Isaac alzó lentamente la vista y enfocó la mirada. Se encogió de hombros.
—Son escoria —dijo—. Pero si hacen el trabajo…
Lemuel asintió.
— ¿Cuándo salimos?
Derkhan consultó el reloj.
—Son las nueve. Falta una hora. Deberíamos dejar media hora para llegar allí, por si las moscas. —Se giró y miró por la ventana el cielo sombrío.
Las cápsulas de la milicia volaban a toda prisa con un zumbido de los raíles. Unidades especiales se estacionaban por toda la ciudad, portando extrañas mochilas llenas de equipo voluminoso, raro, oculto bajo el cuero. Cerraban las puertas a sus descontentos colegas en las torres y aguardaban en cámaras ocultas.
En los cielos había más dirigibles de lo habitual. Se llamaban los unos a los otros a bocinazos, atronando saludos vibratorios.
Transportaban cargamentos de oficiales que comprobaban sus enormes armas y sus espejos.
Apartada de Strack, hacia la confluencia de los dos ríos, había una diminuta isla solitaria. Algunos la llamaban Pequeña Strack, aunque en realidad carecía de nombre. Era un terruño de maleza, tocones de madera y viejos cabos empleado de vez en cuando en caso de emergencia. No disponía de iluminación. Estaba aislada de la ciudad. No había túneles secretos que condujeran al Parlamento, ni botes anclados a los troncos descompuestos.
Aun a pesar de todo, aquella noche su silencio fue interrumpido.
Montjohn Rescue se encontraba en el centro de un pequeño grupo de figuras calladas. Estaban rodeados por las formas arrancadas de las vainillas y otras plantas. Detrás de Rescue, la enormidad de ébano del Parlamento horadaba el firmamento. Sus venas resplandecían. El murmullo silbante del agua acallaba los sonidos de la noche.
El ministro se estiró, vestido con su habitual traje inmaculado. Miró a su alrededor. La congregación era variada. Aparte de él había seis humanos, una khepri y un vodyanoi. También los acompañaba un enorme y bien alimentado perro. Los humanos y xenianos parecían acomodados, salvo un pandillero rehecho y un andrajoso niño pequeño. Había una anciana enjoyada y una hermosa joven. Un musculoso barbón y un enjuto funcionario con gafas.
Todas las figuras, humanas o no, estaban sobrenaturalmente quietas. Todas vestían al menos una prenda voluminosa para ocultarse. El taparrabos del vodyanoi tenía el doble del tamaño habitual, e incluso el perro llevaba una absurda faja.
Todos los ojos estaban inmóviles, clavados en Rescue, que lentamente se desenrolló la bufanda.
Cuando la última capa de algodón cayó de su cuerpo, una forma oscura se agitó debajo.
Algo se enroscó con fuerza alrededor de su carne.
Aferrada a su cuello estaba lo que parecía una mano derecha humana. La piel era de un púrpura lívido. En la muñeca, la carne de aquella cosa se transformaba rápidamente en una cola serpentina de treinta centímetros. El tentáculo estaba enroscado alrededor del cuello, con la punta embebida bajo la piel, palpitando húmeda.
Los dedos de la mano se movieron ligeramente, escarbando en la carne.
Tras un momento, el resto de las figuras se desembarazó de sus coberturas. La khepri se desabotonó los pantalones amplios, la anciana su blusa pasada de moda. Todos se quitaron alguna prenda para revelar una mano enroscando su cola de serpiente bajo la piel, los dedos moviéndose suavemente sobre los nervios, como sobre las teclas de un piano. Allí se aferraba al interior del muslo, allá a la cadera, allá al escroto. Incluso el perro bregó con su faja hasta que el niño lo ayudó, desabotonando aquella prenda absurda para revelar otro tumor similar adosado a la carne peluda.
Había cinco manos derechas y cinco izquierdas, sus colas enroscándose y desenroscándose, su piel moteada, gruesa.
Humanos, xenianos y animales se acercaron, formando un círculo cerrado.
A una señal de Rescue, las gruesas colas emergieron de la carne de sus anfitriones con un sonido viscoso. Cada uno de ellos se sacudió y vaciló, la boca abierta en un espasmo, los ojos parpadeando neuróticos en la cabeza. Las heridas de entrada comenzaron a rezumar una espesa resina. Las colas ensangrentadas se agitaron ciegas en el aire por un instante, como enormes gusanos. Se estiraban y temblaban mientras se tocaban entre ellas.
Los cuerpos anfitriones se doblaban hacia sus compañeros, como si susurraran una extraña bienvenida. Estaban totalmente quietos.
Los manecros comulgaron.
Los manecros eran un símbolo de perfidia y corrupción, un borrón de la Historia. Complejos y discretos. Poderosos. Parásitos.
Daban lugar a rumores y leyendas. La gente decía que eran el espíritu de muertos despreciables. Que eran un castigo para el pecado. Que si un asesino se suicidaba, sus manos culpables se retorcían y agitaban hasta separarse de la piel putrefacta, y así nacía el manecro.
Había muchos mitos y algunas cosas que se sabían ciertas. Vivían mediante la infección, tomando la mente de sus anfitriones, controlando sus cuerpos e imbuyéndolos de extraños poderes. El proceso era irreversible. Los manecros solo podían vivir la vida de otros.
Se mantenían ocultos a lo largo de los siglos como una raza secreta, una conspiración viviente, un sueño inquietante. En ocasiones, los rumores señalaban que alguien aborrecido y bien conocido caía ante la amenaza de los manecros, con historias sobre extrañas formas retorciéndose bajo las chaquetas, o cambios inexplicables en el comportamiento. Pero, a pesar de los cuentos, las advertencias y los juegos de los niños, nunca se había encontrado a uno.
Muchos en Nueva Crobuzon creían que, si alguna vez habían existido en la ciudad, habían desaparecido.
A la sombra de sus inmóviles anfitriones, las colas de los manecros se deslizaban las unas sobre las otras, sus pieles lubricadas por la sangre espesa. Se arrastraban como una orgía de formas de vida menores.
Compartieron información. Rescue les dijo lo que sabía y dio órdenes. Repitió a los suyos lo que Rudgutter había dicho. Explicó de nuevo que el futuro de su raza también dependía de la captura de las polillas. Les contó cómo Rudgutter le había expuesto con delicadeza que las buenas relaciones entre el gobierno y los manecros de Nueva Crobuzon estaban atadas a su voluntad para contribuir en aquella guerra secreta.
Los manecros departían en su rezumante lenguaje táctil, debatiendo hasta llegar a conclusiones.
Tras dos, tres minutos, se retiraron con pesadumbre y se enterraron de nuevo en las heridas abiertas en sus anfitriones. Cada cuerpo se sacudió al reinsertarse la cola. Los ojos parpadearon, las bocas se cerraron de golpe. Los pantalones y bufandas volvieron a su lugar.
Como habían dispuesto, se separaron en cinco parejas, cada una formada por un manecro derecho, como el de Rescue, y uno izquierdo. El propio Montjohn fue emparejado con el perro.
Dio unos pasos sobre los matorrales y cogió una gran bolsa. De ella sacó cinco cascos con espejos, cinco antifaces ciegos, varios juegos de correas de cuero y nueve pistolas de pedernal preparadas. Dos de los cascos eran de factura especial, uno para el vodyanoi y otro alargado para el can.
Cada manecro izquierdo dobló a su anfitrión para recuperar su casco, mientras los derechos tomaban los gruesos antifaces. Rescue ajustó el yelmo a su compañero canino y lo apretó con fuerza, antes de cubrirse con el antifaz de modo que fuera incapaz de ver nada.
Cada una de las parejas se alejó. Los derechos se aferraban a sus compañeros. El vodyanoi se ayudaba de la joven; la anciana del burócrata; el rehecho de la khepri; el niño de la calle se sujetaba protector al hombre musculoso; y Rescue se apoyaba en un perro al que ya no podía ver.
— ¿Están claras las instrucciones? —dijo en alto, demasiado alejados ya para hablar la lengua táctil de los manecros—. Recordad el entrenamiento. Sin duda, va a ser una noche difícil y extraña. Nunca antes se ha intentado. Izquierdos, guiad. Esa es vuestra responsabilidad. Abríos a vuestro compañero y no os cerréis en toda la noche. Cuidad la cólera de batalla. Comunicaos también con los demás izquierdos. A la menor señal del objetivo, lanzad la alarma mental a todos los izquierdos. Nos reuniremos al instante. Derechos, obedeced sin pensar. Nuestros anfitriones deben estar siempre cegados. No miréis las alas por nada del mundo. Con los cascos de espejo podríamos ver, pero no lanzar el esputo. Por tanto, miramos siempre hacia delante. Esta noche llevamos a los izquierdos como nuestros anfitriones nos llevan a nosotros, sin pensar, sin miedo, sin preguntas. ¿Entendido? —se produjeron sonidos mudos de aquiescencia. Rescue asintió—. Entonces, uníos.