Los izquierdos de cada pareja tomaron las correas relevantes y se ataron fuertemente a su derecho. Cada anfitrión izquierdo ajustaba las correas entre las piernas, la cadera y los hombros, envolviendo a su derecho, espalda contra espalda. Mirando por los espejos de sus cascos veían hacia atrás, por encima de los hombros de los derechos, al frente de estos.
Rescue esperó mientras un izquierdo invisible ataba al perro incómodamente a su espalda. Las patas del animal estaban extendidas de forma absurda, pero el parásito manecro del can ignoró el dolor de su anfitrión. Movía la cabeza de forma experta, comprobando que podía ver por encima de los hombros de Rescue. Lanzó un incontrolado ladrido.
—Recordad todos el código de Rudgutter —gritó Rescue—: En caso de emergencia, avisad. Después, atacad.
Los derechos flexionaron órganos ocultos en la base de sus vividos pulgares humanoides y se produjo una rápida bocanada de aire. Las cinco desgarbadas parejas de anfitrión y manecro volaron hacia arriba, alejándose de las demás a gran velocidad y desapareciendo hacia el Prado del Señor, la Colina Mog, Siriac, el Tábano y Sheck, engullidas por el impuro y mancillado aire de la noche. Los ciegos portaban a los aterrados.
38
El viaje desde la cabaña junto a las vías hasta los vertederos del Meandro Griss fue corto, furtivo. Isaac, Derkhan, Lemuel y Yagharek vagaban al parecer al azar a través de un mapa paralelo de la ciudad, abriéndose paso por callejuelas recónditas. Se encogieron inquietos al sentir las asfixiantes pesadillas descender sobre la ciudad.
A las diez menos cuarto estaban en el exterior del vertedero número dos.
Los basureros del Meandro Griss se encontraban salpicados de restos de fábricas desiertas. Aquí y allá había alguna todavía en funcionamiento, a la mitad o a un cuarto de su capacidad, escupiendo humos nocivos de día y sucumbiendo lentamente a la podredumbre ambiental por la noche. Las factorías quedaban asediadas por los montones de basura.
El vertedero dos estaba rodeado por un alambre de espinos poco convincente, raído por el óxido, roto y desgarrado. Se encontraba en el mismo meandro, rodeado en tres de sus lados por el sinuoso Alquitrán. Tenía el tamaño de un pequeño parque, aunque infinitamente más salvaje. No era un paisaje urbano creado por el designio o el azar, sino una aglutinación de restos abandonados que se habían desmoronado y asentado hasta crear caprichosas formaciones de óxido, basura, metal, escombro y ropa raída, fragmentos de espejo y porcelana, arcos de ruedas partidas, la energía residual de motores y máquinas medio rotas.
Los cuatro renegados atravesaron la valla con facilidad. Precavidos, recorrieron las sendas talladas por los basureros. Los carros habían horadado caminos en la delgada capa que formaba el firme del vertedero. Las raíces proporcionaban su tenacidad, extendiéndose en busca de cualquier nutriente, por vil que fuera.
Como exploradores en tierras antiguas, se abrían paso empequeñecidos por las enormes esculturas de hez y entropía que los rodeaban como las paredes de un cañón.
Las ratas y otras sabandijas emitían pequeños sonidos.
Isaac y los demás avanzaban lentamente en la noche tórrida, en el aire hediondo de despojos industriales.
— ¿Qué estamos buscando? —preguntó Derkhan.
—No lo sé —respondió Isaac—. Ese condenado constructo dijo que encontraríamos el camino. Enigmas de mierda.
Alguna gaviota perezosa agitó el aire sobre ellos. Todos se sobresaltaron con el sonido. El cielo no era un lugar seguro, después de todo.
Se vieron arrastrados por sus pies, por una marea, un lento movimiento sin dirección consciente que los empujaba inexorable en una misma dirección. Se abrieron paso hacia el corazón del laberinto de basura.
Doblaron una esquina de aquel paisaje ruinoso y se encontraron con un vaciado. Era como un claro en los bosques, un espacio de unos quince metros de diámetro. Alrededor de los bordes había enormes montañas de maquinaria estropeada, restos de toda suerte de motores, gigantescas piezas que parecían imprentas funcionales, así como minúsculos engranajes de ingeniería de precisión.
Los cuatro compañeros se encontraban en el mismo centro de aquel espacio. Esperaron, inquietos.
Justo detrás del borde noroeste de la montaña de desperdicios se alzaban enormes grúas de vapor, apostadas como grandes lagartos de los pantanos. El río aguardaba espeso al otro lado, fuera de la vista.
Durante un instante no hubo movimiento alguno.
— ¿Qué hora es? —susurró Isaac. Lemuel y Derkhan consultaron sus relojes.
—Casi las once —dijo el primero.
Alzaron de nuevo la mirada, pero nada se movía.
Sobre ellos, una luna gibosa serpenteaba entre las nubes. Eran la única luz en el vertedero, una pálida luminiscencia unidora que sangraba las profundidades del mundo.
Isaac miró hacia abajo y estuvo a punto de hablar, cuando, de repente, un sonido llegó desde una de las innumerables trincheras que se abrían paso a través de los enormes arrecifes de basura. Se trataba de un sonido industrial, un zumbido metálico, como el de un enorme insecto. Las cuatro figuras observaron el final del túnel con una creciente y confusa sensación de peligro.
Un gran constructo apareció en el espacio vacío. Era un modelo diseñado para realizar labores pesadas. Se desplazaba estruendoso sobre tres patas, apartando a patadas piedras y trozos de metal de su camino. Lemuel, que se encontraba casi frente a él, se alejó precavido, pero el constructo no le prestó atención alguna. Siguió andando hasta que llegó cerca del extremo del vacío espacio oval. Entonces se detuvo y observó la pared norte, exánime.
Mientras Lemuel se giraba hacia Isaac y Derkhan, se produjo otro ruido. El hampón se volvió rápidamente para ver a un constructo mucho menor, esta vez un modelo de limpieza animado por un mecanismo khepri. Se desplazaba sobre sus pequeñas y diminutas patas y se situó a cierta distancia de su enorme hermano.
Ahora, los sonidos de constructos llegaban desde todas partes, entre los cañones de inmundicia.
—Mirad—siseó Derkhan, señalando al este. Desde una de las pequeñas cavernas de basura emergían dos humanos. Al principio Isaac pensó que debían estar equivocados, que eran constructos ligeros, pero no había duda de que eran de carne y hueso. Se acercaron sobre el detritus compactado que cubría el suelo.
No prestaron atención alguna a los renegados que aguardaban.
Isaac frunció el ceño.
—Ey —dijo, con el volumen suficiente para que lo oyeran. Uno de los dos hombres que había entrado en el claro lo perforó con una mirada furibunda y sacudió la cabeza, antes de apartar la mirada. Castigado y sorprendido, Isaac guardó silencio.
Más y más constructos llegaban al espacio abierto. Pesados modelos militares, diminutos asistentes médicos, perforadoras automáticas y electrodomésticos, de cromo y de acero, de hierro y de cobre y de bronce y de cristal y de madera, de vapor, elíctricos y mecánicos, movidos por taumaturgia o por un motor de aceite.