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Miraron a Isaac. Estaba sentado en la cama, sosteniendo un par de alas de insecto y una hoja de papel. Alzó la vista hacia ellos y su murmullo remitió. Estaba llorando sin sonidos articulados. Abrió la boca y Derkhan se acercó a él, le tomó las manos. El sollozaba y escondía los ojos, retorcida su expresión por la rabia. Sin más palabras, Derkhan cogió la carta y la leyó.

Su boca vibraba por el puro horror. Emitió un pequeño gemido mudo por su amiga y le pasó la nota a Yagharek, temblando, pugnando por controlarse.

El garuda la revisó con cuidado. Su reacción fue invisible. Se volvió hacia Lemuel, que examinaba el cadáver de Lucky Gazid.

—Este lleva muerto un tiempo —dijo, aceptando la carta.

Sus ojos se abrieron al terminarla.

— ¿Motley? —suspiró—. ¿Lin ha estado tratando con Motley?

— ¿Quién es? —gritó Isaac—. ¿Dónde está ese puto montón de mierda?

Lemuel miró a Isaac con la expresión mudada por el espanto. La compasión brillaba en sus ojos al ver la mueca llorosa y enrojecida de Isaac.

—Oh, Jabber… El señor Motley es el centro, Isaac —dijo simplemente—. Es el jefe. Dirige el este de la ciudad. Lo dirige. Es el jefe del crimen.

— Voy a matar a ese hijo de puta cabrón, lo voy a matar, lo voy a matar…

Lemuel lo observó inquieto. No, Isaac, pensó. No vas a poder.

—Lin… no me decía para quién trabajaba —dijo Isaac, calmando su voz poco a poco.

—No me sorprende —dijo Lemuel—. La mayoría de la gente no ha oído hablar de él. Rumores, puede… nada más.

Isaac se incorporó de repente. Se pasó la manga por la cara para limpiarse la nariz.

—Muy bien, tenemos que rescatarla. Tenemos que encontrarla. Pensemos. Pensemos. Este… Motle y cree que le he estado jodiendo, lo que no es cierto. ¿Cómo puedo hacer que se eche atrás…?

—Isaac, Isaac… —Lemuel estaba congelado. Tragó saliva y miró hacia otro lado, antes de acercarse a él. Le sujetó las manos, suplicando que se calmara. Derkhan lo contempló, también con una lástima dura y brusca, pero igualmente indudable. Lemuel negaba con la cabeza. Su mirada era férrea, pero sus labios pugnaban por buscar las palabras—. Isaac, he tratado con Motle y… Nunca lo he visto, pero lo conozco. Conozco su trabajo. Sé cómo tratar con él, sé lo que esperar. Ya he visto esto antes, exactamente igual… Isaac… —tragó saliva y prosiguió—. Lin está muerta.

—No, no es verdad —gritó Isaac, cerrando los puños y agitándolos alrededor de su cabeza.

Pero Lemuel le aferró las muñecas sin dureza, sin lucha, pero con intensidad, haciéndole escuchar y comprender. Isaac se detuvo unos instantes con expresión cautelosa e iracunda.

—Está muerta. Lo siento, compañero. De verdad. Lo siento, pero no hay nada que hacer. —Se retiró mientras Isaac, conmocionado, sacudía la cabeza. Abrió la boca, como si intentara llorar. Lemuel negaba lentamente con la cabeza. Apartó la mirada de Isaac y habló con voz lenta y queda, como si lo hiciera para sí mismo.

— ¿Por qué conservarla con vida? —dijo—. No… no tiene sentido. Ella es… una complicación añadida, nada más. Es… es más fácil disponer de las cosas. Ha hecho lo que tenía que hacer —dijo de repente más fuerte, levantando la mano para gesticular—. Quiere que vayas a él. Quiere venganza, y que hagas lo que él desea. Solo pretende que vayas allí… sin importar cómo. Y si la mantiene con vida, hay una ligera posibilidad de que le dé problemas. Pero si… si te la muestra como cebo, irás a por ella sin importar las consecuencias. No importa que esté viva o que no lo esté. —Estaba apesadumbrado—. No hay motivo alguno para no haberla matado. Está muerta, Isaac… Está muerta. La mirada del científico comenzaba a vidriarse; Lemuel habló con rapidez—. Y voy a decirte una cosa: el mejor modo de cobrarte venganza es mantener a esas polillas lejos de manos de Motley. Ya sabes que no las va a matar. Las mantendrá con vida para sacarles más mierda onírica.

Isaac comenzó a recorrer con furia la habitación, gritando y negando los hechos, ora rabioso, ora desdichado, ora furibundo, ora incrédulo. Se acercó a Lemuel y comenzó a suplicarle incoherente, tratando de convencerlo de que se equivocaba. El hampón no podía soportar aquellas súplicas. Cerró los ojos y habló por encima del balbuceo desesperado.

— Si vas a por él, Lin seguirá muerta… y tú también.

Los sonidos de Isaac se secaron. Se produjo un largo momento de silencio, mientras Isaac esperaba tembloroso. Miró el cadáver de Lucky Gazid; a Yagharek en silencio, oculto bajo su capucha en una esquina de la habitación; a Derkhan cerca de él, sus propios ojos llorosos; a Lemuel observándolo nervioso. Lloró desconsolado.

Isaac y Derkhan estaban sentados abrazándose, gimoteando y sorbiendo.

Lemuel se encontraba junto al cadáver maloliente de Gazid. Se arrodilló ante él, tapándose la boca y la nariz con la mano izquierda. Con la derecha rompió el sello de sangre coagulada que cerraba la chaqueta del muerto y tanteó dentro de los bolsillos. Buscaba dinero e información, pero no encontró ninguno de los dos.

Se incorporó e indagó por la estancia. Pensaba de forma estratégica, buscando cualquier cosa que fuera útil, cualquier arma, algo con lo que negociar, algo que usar de algún modo.

No había nada de nada. El cuarto de Lin estaba prácticamente desnudo.

Le dolía la cabeza por el peso de los sueños perturbados. Podía sentir la masa de la tortura onírica de Nueva Crobuzon. Sus propios sueños gañían y criaban bajo su cráneo, dispuestos a atacarlo en caso de sucumbir al sueño.

Estiró el tiempo todo cuanto pudo, pero a medida que la noche avanzaba sus nervios iban en aumento. Se volvió hacia el par de desgraciados de la cama y le hizo un rápido gesto a Yagharek.

—Tenemos que irnos.

37

A lo largo del día siguiente, la ciudad se convirtió en un caliginoso generador de calor y pesadillas.

Los rumores sacudían los bajos fondos. Ma Francine había sido hallada muerta, decían. Le había disparado por la noche, tres veces, con un arco. Algún asesino independiente se había ganado mil guineas del señor Motley.

No llegaban noticias desde el cuartel general en Kinken de la Banda del Azúcar. Sin duda, había comenzado la guerra interna por la sucesión.

Se encontraban cada vez más cuerpos comatosos, imbéciles. La sensación de lento pánico cobraba velocidad de forma perceptible. Las pesadillas no cesaban, y algunos de los periódicos las relacionaban con los ciudadanos sin mente hallados todos los días, derrumbados sobre sus mesas frente a ventanas rotas, o tirados en la calle, atacados entre los edificios por aflicciones llovidas del cielo. El débil olor del limón podrido se aferraba a sus rostros.

Aquella plaga no discriminaba. Afectaba a completos y a rehechos. Se encontraron humanos, khepri, vodyanoi y dracos. Incluso los garuda de la ciudad comenzaban a caer, así como otras criaturas aún más extrañas.

En el montículo de San Jabber, el sol se alzó sobre un trog caído, sus pálidos miembros pesados y sin vida, aunque siguiera respirando; estaba tendido boca abajo junto a un trozo de carne robada. Debía de haberse aventurado a medianoche desde las alcantarillas para conseguir comida, solo para ser abatido.

En el Gidd Este, una escena aún más extraña aguardaba a la milicia. Había dos cuerpos medio escondidos entre los arbustos que rodeaban la biblioteca. El primero era el de una joven callejera, desangrada hasta morir por las heridas de dientes en el cuello. Sobre ella se encontraba el cuerpo enjuto de un residente bien conocido de la zona, propietario de una pequeña y pujante fábrica textil. Su boca y su mentón estaban cubiertos por la sangre de la chica. Sus ojos sin vida miraban al sol. No estaba muerto, pero su mente había desaparecido.