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No descansará ni un momento antes de haberla encontrado.
Chrétien de Troyes,
Ivain o El Caballero del León
Morgennes había establecido sus cuarteles en una torre del Viejo Cairo llamada Torre del Leproso. De hecho era un minarete abandonado porque amenazaba con derrumbarse. Regularmente dos o tres piedras se desprendían de la torre y caían con estrépito sobre la polvorienta calzada, que los habitantes de Fustat evitaban pisar. Era el lugar soñado para alguien que no quería ser molestado; el lugar perfecto para una sombra.
Algunos cuervos con la mirada turbia de los conspiradores, alegres damiselas murciélago y un viejo búho blanco por los años constituían el grueso de los inquilinos; el resto estaba compuesto únicamente por Morgennes.
De noche, trepaba a lo más alto de la torre, y allí, bajo una luna de yeso, volvía a pensar en todo lo que había dejado atrás. Echaba mucho en falta a Cocotte y a mí. Y para soportar nuestra ausencia, pasaba muchísimo tiempo rememorando los meses que habíamos pasado juntos. Lo mismo hacía con su hermana y sus padres, que surgían ante él cada vez que cerraba los ojos, tan reales como antaño. Tanto, que Morgennes a menudo se preguntaba quién estaba muerto, si ellos o él. Pero ni el búho de plumas blancas, a pesar de su aire de viejo sabio, ni los negros cuervos, ni las damiselas murciélago tenían ninguna respuesta que darle.
Entonces volvía a bajar para enfundarse un manto y salía a pasear por la ciudad. Allí trataba en vano de perderse en el laberinto de calles, donde incluso los nativos tenían dificultades para orientarse. Pero Morgennes recordaba hasta la más insignificante callejuela, la más anodina fachada, cada una de las grietas de las paredes; era imposible que se perdiera.
Cerraba los ojos y se ponía a soñar, para encontrarse infaliblemente en un inmenso bosque de troncos podridos, como roídos por las aguas. ¿Qué bosque era ese? El de su infancia, que su mente revisitaba. Porque él nunca lo había visto así, transformado en un pantano.
Volviendo a abrir los ojos para ahuyentar esta imagen, reanudaba el camino, bajaba algunos escalones -siempre recordaba cuántos-, y se dirigía hacia el palacio califal, en torno al cual le gustaba vagabundear. Nubes de rumores flotaban en el aire. Y entre dos regateos, dos cestos de fruta o dos sacos de trigo intercambiados, desgranaba informaciones. El jefe de los eunucos padecía mareos. Habían tenido que reemplazarlo. Los abds -esos esclavos negros que formaban el grueso de las tropas del califa- se quejaban de la negligencia con la que los herreros del palacio mantenían sus armas. Habían tenido que entregarse con urgencia importantes cantidades de vino, señal de que invitados importantes -y extranjeros, además- irían a visitar al califa. ¿Venecianos? ¿Písanos? Era difícil decirlo, pero seguro que eran mercaderes de metales, porque unos días después de las entregas de vino, las armerías de la ciudad habían redoblado su actividad, ennegreciendo de humo los cielos habitualmente límpidos de El Cairo.
Cuando la tristeza o la melancolía se apoderaban de él, Morgennes iba a buscar a su nuevo amigo, Azim. Juntos hablaban de todo y de nada. Pero su tema de conversación favorito eran los ofitas y esa misteriosa mujer que no existía.
¿Qué aspecto tenía?
– Nadie lo sabe -respondió Azim-. Ni siquiera estoy seguro de que los propios ofitas lo sepan, porque no tienen derecho a ir a visitarla.
– Sin embargo -decía Morgennes-, creía que la custodia de esa mujer era asunto suyo.
– La custodia, sí. Pero no la propiedad.
Azim se interrumpió un instante, mientras su esposa -con el rostro velado para que ningún hombre la viera- les servía té, y fuera resonaban címbalos y tamboriles. Cuando su mujer se hubo alejado, Azim continuó:
– Los ofitas son como esos judíos a los que uno confía sus bienes a cambio de un préstamo. Velan por los cofrecillos, pero no tienen derecho a abrirlos. Además, no olvides que, más que los ofitas, es un dragón quien la mantiene prisionera. Se dice que los ofitas han construido un laberinto por donde ronda un poderoso dragón. ¡Desgraciado quien ose acercarse a él!
– Ya no hay dragones -dijo Morgennes-. ¿Qué más se sabe sobre esa mujer?
– Llegó cuando era solo un bebé de pecho. ¿Qué edad tenía? Apenas seis meses. Físicamente era blanca como su madre, pero parecía poseer el carácter impetuoso de su padre: el famoso general Shirkuh, favorito de Nur al-Din. Tenerla en Damasco habría sido una provocación a los francos, les habría incitado a tomar de nuevo las armas. Mientras que guardarla aquí, en esta ciudad musulmana, pero chiíta, donde cristianos, coptos y ofitas tienen derecho de ciudadanía, era lo que en política llaman «un justo compromiso». Un acuerdo secreto, firmado por Luis VII, Leonor, Nur al-Din y Shirkuh, estipula que esta joven no tendrá derecho a reclamar su herencia mientras no haya elegido una religión.
– ¿Cómo sabes todo eso? -preguntó Morgennes.
– Nosotros, los coptos, controlamos todo el papeleo de El Cairo, y conocemos casi todos los secretos de esta ciudad.
– ¿Casi?
– Sí, hay uno que se nos escapa todavía y que, además de la venganza, fue el motivo de mi presencia en el templo de Apopis la noche de nuestro encuentro.
Morgennes se acercó a Azim, como si encontrarse justo a su lado pudiera permitirle leer sus pensamientos. Fuera, el ruido de los címbalos y los tamboriles se acercaba, y unas voces se mezclaban a los sonidos de los instrumentos.
– ¿Hay una boda? -preguntó Morgennes.
– No. Es una de nuestras fiestas. Hoy celebramos la venida a Egipto de José y María. Por otra parte, eso me recuerda…
Azim se levantó y se dirigió hacia una mesa donde había un incensario. Cogió un puñado de incienso de un saco que había al lado y llenó el incensario, que empezó a humear abundantemente.
– ¿Dónde guardan a esa mujer? -preguntó Morgennes.
Azim cerró el incensario y fue a sentarse junto a él.
– En un lugar llamado el Cofre. En cuanto a saber dónde se encuentra exactamente, lo ignoramos.
– ¿No tenéis la menor idea de dónde puede estar?
– En mi opinión, en alguna parte de la ciudad vieja. Es decir, por aquí, en Fustat.
– Pero yo creía que vosotros, los coptos, erais los amos de esta parte de la ciudad.
– Morgennes, aquí tenemos este monasterio y una iglesia, un poco al sur del acueducto, pero eso es todo. Lo que han debido de decirte es que se nos toleraba.
– De hecho no me dicen gran cosa. Cada vez que pregunto dónde está el barrio copto, la gente pone cara de no entender, me envían a paseo o me responden que no existe.