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– Un barrio que no existe para una mujer que no existe… -¿Por qué los ofitas?

– ¡Qué mejor que una serpiente, que un dragón, para guardar a una princesa! Comprenderás por qué nosotros, los coptos, que somos los fieles servidores de san Jorge y de san Marcos, tenemos como enemigos, más aún que a los mahometanos, a esos perros de ofitas. Y si tengo que serte sincero, creo incluso que Nur al-Din y Luis VII esperaban secretamente que los ofitas hicieran desaparecer a esta joven.

– Azim, mi rey me ha encargado que la encuentre. Necesito que me ayudes.

Azim se masajeó las rodillas; luego se levantó del cojín donde estaba sentado.

– ¿Y Crucífera?

– Primero el amor, luego la guerra.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Azim, desvelando unos dientes color de marfil de sorprendente vitalidad para un anciano.

– ¡Me gusta eso! Escucha, te diré por dónde debes empezar tu búsqueda. Pero no inmediatamente. Primero debes descansar, porque te encuentro un poco pálido. ¿Cómo pasas las noches?

Morgennes se tomó tiempo para reflexionar, pero no había mil y una respuestas posibles.

– Agitadas. Echo en falta a Chrétien. Y por si eso no bastara, a menudo sueño con mis padres. A veces incluso tengo la sensación de estar muerto yo también. Tengo pesadillas en las que vago por un pantano sin saber adónde ir. Unas mariposas revolotean a mi alrededor.

– ¿Mariposas?

– Mariposas negras y blancas. Hay miles, que forman imágenes al volar. Paisajes y rostros que me parecen familiares sin que pueda recordar dónde los he visto. Es muy extraño.

– Sí, desde luego. Más de lo que crees. Porque otra persona antes que tú me ha hablado de estas mariposas.

– ¿Cómo? ¿Existen?

– Realmente no lo sé. Pero esa persona lo creía así. De hecho fueron las últimas palabras de Pixel, ¿lo sabías?

– No. ¿Quién es Pixel?

– Pixel era un monje de gran reputación, un especialista de las iluminaciones. En el año 1144 de vuestro calendario, unos bandidos le forzaron, bajo la amenaza de sus armas, a tragarse sus pinturas. Justo antes de morir, ahogado en su vómito, tuvo tiempo de articular: «Las mariposas…». Fueron sus últimas palabras. Nadie sabe qué significan.

– ¿Era copto?

– No. Vivía en Inglaterra, pero tuve ocasión de conocerle.

Vino aquí, a Egipto, con un herrero amigo suyo, en busca de otros procedimientos que permitieran obtener nuevos colores.

– ¿Un iluminador que tenía como amigo a un herrero?

– No era exactamente un herrero. Además, no solo se interesaba por las armas, sino también por las aguas del Nilo, célebres en el mundo entero por favorecer la fertilidad. Por lo que pude entender, este hombre era un antiguo caballero. Una especie de mercenario que recorría el mundo en busca de un remedio para que su mujer y él pudiesen tener un hijo.

– ¿Cuál era su nombre? -preguntó Morgennes con voz temblorosa.

– ¡Por desgracia no tengo tu memoria! Hace mucho de esto. Además, no se quedaron mucho tiempo. Tenían cosas que hacer, por Constantinopla. Ya no sé más. Pero si quieres, puedo mostrarte un retrato que Pixel pintó para mí, para agradecerme que les hubiera acogido, a él y a su amigo.

– Encantado.

Azim condujo a Morgennes a una pequeña capilla cuyos muros desaparecían bajo centenares de iconos. Bastones de incienso difundían en el aire una atmósfera de recogimiento, y Morgennes sintió que un hormigueo le recorría la espalda. Tenía la sorprendente sensación de haber visto ya ese lugar, cuando -¡podía jurarlo!- nunca había entrado allí.

– Aquí está -dijo Azim, mostrando a Morgennes un pequeño icono.

En él se veía, junto al viejo copto, ligeramente retirado hacia atrás, a un hombre de rasgos vivaces, sorprendentemente bien plasmados, que dirigía al pintor una mirada voluntariosa.

– ¿Quién es? -preguntó Morgennes.

– Es el caballero del que te he hablado. El compañero de Pixel. ¿Le conoces?

– Desde luego -dijo Morgennes, con las piernas temblorosas-. ¡Es mi padre!

Dominado por la emoción, puso los ojos en blanco y se desplomó.

Morgennes despertó en la habitación de Azim, en el monasterio de San Jorge. El viejo copto había hecho que le condujeran allí poco después de desmayarse.

– No te muevas -murmuró Azim-. Bebe.

Le tendió una copa, que Morgennes vació de un trago. Azim se la llenó de nuevo, de una jarra que había hecho traer.

– ¡Más! -pidió Morgennes, que se sentía atenazado por una sed insaciable.

– Toma -le dijo Azim, dándole a beber de la jarra-. Buena agua del Nilo…

– Padre -dijo Morgennes.

– ¿Sí? -respondió Azim.

– No -dijo Morgennes-. Tú no. Hablaba de mi verdadero padre. ¿Realmente era él? ¡Parecía que estuviera vivo! Qué retrato más sobrecogedor…

– Sí, ¿verdad? Te lo dije, Pixel era el mejor.

– ¿Unos bandidos lo asesinaron? ¿En 1144?

– Exacto.

– Menos de dos años separan la muerte de mi padre de la de Pixel. ¿Es posible que fueran asesinados por las mismas personas?

Morgennes cerró los ojos y se frotó las sienes. Debía ordenar sus ideas. Sin duda, Galet el Calvo y Dodin el Salvaje tenían mucho que contar sobre este acontecimiento. Una noche, no hacía tanto tiempo, Morgennes había oído cómo los dos viejos templarios recordaban riendo el día en el que Sagremor el Insumiso había lanzado una flecha contra un muchacho que acababa de atravesar un río con la superficie helada. Este muchacho, Morgennes lo sabía, era él. Y contrariamente a lo que habían creído los caballeros, no estaba muerto.

En ese momento, mientras Morgennes buscaba en el fondo de su ser unas lágrimas que no llegaban, la puerta de la habitación se abrió. Morgennes y Azim volvieron la cabeza, pero no vieron a nadie; de repente, una pequeña bola de pelo, vestida con una camisola naranja, saltó sobre el jergón donde estaba tendido Morgennes y se lanzó a su cuello.

– ¡Frontin! ¿Quieres dejar tranquilo a Morgennes? -exclamó Azim.

– ¿Frontin? ¿El mono de Gargano? -dijo Morgennes riendo-. ¿Qué hace aquí?

– ¿De modo que conoces a Gargano? -replicó Azim, sorprendido.

Los dos hombres se abrazaron con emoción; emplearon buena parte de la noche pasando revista a todos los acontecimientos que habían vivido. Morgennes contó cómo había encontrado a Gargano y a la Compañía del Dragón Blanco; Azim, por su parte, habló de lo poco que recordaba de Pixel y del padre de Morgennes, así como de Gargano, Nicéforo y Filomena.