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– ¿Y creéis que tendrá éxito?

– ¡Hablamos de Morgennes! La más oscura de mis sombras, me atrevería a decir. Aunque no me hago ilusiones. Porque si los c-c-coptos la han buscado durante tantos años, no creo que Morgennes consiga encontrarla en unos días.

– La verdad es que tenéis razón. Con él, todo es posible.

En ese momento un estrépito de soldados con armadura resonó en la cisterna, haciendo que los dos hombres se volvieran hacia un puñado de guardias reales, que anunciaron a Amaury en tono imperioso:

– Sire, Gilberto de Assailly, del Hospital, y los pares del reino están en la sala del trono. Nos han ordenado que os llamemos, y dicen que es urgente.

– ¡Si es para hablarme otra vez de su p-p-proyecto de invasión de Egipto, la respuesta es no! Nos arriesgaríamos a p-p-perder lo poco que ya tenemos.

– Por desgracia, majestad, ya han tomado su decisión, y temo que es demasiado tarde para discutir. Simplemente han venido a informaros.

– ¡Esos locos! -exclamó Amaury.

Y abandonó los subterráneos del palacio de David para dirigirse a grandes zancadas a la sala del trono.

42

¡He ahí al pájaro al aire libre, que puede alzar el vuelo!

Chrétien de Troyes,

Lanzarote o El Caballero de la Carreta

«Si pudiera -se dijo el pájaro-, cruzaría el cielo pegado a la cola de los cometas y volvería a El Cairo en dos o tres aleteos.»

Pero el cielo estaba vacío, y las estrellas -que le servían de guía- no estaban bastante cerca para que pudiera atraparlas. Así, batía sus alas concienzudamente, para alcanzar una corriente de aire caliente y escapar hacia los cielos, ahí donde ya solo sería para los hombres un pequeño punto perdido en el infinito, un blanco imposible de alcanzar.

El pájaro desbordaba de energía, pero también de cólera. Sí, de cólera, porque unos bandidos le habían llevado lejos de su querida, que había permanecido en El Cairo en compañía de un mocoso -un torpe polluelo apenas salido del nido-, cuya jaula habían instalado justo al lado de la de su amada.

¡Rápido! ¡No había tiempo que perder! ¿Era posible que le hubiera olvidado tan pronto, a él que tanto la había arrullado! ¿Ella, su prometida? ¿La que le había jurado darle bonitos huevos y hermosos pichones…? ¡Porque era evidente que esos pajarillos solo podrían ser bellísimos! ¡Qué digo -se corrigió el pájaro-, magníficos! ¡Excepcionales! Después de todo, ¿no era uno de los ejemplares más eminentes que la célebre tribu de los adiestradores de pájaros, los zakrad, podía ofrecer? Sobre esto no cabía la menor duda: si algo podía decirse de él era que sería un genitor sin par.

Sin embargo, el pájaro estaba triste. A pesar de todas sus cualidades -de su magnífico plumaje, su garganta de vivos colores, su canto fuera de lo común, su espíritu vivo y alerta, su gracioso aleteo-, era algo sabido: «¿Las pajaritas? ¡Todas unas cabezas de chorlito!».

Mientras que él, al contrario, nunca olvidaba nada. ¿La prueba? Recordaba muy bien todo lo que había ocurrido en el lugar adonde le habían llevado, en Jerusalén…

Estaba oscuro. Dormía tranquilamente en su jaula cuando de repente lo arrancó de su sueño un brusco movimiento de vaivén. Alguien lo paseaba por largos y anchos corredores, donde los pasos resonaban ruidosamente. Finalmente llegaron a una sala que, a juzgar por la forma en la que reverberaban los sonidos, debía de ser de enormes dimensiones. Allí, una mano retiró bruscamente el trapo de tela negra que le impedía ver. Y había visto…

Al rey. Amaury, loco de ira, acompañado de un hombre de barba larga, con un bastón en la mano, y de sus dos perros; esos repugnantes bassets que disfrutaban aliviándose al pie de su percha.

El ambiente presagiaba tormenta. Después de haber sacudido la cabeza para aclararse las ideas, el pájaro se dio unos ligeros picotazos bajo las alas para arreglarse un poco. No era cuestión de echar a volar desaliñado, como esas rústicas aves que no saben nada sobre el arte de alisarse las plumas y adecentarse el plumón para que no parezca una mata de perejil.

Mientras hacía sus abluciones, el pájaro aguzó el oído para escuchar lo que decían, porque nunca sobraba información cuando había que partir en misión. Aquello parecía importante, mucho más que esos vuelos de rutina ejecutados por palomos muy jóvenes o muy viejos, cuya única finalidad era transmitir a un jugador situado a unas horas de distancia el movimiento de una pieza en un juego al que llamaban «ajedrez». No. El asunto parecía mucho más serio y requería a un palomo en plenitud de facultades. Un palomo de élite.

Por lo que entendía, una de las razones que había motivado el enfado de Amaury era que un patán se había sentado en su trono para desafiarle. Al parecer, se había extendido el rumor de que el visir de El Cairo, un tal Chawar, estaba a punto de traicionar a Amaury y de aliarse con Nur al-Din.

Los nobles presentes en la sala del trono apremiaban a Amaury para que atacara sin esperar la confirmación de esta información. A lo que el rey respondió:

– ¿Lo habéis olvidado, p-p-pobres locos? ¡El propio califa aceptó estrecharme la mano! ¡Di mi p-p-palabra!

Un hombre que llevaba una gran capa negra adornada con una cruz blanca le espetó hoscamente:

– ¡Chawar es un recolector de zurullos y el califa, un pastor de mierda!

– De Assailly tiene razón -añadió el noble sentado en el trono del rey -. ¡Chawar es un cerdo!

– Tal vez sea un cerdo -respondió el rey-. ¡Pero es nuestro cerdo! Mientras no se pruebe lo contrario, ha actuado conforme a nuestros intereses. De todos modos, me niego a ser el p-p-primero en cometer traición. Soy el rey; no puedo mentir, ni comportarme como un loco o un vulgar crápula. Debo dar ejemplo.

Un anciano, que hasta entonces había permanecido tranquilamente sentado en su silla, se levantó súbitamente y, mostrando la cruz que llevaba al cuello, bramó:

– ¡Majestad, como patriarca de Jerusalén, aceptó que este pecado recaiga sobre mí! Luego iré a hacerme absolver por el Papa, que, estoy seguro, aprobará esta acción.

– ¡P-p-patriarca, no puedes imaginar nombre más despreciable y vil para obligarme a obedecer que el de «el Papa»!

– ¡Majestad, os conjuramos a que ataquéis!

– ¡No! Hay que c-c-conservar la razón.

El hombre del bastón y la larga barba intervino entonces, y dijo con voz tranquila:

– Pasé dos años negociando con Manuel Comneno. Para convencerle de que nos ayudara tuve que desplegar tantos ardides como Ulises. ¡Os lo ruego, señores, un poco de paciencia! ¿Qué es un año, cuando al cabo de este año se encuentra la victoria?