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Rudgutter le había pedido educadamente a la Tejedora que se encargara de perseguir a las polillas. No tenía capacidad para dar órdenes, por supuesto, solo para sugerir. Pero la Tejedora había respondido bien, y Rudgutter se dio cuenta de que de forma estúpida, absurda, había comenzado a pensar en la criatura como en su agente.

Aquello acababa de terminar.

Se aclaró la garganta.

— ¿Puedo preguntar por qué te has unido a nosotros, Tejedora?

La voz llegó de nuevo, resonando en su oído, rebotando en los huesos de su cabeza.

…DENTRO Y FUERA LAS FIBRAS SE DIVIDEN Y ESTALLAN Y SE ABRE UN RASTRO EN EL COMBO DE LA TELARAÑA GLOBAL DONDE LOS COLORES SANGRAN Y PALIDECEN ME HE DESLIZADO POR EL CIELO BAJO LA SUPERFICIE HE DANZADO EL ARRIENDO CON LÁGRIMAS DE MISERIA ANTE LA FEA RUINA QUE HUMEA Y SE EXTIENDE Y COMIENZA EN ESTE LUGAR…

Rudgutter asintió lentamente mientras emergía el sentido de las palabras.

—Comenzó aquí —convino—. Este es el centro. Esta es la fuente. Por desgracia… —eligió sus palabras con cuidado—. Por desgracia, este es un momento bastante inoportuno. ¿Podría persuadirte para que investigaras este lugar, que de hecho es el punto de nacimiento del problema, dentro de un rato?

Stem-Fulcher lo observaba. Su expresión era tensa. Escuchaba con atención las respuestas del alcalde.

Por un instante, todos los sonidos a su alrededor cesaron. Los disparos y gritos del almacén murieron momentáneamente. No hubo descargas ni disparos de las armas de la milicia. Stem-Fulcher estaba boquiabierta, como si se dispusiera a hablar, mas no dijo nada. La Tejedora guardó silencio.

Entonces se produjo un susurro dentro del cráneo de Rudgutter, que jadeó consternado antes de dejar caer la mandíbula con absoluta turbación. No sabía cómo, pero estaba escuchando el extraordinario sonido de la Tejedora avanzando, desde varias dimensiones simultáneas, hacia el almacén.

Los oficiales cayeron sobre Lemuel con despiadada precisión. Pasaron por encima del cadáver de Vermishank y alzaron triunfantes los escudos frente a ellos.

Arriba, Isaac y Yagharek se habían quedado sin munición química. El primero bramaba, lanzando sillas, baldas de madera y toda clase de objetos a la milicia, que los reflectaban con facilidad.

Derkhan estaba tan inmóvil como Lublamai, que yacía tumbado sobre su camastro, en la esquina del espacio de Isaac.

Lemuel lanzó un desesperado grito de rabia y, blandiendo su cuerno de pólvora contra los atacantes, los roció de un polvo acre. Buscó su caja de pedernal pero ya los tenía encima, blandiendo sus porras. El oficial del aguijón se acercó, girando las hojas.

El aire en el centro del almacén vibró, incomprensible.

Dos soldados que se acercaban a aquel punto inestable se detuvieron perplejos. Isaac y Yagharek, que portaban entre ambos un enorme banco, se disponían a arrojarlo contra los invasores cuando advirtieron el fenómeno. Se quedaron quietos y observaron.

Como un brote místico, un parche de oscuridad orgánica floreció de la nada en el centro de la estancia. Se expandió en la realidad física con la facilidad animal de un gato desperezándose. Se abrió sobre sí mismo y se alzó para ocupar todo el espacio, un ser colosal, segmentado, una inmensa presencia arácnida que irradiaba poder y absorbía toda la luz del aire.

La Tejedora.

Yagharek e Isaac soltaron el banco al mismo tiempo.

Los soldados dejaron de golpear a Lemuel y se giraron, alertados por la naturaleza cambiante del éter.

Todos se detuvieron a contemplar, sumidos en el espanto.

La Tejedora se había manifestado directamente sobre dos trémulos oficiales que aullaban de terror. Uno dejó caer su espada de la mano paralizada. El otro, más bravo pero no más eficaz, alzó la pistola en su mano temblorosa.

La Tejedora bajó la mirada hacia aquellos dos hombres, alzó su par de manos humanas y las posó sobre sus cabezas encogidas para palmearlas, como si se tratara de perros.

Después elevó una mano y señaló la pasarela, donde Isaac y Yagharek aguardaban pasmados y consternados. La ultraterrena voz cantarina resonó en el silencio repentino.

…más allá y arriba en el pequeño pasadizo fue nació el redrojo encogido el cachorro deforme que liberó sus hermanos rompió el sello de su algodón y surgió huelo los restos de su desayuno aún tendido oh me gusta esto disfruto esta red la trama es intrincada y delicada mas rasgada quien puede aquí tejer con tan robusta e ingenua experiencia…

La cabeza de la Tejedora se meció con alienígena suavidad de un lado a otro, abarcando la estancia con sus múltiples ojos resplandecientes. Ningún humano se movió.

Desde fuera llegó la voz de Rudgutter. Era tensa, furiosa.

— ¡Tejedora! —gritó—. ¡Tengo un presente y un mensaje para ti! —Se produjo un momento de silencio, y entonces un par de tijeras con mango de perla aparecieron volando por la puerta del almacén. La criatura palmeó las manos en un humano movimiento de deleite. Desde el exterior llegó el sonido distintivo de unas tijeras abriéndose y cerrándose. La Tejedora gimió.

…adorable adorable el chak chak de súplica y aun así aunque de bordes suaves y rompen fibras con ruido frío una explosión inversa un embudo en un foco debo girar hacer patrones aquí con artistas novatos ignorantes para deshacer la herida catastrófica hay brutal asimetría en la faz azul que no sirven no puede ser que la red rasgada es zurcida sin patrones y en las mentes de estos desesperados y culpables y despojados hay exquisitos tapices de deseo la banda moteada clama añora amigos plumas ciencia justicia oro…

La voz de la Tejedora tiritaba con canturreante deleite. Sus piernas se movieron de repente con terrorífica velocidad, trazando una intrincada senda a través de la estancia, horadando el espacio.

Los soldados junto a Lemuel dejaron caer sus porras y corrieron para apartarse de su camino. Lemuel elevó la vista hacia la masa arácnida de ojos hundidos. Alzó las manos y trató de gritar de miedo.

La Tejedora aguardó un instante ante él, antes de desviar la vista hacia la plataforma. Se incorporó imperceptible y, al instante, incomprensiblemente, apareció en el altillo, junto a Isaac y Yagharek. Los dos observaron horrorizados su forma vasta y monstruosa. Las patas terminadas en garfios avanzaban hacia ellos. Estaban inmovilizados. Yagharek trató de retirarse, pero la Tejedora era demasiado rápida.

…salvaje e impenetrable…

cantó, aferró al garuda con un movimiento repentino, y lo barrió con el brazo humano, desde el que el hombre pájaro gritaba y se retorcía como un niño aterrado.

…negro y rojizo…

seguía. Brincaba con la elegancia de un bailarín sobre las puntas de sus patas, moviéndose de lado a través de dimensiones retorcidas para aparecer de nuevo frente a la forma acobardada de Lemuel. Lo recogió y lo cargó colgante junto a Yagharek.

La milicia dio un paso atrás, perpleja y espantada. La voz del alcalde Rudgutter sonó de nuevo desde el exterior, pero nadie atendió.

La Tejedora volvió a alzarse para aparecer otra vez en la plataforma de Isaac. Se arrastró hacia él y lo apresó con el brazo libre.

…extravagante secular pululante…

cantaba mientras lo capturaba.

Isaac no podía resistirse. El toque de la Tejedora era frío e inmutable, irreal. La piel era suave, como el cristal pulimentado. Sintió cómo lo alzaban con estupenda facilidad y lo envolvían con mimo bajo el brazo huesudo.

…diamétrica negligente feroz…

oyó decir a la Tejedora mientras rehacía sus imposibles pasos hasta aparecer a siete metros de distancia, sobre el cuerpo inerte de Derkhan. Los soldados alrededor de la mujer se alejaron con miedo concertado. La criatura se acercó a su forma inconsciente y la depositó junto a Isaac, que sintió su calor a través de la ropa.