Algunos extendieron la noticia de que Andrew St. Kader no era lo que parecía; otros muchos, la asombrosa verdad de que aun los vampiros eran presa de los ladrones de mentes. La ciudad se encogió. ¿Eran todopoderosos aquellos agentes, aquellos gérmenes o espíritus, aquella enfermedad, aquellos demonios? ¿Era posible derrotarlos?
Había confusión y miedo. Algunos ciudadanos enviaron cartas a los pueblos de sus padres, haciendo planes para dejar Nueva Crobuzon y marchar a las colinas y valles al sur y al este. Pero, para muchos millones, no había sitio donde huir.
Durante el tedioso calor diurno, Isaac y Derkhan se refugiaron en la pequeña cabaña.
Cuando llegaron, vieron que el constructo ya no se encontraba donde lo habían dejado. No había señal de él por ninguna parte.
Lemuel se marchó a ver si conseguía contactar con sus camaradas. No le gustaba la idea de aventurarse estando en guerra con la milicia, pero menos aún el sentirse aislado. Además, pensó Isaac, a Lemuel no le agradaba presenciar su desdicha y la de Derkhan.
Yagharek, para sorpresa del científico, también se había marchado.
Derkhan recordaba. Se castigaba por llorar sin parar, por empeorar sus sentimientos, pero no era capaz de detenerse. Le habló a Isaac de sus conversaciones de madrugada con Lin, de sus discusiones sobre la naturaleza del arte.
Él era más reservado. Jugaba sin pensar con los trozos de su motor de crisis. No detenía la cháchara de Derkhan, sino que en ocasiones injertaba algún recuerdo propio. Su mirada estaba perdida. Se recostó apático contra la pared de madera.
Antes que Lin, la amante de Isaac había sido Bellis; humana, como todas sus anteriores compañeras de lecho. Bellis era alta y pálida, y se pintaba los labios de púrpura. Era una brillante lingüista que se había cansado de lo que bautizó como la «bulliciosidad» de Isaac y le rompió el corazón.
Entre Bellis y Lin había habido cuatro años de putas y aventuras breves. Había acabado con todo ello un año antes de conocer a Lin. Una noche fue a Mama Sudd y tuvo que soportar una horrenda conversación con la joven prostituta a la que había contratado. Había hecho un comentario casual alabando a la amigable y maternal madame, que trataba bien a las chicas, y se sintió perturbado al ver que sus opiniones no eran compartidas. Al final la cansada prostituta había saltado, olvidando que se trataba de un cliente, y le había dicho lo que pensaba de la mujer que alquilaba sus orificios y que le dejaba quedarse tres estíveres de cada shekel que ganaba.
Aturdido y avergonzado, Isaac se había marchado sin quitarse siquiera los zapatos. Le pagó doble.
Después de aquello mantuvo la castidad durante largo tiempo y se sumergió en el trabajo. Un día, un amigo le pidió que lo acompañara a la exposición de una joven artista glandular khepri. En una pequeña galería, una sala cavernosa en el lado más peligroso de Sobek Croix, con vistas a los ajados setos y oteros en las lindes del parque, conoció a Lin.
Había encontrado sus esculturas cautivadoras y se había acercado a ella para decírselo. Soportó una lentísima conversación (ella escribía sus respuestas en la libreta que siempre portaba), pero aquel ritmo frustrante no socavó la repentina intimidad y emoción compartidas. Se alejaron del resto de la pequeña fiesta y examinaron las piezas una a una, sus retorcidas formas, su torturada geometría.
Después de aquel día se vieron a menudo. Isaac aprendía de forma subrepticia algunos signos entre un encuentro y otro, de modo que sus conversaciones se hacían más fáciles con cada semana que pasaba. Una noche, durante la presumida y laboriosa gesticulación de un chiste verde, Isaac, muy borracho, la había tocado con torpeza, y habían terminado en la cama.
El asunto había sido desmañado y difícil. No podían besarse como primer paso: las piezas bucales de Lin le arrancarían la boca de la cara. Durante un momento después de eyacular, Isaac fue vencido por la repulsión y casi había vomitado al ver aquellas patas enraizadas de la cabeza, las antenas agitándose. Lin se sintió insegura de su cuerpo y se envaró repentina, imprevisiblemente. Cuando despertó, Isaac se sintió temeroso y horrorizado, aunque más por el haber transgredido que por la propia transgresión.
Y, durante el tímido desayuno, comprendió que aquello era lo que quería.
El sexo híbrido casual no era extraño, por supuesto, pero él no era un joven ebrio que frecuentaba un burdel xeniano en un repente.
Se estaba enamorando.
Y ahora, después de que desaparecieran la culpa y la incertidumbre, tras acabar con el disgusto y el miedo atávico, dejando solo un nervioso y profundo afecto, le habían arrebatado a su amante. No regresaría nunca.
A veces pensaba (no podía evitarlo) en Lin temblando mientras Motley, ese incierto personaje descrito por Lemuel, le arrancaba las alas de la cabeza.
No podía evitar gemir ante la escena, y Derkhan trataba de consolarlo. Lloraba a menudo, a veces en silencio, a veces con furia. Gañía apesadumbrado.
Por favor, rezaba a los dioses humanos y khepri, Solenton y Jabbery… y la Enfermera y la Artista… Dejad que haya muerto sin dolor.
Pero sabía que probablemente habría sido apaleada o torturada antes de que la despacharan, y aquello lo enloquecía de pena.
El verano estiraba la luz como si estuviera en un potro de tortura. Cada momento era alongado hasta que su anatomía se colapsaba. El tiempo se quebrantaba. El día progresaba en una infinita secuencia de instantes muertos. Los pájaros y los dracos se aferraban al cielo como partículas de suciedad en el agua. Las campanas de las iglesias tañían intermitentes y poco sinceras plegarias a Palgolak y Solenton. Los ríos fluían hacia el este.
Isaac y Derkhan alzaron la mirada cuando Yagharek regresó a últimas horas de la tarde; su capa con capucha desteñía bajo la luz abrasadora. No dijo dónde había estado, pero trajo comida que los tres compartieron. Isaac se recompuso. Aplacó la angustia y endureció su expresión.
Tras interminables horas de monótona luz, las sombras cubrieron el rostro de las montañas. Las fachadas occidentales de los edificios se tiñeron de un rosa resbaladizo antes de que el sol se ocultara tras las cumbres. Las lanzas de despedida de la luz se perdieron en la roca del Paso del Penitente. El cielo quedó iluminado durante largo rato después de morir el sol. Aún estaba oscureciendo cuando volvió Lemuel.
—He comunicado nuestra situación a algunos colegas — explicó—. Pensé que sería un error hacer planes fijos hasta que veamos qué nos encontramos esta noche en nuestra reunión en el Meandro Griss, pero puedo conseguir algo de ayuda aquí y allá. Estoy usando algunos favores. Al parecer, hay algunos aventureros en la ciudad que aseguran haber liberado a los trogs de las ruinas de Tashek Rek Hai. Podrían aceptar trabajar para nosotros por algo de pasta.
Derkhan alzó la mirada, la expresión torcida por el desagrado. Se encogió infeliz de hombros.
—Sé que son de las gentes más duras de Bas-Lag —dijo lentamente. Tardó unos instantes en devolver su mente al asunto—. Pero no confío en ellos. Buscadores de emociones. Cortejan el peligro, y por lo general no son más que profanadores de tumbas sin escrúpulos. Cualquier cosa por algo de oro y experiencias. Y sospecho que, si les dijéramos lo que intentamos, se resistirían a participar. No sabemos cómo combatir a esas polillas.
—Vale, Blueday —dijo Lemuel—. Pero yo ya te digo que aceptaré lo que sea. ¿Sabes a qué me refiero? Veamos lo que pasa esta noche. Después podremos decidir si contratar o no a esos delincuentes. ¿Qué dices, Isaac?