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Lemuel quedó en silencio. Durante algunos minutos no se produjo más sonido que el chapoteo de sus piernas a través del espeso efluvio. Entonces Yagharek oyó las voces. Se tensó y tiró de la camisa de Lemuel, pero un momento después también este lo oyó claramente: eran Isaac y Derkhan.

El excremento líquido parecía portar la luz con él, girando una esquina.

Con la espalda doblada y maldiciendo por el esfuerzo, Yagharek y Lemuel se agacharon en el retorcido empalme de ladrillo para entrar en la pequeña cámara bajo el corazón de la Sombra.

Isaac y Derkhan se estaban gritando. El primero vio a Yagharek y Lemuel por encima del hombro de su compañera, y alzó los brazos hacia ellos.

— ¡Ahí estáis, maldición! —dijo, acercándose. Yagharek levantó frente a él la bolsa de comida, pero Isaac la ignoró con urgencia—. Lem, Yag, tenemos que movernos deprisa.

—Espera… —comenzó Lemuel, pero lo ignoró también.

—Escuchad, mierda —gritó Isaac—. ¡He hablado con el constructo! —Lemuel estaba a punto de replicar, pero guardó silencio. Nadie habló durante unos instantes—. ¿Vale? Es inteligente, maldición, es sintiente… Algo le ha pasado en la cabeza. ¡Los rumores sobre la IC son ciertos! Un virus, un defecto en la programación… Y aunque no quiere decirlo, creo que es el maldito técnico de reparaciones el que le dio el empujoncito. Y lo increíble es que ese maldito trasto puede pensar. ¡Lo ha visto todo! ¡Estaba allí cuando la polilla atacó a Lublamai! ¡Lo…!

— ¡Corta! —gritó Lemuel—. ¿Te ha hablado?

— ¡No! Tuvo que escribir los mensajes en el fango; una lentitud exasperante. Para eso emplea el pincho para la basura. ¡Fue el constructo quien me dijo que David nos había traicionado! ¡Trató de sacarnos del almacén antes de que llegara la milicia!

— ¿Por qué?

La urgencia de Isaac remitió.

—No lo sé. No puede explicarlo No… no articula bien. — Lemuel miró por encima de la cabeza de Isaac. El constructo descansaba, inmóvil, bajo el resplandor intermitente y rojizo de la lámpara de aceite—. Pero escuchad… Creo que uno de los motivos para querernos libres es que nos enfrentamos a las polillas. No sé por qué, pero… pero se opone violentamente a ellas. Las quiere muertas. Y nos ofrece su ayuda…

Lemuel lanzó una risotada desagradable e incrédula.

— ¡Maravilloso! —se sorprendió con falsedad—. ¡Tienes una aspiradora de tu lado!

—No, maldito gilipollas —saltó Isaac—. ¿No lo entiendes? No está solo…

La última palabra resonó adelante y atrás en la mefítica madriguera de ladrillo. Lemuel e Isaac se quedaron mirándose. Yagharek se retiró un poco.

—No está solo —repitió Isaac en bajo. A su espalda, Derkhan asentía con mudo acuerdo—. Nos ha dado direcciones. Sabe leer y escribir. Así comprendió que David nos había vendido, así encontró las instrucciones de la milicia… pero no es un pensador sofisticado. Promete que, si vamos al Meandro Griss mañana por la noche, nos reuniremos con alguien que podrá explicárnoslo todo. Que podrá ayudarnos.

Esta vez, fue «ayudarnos» la palabra que llenó el silencio con su presencia reverberante. Lemuel negó lentamente con la cabeza, con expresión firme y cruel.

—Una mierda, Isaac —dijo muy bajo—. ¿«Ayudarnos»? ¿Nosotros? ¿Con quién coño te crees que estás hablando? Esto no tiene nada que ver conmigo. —Derkhan sonrió cínica y disgustada y se giró. Isaac, quedó boquiabierto, consternado. Lemuel lo interrumpió—. Mira, tío, yo me metí en esto por dinero. Soy un hombre de negocios. Pagas bien. Tienes mis servicios. Incluso te hice algún trabajo gratis con Vermishank. Lo hice por el señor X. Y me caes bien, Isaac. Has sido un tío legal, y por eso he vuelto aquí abajo. Pero ahora Vermishank está muerto y se te han acabado los créditos. No sé lo que tendrás planeado, pero me planto. ¿Por qué coño iba yo a tener que perseguir a esos bichos de mierda? Déjaselos a la milicia. Yo no tengo nada que hacer aquí. ¿Para qué iba a quedarme?

— ¿Dejárselo a quién…? —siseó Derkhan con desprecio, pero Isaac se impuso.

—Entonces —dijo lentamente—, ¿qué hacemos ahora? ¿Hmm? ¿Crees que puedes apartarte? Lem, viejo, serás lo que quieras, pero desde luego no eres idiota. ¿Crees que no te han visto? ¿Crees que no saben quién eres? Mierda santa, tío… te están buscando.

Lemuel lo perforó con la mirada.

—Gracias por tu preocupación, Isaac —dijo, el rostro retorcido—. ¿Sabes qué te digo? —su voz se endureció—. Que tú serás un pez fuera del agua, pero yo he pasado toda mi vida profesional evadiendo a la ley. No te preocupes por mí, tío. Me cuido de puta madre. —No parecía muy seguro.

No le estoy diciendo nada que no sepa, pensó Isaac, sacudiendo la cabeza despectivo. Pero no quiere pensar en ello en estos momentos.

—Mierda, tío, piénsatelo bien. Hay un universo de diferencia entre ser un intermediador y ser un criminal asesino de soldados. ¿Lo coges? Ellos no saben lo que tú sabes y lo que no…

Por desgracia para ti, viejo, estás implicado. Tienes que quedarte con nosotros. Tienes que resolver esto. Van detrás de ti, ¿no? Y, justo ahora, estás huyendo de ellos. Es mejor permanecer en el frente, aunque sea huyendo, que darte la puta vuelta y esperar a que te capturen.

Lemuel se quedó quieto, en silencio, perforando a Isaac con la mirada. No dijo nada, pero tampoco se marchó.

El científico dio un paso hacia él.

—Mira. Además… nosotros… yo… te necesito. —Tras él, Derkhan bufó malhumorada e Isaac le lanzó una mirada irritada—. Por el esputo divino, Lemuel… eres nuestra mejor oportunidad. Conoces a todo el mundo, tienes la mano metida en todos los fregados… —levantó las palmas indefenso—. No sé cómo salir de esta. Una de esas… cosas está detrás de mí, la milicia no puede ayudarnos, no saben cómo capturarlas, y además no sé si llevarás la cuenta, pero esos cabrones también nos persiguen… No se me ocurre qué hacer, aun suponiendo que nos carguemos a las polillas, para salir vivo de esta. —Sus propias palabras lo congelaron mientras las pronunciaba. Apartó a un lado tales pensamientos—. Pero si persevero, puede que encuentre un modo. Y lo mismo va para ti. Y sin ti, Derkhan y yo podemos darnos por muertos. —La mirada de Lemuel se endureció e Isaac sintió un escalofrío. Nunca olvides con quién estás tratando, pensó. No sois amigos. No lo olvides—. Ya sabes que mi pasta es buena. Ya lo sabes. Bueno, no voy a pretender que tengo una enorme cuenta bancaria, tengo algo, me quedan algunas guineas, pero son todas tuyas. Pero ayúdame, Lemuel, y yo seré tuyo. Trabajaré para ti. Seré tu hombre. Seré tu puta mascota. Haré cualquier trabajo que me pidas. Cualquier dinero que haga será tuyo. Te vendo mi puta vida, Lemuel, pero ayúdanos ahora.

No se producía más sonido que el del lento goteo del excremento. Tras Isaac, Derkhan aguardaba. Su rostro era un estudio de desprecio y disgusto. No lo necesitamos, decía. Pero, no obstante, aguardó la respuesta. Yagharek se encontraba algo más alejado, oyendo la prédica de forma desapasionada. Estaba atado a Isaac. No podía ir a ningún sitio, hacer nada sin él.

Lemuel lanzó un suspiro.

—Voy a llevar la cuenta, ¿me oyes? Y estamos hablando de deudas serias, ¿sabes? ¿Tienes idea de cuál es la tarifa diaria para esta clase de cosas? ¿Lo que cuesta el peligro?

—No importa —replicó Isaac con brusquedad. Ocultó su alivio—. Limítate a mantenerme informado de lo que se va acumulando. Te lo pagaré. —Lemuel asintió. Derkhan espiró lenta, silenciosamente.