Rudgutter asintió.
— Suma eso a nuestra Tejedora, que aún sigue por algún sitio, cazando a las polillas que no hacen más que destrizar su preciosa telaraña… Tenemos un razonable conjunto de tropas.
— Pero no están coordinadas —replicó Stem-Fulcher —. Eso me preocupa. Y la moral de la ciudad comienza a decaer. Evidentemente, muy poca gente conoce la verdad, pero todos saben que no pueden dormir por la noche por miedo a los sueños. Estamos trazando un mapa con los principales puntos de las pesadillas para ver si logramos dar con algún patrón, rastrear a las polillas de algún modo. Durante la última semana se han cometido multitud de crímenes. Nada grande o planeado: los ataques repentinos, los asesinatos pasionales, las peleas. Los nervios están a flor de piel. La gente está asustada y paranoica. — Cuando el silencio se aposentó unos instantes, prosiguió su exposición—. Esta mañana debería haber recibido usted los frutos de algunas de nuestras labores científicas. He pedido a nuestro equipo de investigación que construya un casco que detenga la filtración de hez onírica durante el sueño. Tendrá un aspecto ridículo mientras duerme, pero al menos podrá descansar. — Se detuvo. Rudgutter parpadeaba rápidamente— ¿Cómo están sus ojos?
El alcalde negó con la cabeza.
— Van — respondió triste —. Somos incapaces de solventar el problema del rechazo. Creo que ya es hora de un nuevo juego.
Ciudadanos de mirada cansina marchaban al trabajo. Estaban hoscos y poco cooperativos.
En los muelles de Arboleda no se mencionaba la huelga aplastada. Las heridas de los estibadores vodyanoi comenzaban a diluirse, y sacaban los cargamentos hundidos de las aguas sucias como siempre habían hecho. Dirigían los barcos por los angostos espacios de las orillas. Murmuraban en secreto acerca de la desaparición de los líderes sindicales.
Sus camaradas humanos observaban a los xenianos derrotados con una mezcla de emociones.
Los gruesos aeróstatos patrullaban los cielos sobre la ciudad como una infatigable, torpe amenaza.
Las discusiones saltaban con extraña facilidad. Las peleas eran comunes. La miseria nocturna se extendía y afectaba a sus víctimas desde el mundo de la vigilia.
En la Refinería Blecky de Gran Aduja, un exhausto gruista sufría la alucinación de uno de los tormentos que le habían robado el sueño la noche anterior. Temblaba lo suficiente como para afectar a los controles del aparato, y la inmensa máquina de vapor liberó un cargamento de hierro fundido un segundo antes de lo debido, derramaba un torrente de metal al blanco sobre los labios del contenedor a la espera y salpicaba a los trabajadores como una máquina de asedio. Los gritos quedaron consumidos por la despiadada cascada.
En lo alto de los desiertos obeliscos de hormigón de Salpicaduras, los garuda de la ciudad encendían grandes fuegos por la noche. Golpeaban sus gongs y sus cacerolas, gritando obscenas canciones y lanzando chillidos estridentes. Charlie, el gran hombre, les dijo que así impedirían que los espíritus malvados de la ciudad visitaran las torres. Los monstruos voladores. Los demonios que habían acudido a Nueva Crobuzon para sorber el cerebro de los vivos.
Las roncas reuniones en los cafés de los Campos Salacus eran más calmadas.
Las pesadillas empujaban a algunos artistas a frenesíes creativos. Se planeaba una exposición, Despachos de una ciudad turbada, que pretendía mostrar el arte, la escultura, la música inspirada por la epidemia de pesadillas que engullía la ciudad.
Había miedo en el aire, un nerviosismo al invocar ciertos nombres. Lin e Isaac, los desaparecidos. Hablar de ellos era admitir que algo podía ir mal, que podían no estar Simplemente atareados, que su silencio, su ausencia de los lugares habituales, era siniestra.
Las pesadillas desbordaban la membrana del sueño y se derramaban sobre la vida cotidiana, acosando el reino del sol, secando las conversaciones en las gargantas y alejando a los amigos.
Isaac despertó en manos de los recuerdos. Estaba rememorando su extraordinaria huida de la noche anterior. Sus ojos vacilaron, pero permanecieron cerrados.
Contuvo el aliento.
Poco a poco, recordó. Imágenes imposibles lo asaltaron. Hebras de seda del grosor de una vida. Seres vivientes arrastrándose insidiosos por alambres interconectados. Tras un hermoso palimpsesto de gasa de color, una vasta, intemporal, infinita masa de ausencia…
Aterrado, abrió los ojos.
La telaraña había desaparecido.
Miró lentamente a su alrededor. Estaba en una caverna de ladrillo, fría y húmeda, rezumante en la oscuridad.
— ¿Estás despierto, Isaac? — Era la voz de Derkhan.
Se incorporó sobre los codos. Gimió. Le dolía todo el cuerpo, de mil maneras distintas. Se sentía apaleado y destrozado. Derkhan estaba sentada cerca de él, sobre una repisa de ladrillo. Le sonreía sin humor alguno. Era un rictus de terror.
— ¿Derkhan? — murmuró. Sus ojos se abrían cada vez más —. ¿Qué llevas puesto?
En la media luz emitida por una lámpara de aceite humeante, pudo ver que vestía un hinchado atuendo de color rosa brillante. Estaba decorado con chillonas flores cosidas. Derkhan negó con la cabeza.
— No tengo ni puta idea, Isaac —dijo amarga — Lo único que sé es que el soldado del aguijón me dejó inconsciente y que desperté aquí, en las alcantarillas, vestida así. Y eso no es todo… — Su voz tembló unos instantes. Se apartó a un lado el pelo del lateral de la cabeza. Isaac siseó al ver el crudo, supurante coágulo que adornaba su sien —. M-me falta una oreja — dejó caer el cabello con una mano temblorosa — Lemuel ha estado diciendo que era una… una Tejedora la que nos trajo aquí. Aún no te has visto el traje, ¿no?
Isaac se frotó la cabeza y se incorporó por completo. Pugnó por aclarar la bruma de su mente.
— ¿Qué? ¿Dónde estamos? ¿Las alcantarillas…? ¿Dónde está Lemuel? ¿Y Yagharek? ¿Y…? — Lublamai, oyó dentro de su cabeza, pero recordó las palabras de Vermishank. Recordó con frío espanto que Lublamai estaba irrevocablemente perdido.
Su voz se disipó.
Se oyó y comprendió que estaba divagando histérico. Se detuvo e inspiró con lentitud, forzándose a calmarse.
Miró alrededor para evaluar la situación.
Derkhan y él estaban sentados en una cornisa de sesenta centímetros embebida en la pared de una pequeña cámara ciega de ladrillo. Debía de medir unos tres metros de lado (el otro extremo apenas era visible con la débil luz), con un techo a poco más de metro y medio sobre su cabeza. En cada una de las cuatro paredes de la cámara se abría un túnel cilíndrico de metro veinte de diámetro.
El fondo de la estancia estaba completamente sumergido en agua hedionda. Era imposible adivinar la profundidad de aquella corriente. El líquido parecía emerger de al menos dos de los túneles y fluía lentamente hacia los otros. Las paredes estaban resbaladizas por el cieno y el moho. El aire hedía a mierda y putrefacción.
Isaac se miró y su expresión se vio surcada por la perplejidad. Estaba vestido con traje y corbata inmaculados, una pieza oscura, bien cortada, de la que cualquier parlamentario estaría orgulloso. No lo había visto nunca antes. Junto a él, arrugada y sucia, esperaba su mochila de lona.
Recordó, de repente, el dolor explosivo y la sangre de la noche anterior. Tragó saliva y se acercó la mano con inquietud.
Mientras sus dedos tanteaban exhaló atronador. Su oreja izquierda había desaparecido.
Exploró con pies de plomo el tejido destrozado, esperando encontrarse carne húmeda, arrancada, y cuajarones de sangre secos. Sin embargo, al contrario que en el caso de Derkhan, halló una cicatriz bien sellada, cubierta de piel. No sentía dolor alguno, como si la herida llevara varios años así. Frunció el ceño y tanteó, experimentando con la zona. Aún podía oír, aunque, sin duda, su capacidad para localizar la fuente de los sonidos se vería mermada.