgennes-. Me resulta difícil seguiros.

Mientras se deslizaban hasta las arenas blancas del desierto egipcio, Azim preguntó a Morgennes:

– ¿Habéis oído hablar de la mujer que no existe?

41

Sin embargo, aquella a quien llaman la Muerte no

perdona a los fuertes ni a los débiles, y hace perecer

a todo el mundo.

Chrétien de Troyes,

Cligès

– Majestad -dijo Guillermo de Tiro a Amaury-, os suplico que esperéis, o bien que escribáis al rey de los franceses.

– ¡Nunca, nunca! -replicó Amaury.

Y dicho esto, se metió en un ataúd, se llevó las manos al pecho y cerró los ojos.

Esta escena se desarrollaba en el Santo Sepulcro, donde, desde los tiempos de Godofredo de Bouillon, los reyes de Jerusalén tenían la costumbre de hacerse enterrar. Presintiendo que su hora estaba próxima, Amaury había pedido probar su última morada con esta explicación: «No que-que-querría encontrarme encajonado. Tal vez no sea tan ancho de espaldas ni tan alto como algunos de mis antepasados, pero de todos modos quiero asegurarme de que estaré c-c-cómodo en mi futuro hogar».

Esta extravagancia -una entre tantas- no había sorprendido a nadie, y los canónigos del Santo Sepulcro habían dispensado a su huésped la mejor de las acogidas.

– ¿Sire? -preguntó Guillermo, que encontraba que ya hacía demasiado rato que el rey mantenía los ojos cerrados-. ¿Aún estáis ahí?

Amaury abrió un ojo, y luego el otro.

– P-p-parece correcto -declaró mientras se incorporaba a medias en su sarcófago-. No me habría gustado topar con los pies.

– Perdonadme, sire, pero debemos debatir un asunto mucho más serio que el de la comodidad de vuestra última morada.

– ¿Y qué es, dime? ¿Qué puede haber más serio que esta cuestión? ¿No es ese el único y exclusivo p-p-problema? ¿Ese con el que vosotros, los religiosos, no dejáis de torturarnos los oídos desde nuestra más tierna infancia? ¿Crees que p-p-porque soy rey, la muerte me perdonará? ¿No? ¡Pues entonces déjame tranquilo!

– Sire…

No valía la pena esforzarse, Amaury ya no escuchaba. Cansado, Guillermo se alejó, con la esperanza de que el rey se mostrara mejor dispuesto si se quedaba solo.

– ¡Guillermo! -llamó el rey, después de que su principal consejero se hubiera alejado.

Guillermo se volvió hacia el monarca, que asomaba por encima de su ataúd de piedra.

– ¿No os satisface este panteón? Sus dimensiones…

– No, las dimensiones son p-p-perfectas. Es el lugar lo que no me gusta.

– ¡Sire, no hay otro mejor! Además, la costumbre exige que los reyes de Jerusalén sean enterrados aquí, junto a sus padres y junto al lugar donde el Señor vivió la Pasión.

Amaury dirigió la mirada hacia el coro del Santo Sepulcro, donde la Vera Cruz aparecía envuelta en vapores de incienso.

– Tal vez sea ese el problema. No, no el Cristo, sino mi hermano y mi padre. ¡Que Dios los tenga en su gloria! Ya sabes hasta qué p-p-punto los amé, los veneré… Cuántas lágrimas derramé cuando el Señor los llamó a su lado. Pero no. No quiero ser enterrado aquí. No es un lugar para mí.

– ¿Por qué?

– No sé. Tal vez porque como no he devuelto aún a Egipto al seno de la cristiandad, me siento indigno de ellos. Por otra parte, siento que es un sueño imposible de realizar, y que nunca alcanzaré mi objetivo.

– Sire, en solo seis años de reinado ya habéis hecho más que ellos.

– Sí, pero su sueño…

– Vos mismo lo habéis dicho, es imposible de realizar.

Amaury observó un instante las dos estatuas yacentes situadas al lado de su tumba, las de su hermano y su padre, el impetuoso Fulco V el Joven, el primero que quiso conquistar Egipto. Luego parpadeó dos o tres veces, lanzó un profundo suspiro y confesó:

– Creo que aún esperaré un p-p-poco, antes de fallecer. Debería reflexionar y disfrutar de mi hijo. Mientras t-t-tanto, ven conmigo. Caminemos hasta el palacio, nos hará bien. Y volvamos a hablar de Morgennes. ¿No te parece que tiene un nombre extraño?