La caja de los aguijones (máquinas mecánicas de metal, de intrincado y extraordinario diseño khepri) estaba adosada a los cintos de los oficiales, y tenían el tamaño de una pequeña bolsa. Junto a cada lateral había un cable largo, un grueso alambre recubierto de espirales metálicas y goma aislante, con un alcance de casi siete metros. A unos sesenta centímetros del extremo de cada uno de los cables había un mango de madera pulimentada que los oficiales sostenían en las manos, y que empleaban para girar los extremos de los cordones a terrible velocidad. Algo resplandecía, casi invisible. Isaac sabía que en la punta de cada zarcillo había un peligroso colmillo de metal, un pesado racimo de garfios y púas. Aquellas terminaciones variaban. Algunas eran sólidas, y las mejores se expandían como crueles flores tras el impacto. Todas estaban diseñadas para volar con precisión, para perforar armadura y carne, para aferrarse despiadadas y destrozar los cuerpos.
Derkhan había llegado junto a la mesa y se protegía tras Lemuel. Isaac se giró para coger más municiones. En un momento de silencio, la periodista se incorporó rápidamente sobre una rodilla y miró por encima de la mesa, apuntando su gran pistola.
Apretó el gatillo. En el mismo instante, uno de los oficiales, dejó volar su aguijón.
Derkhan era una buena tiradora. Su proyectil voló hacia el ventanuco de uno de los escudos de la milicia, al que consideró su punto débil. Pero había subestimado las defensas de los soldados. La portezuela se agrietó de forma violenta y espectacular y se cubrió por completo de astillas, polvo de vidrio y grietas, pero disponía de una estructura interna de alambre de cobre, y resistió. El soldado trastabilló antes de recuperar su posición.
El oficial del aguijón se movía como un experto.
Volteó los dos brazos al mismo tiempo con grandes curvas, activó los pequeños interruptores de los mangos de madera que permitían a los cables deslizarse a su través y se liberó. La inercia de las hojas giratorias las arrojó por el aire en un destello gris metálico.
El cable se desenrolló casi sin fricción desde el interior de la caja y se deslizó a través del aire y los mangos de madera. El vuelo curvo era absolutamente certero. Los pesos afilados trazaban un largo movimiento elíptico y reducían la curvatura rápidamente al tiempo que los cables que los unían al aguijón se extendían.
Los racimos de hojas de acero golpearon simultáneamente los dos costados del pecho de Derkhan, que gritó y trastabilló, apretando los dientes mientras la pistola caía de sus dedos espasmódicos.
Al instante, el oficial soltó el bloqueo de su aguijón para liberar el mecanismo dormido.
Se produjo un zumbido balbuciente, y el carrete escondido del motor comenzó a desenrollarse girando como una dinamo y generó oleadas de extraña corriente. Derkhan danzó convulsa, lanzando agónicos alaridos tras los dientes apretados. Pequeñas descargas de luz azulada explotaban como restallidos desde su pelo y sus dedos.
El oficial la observaba con atención, manipulando los diales de la caja que controlaban la intensidad y forma de la energía.
Se produjo una violenta crepitación y Derkhan voló hacia atrás contra la pared y se desplomó sobre el suelo.
El segundo oficial lanzó sus bulbos afilados por encima del borde de la mesa, esperando capturar a Lemuel, pero este se había pegado todo lo posible a la tabla y los garfios volaron inofensivos a su alrededor. El soldado apretó un botón y los cables se retiraron rápidamente a su posición de partida.
Lemuel observó a su compañera caída y preparó las pistolas.
Isaac gritaba enfurecido. Lanzó otro voluminoso frasco de inestables compuestos taumatúrgicos a la milicia. Se quedó corto, pero el matraz estalló con tal violencia que salpicó los escudos y por encima de ellos, se mezcló con el destilado e hizo que dos oficiales cayeran gritando al suelo mientras su piel se convertía en pergamino, y su sangre en tinta.
Una voz amplificada tronó a través de la puerta. Era la del alcalde Rudgutter.
—Detengan estos ataques. No sean inconscientes. No van a salir de aquí. Dejen de atacarnos y mostraremos clemencia.
Rudgutter se encontraba en medio de su guardia de honor con Eliza Stem-Fulcher. Era del todo inusual que acompañara a la milicia en sus redadas, pero aquella no era una acción ordinaria. Se encontraba al otro lado de la calle, algo alejado del taller de Isaac.
Aún no había oscurecido por completo. Rostros alarmados y curiosos se asomaban por las ventanas de toda la vía. Rudgutter los ignoró. Alejó el embudo de hierro de su boca y se giró hacia Eliza Stem-Fulcher, con el ceño arrugado por la preocupación.
—Esto es un espantoso desorden —dijo. Ella asintió—. Pero, por ineficaz que sea, la milicia no puede ser derrotada. Lamentablemente, algunos oficiales morirán, pero no hay modo de que der Grimnebulin y sus cohortes salgan de aquí. —De repente se sintió molesto por los rostros nerviosos asomados a las ventanas.
Alzó el amplificador y volvió a gritar. — ¡Regresen a sus casas de inmediato!
Se produjo un gratificante frufrú de cortinas. Rudgutter se echó hacia atrás y observó cómo el almacén se estremecía.
Lemuel despachó al otro soldado de un elegante y cuidadoso disparo. Isaac arrojó su mesa escaleras abajo y alcanzó con ella a dos oficiales que trataban de aprehenderlo, mientras él continuaba con su bombardeo químico. Yagharek lo ayudaba bajo su dirección, duchando a los atacantes con mezclas nocivas.
Pero aquello no era, no podía ser, más que valentía condenada. Había demasiados soldados. Ayudaba que no estuvieran preparados para matar, porque Isaac, Lemuel y Yagharek no estaban constreñidos del mismo modo. Isaac estimó que habían caído cuatro oficiales: uno de un disparo, otro con el cráneo aplastado, y dos más por las aleatorios reacciones químico-taumatúrgicas. Pero no podía durar. La milicia avanzaba hacia Lemuel desde detrás de sus escudos.
Isaac vio a los soldados alzar la mirada y conferenciar unos instantes. Entonces, uno de ellos levantó cuidadosamente su rifle y apuntó a Yagharek.
— ¡Abajo, Yag! —gritó—. ¡Quieren matarte!
El garuda echó cuerpo a tierra, lejos de la vista del asesino.
No hubo manifestación repentina, ni piel de gallina, ni vastas figuras merodeadoras. Lo único que sucedió fue que la voz de la Tejedora apareció en el oído de Rudgutter.
…he atado invisible enmarañados alambres de cielo y deslizo mis piernas extensas para-tara en hez psíquica de destructores de la telaraña son criaturas infectas toscas grises susurro qué sucede señor alcalde este lugar tiembla…
Rudgutter dio un respingo. Lo que me faltaba, pensó. Replicó con voz firme.
—Tejedora —comenzó. Stem-Fulcher se volvió hacia él con mirada afilada, curiosa—. Qué agradable tenerte entre nosotros.
Es demasiado imprevisible, pensó Rudgutter furioso. Ahora no, joder, ¡ahora no! Lárgate a perseguir a las polillas, vete de caza… ¿qué estas haciendo aquí? La Tejedora le sacaba de quicio y era peligrosa, y Rudgutter había asumido un riesgo calculado al procurarse su ayuda. Pero un cañón roto seguía siendo un arma letal.
Había pensado que la gran araña y él habían llegado a una especie de arreglo, al menos hasta el punto en que esto era posible con la Tejedora. Kapnellior le había ayudado. La textorología era un campo experimental, pero había reportado algunos frutos. Había métodos de comunicación demostrados, y Rudgutter los había estado empleando para relacionarse con la criatura. Los mensajes se tallaban en las hojas de las tijeras y se fundían como esculturas de aspecto aleatorio, iluminadas desde abajo y proyectaban sombras que trazaban las frases en el techo. Las respuestas del ser eran prontas, y se realizaban de modos aún más insondables.