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Aquí y allá, entre ellos, aparecían cada vez más humanos (incluso un vodyanoi, pensó Isaac), aunque se perdió en la oscuridad de las sombras en movimiento. Estos se congregaban en un grupo cerrado, en un lateral de lo que casi era ya un anfiteatro.

Isaac, Derkhan, Lemuel y Yagharek eran completamente ignorados. Se movían juntos por instinto, inquietos ante aquel grotesco silencio. Sus intentos por comunicarse con las otras criaturas orgánicas eran respondidos con desprecio, con silencio o con irritados acallamientos.

Durante diez minutos, constructos y humanos gotearon sin cesar hacia el hueco corazón del vertedero dos. Entonces el flujo se detuvo, casi de repente, y se hizo el silencio.

— ¿Creéis que son inteligentes? —susurró Lemuel.

—Eso creo —respondió Isaac en bajo—. Estoy seguro de que pronto lo sabremos.

Al otro lado, las barcazas en el río hacían sonar sus bocinas para marcar su posición a las demás. Invisible, el terrible peso de las pesadillas se aposentó de nuevo sobre Nueva Crobuzon y aplastó las mentes de los ciudadanos dormidos bajo una masa de presagios y símbolos alienígenas.

Isaac podía sentir los horrendos sueños oprimiéndolo, presionando su cráneo. Fue consciente de ellos en un estallido, esperando en el silencio del vertedero.

Había unos treinta constructos y quizá sesenta humanos. Cada una de las criaturas en aquel espacio, excepto Isaac y sus compañeros, aguardaba en calma sobrenatural. El científico sentía esa quietud extraordinaria, la espera intemporal, como una especie de frío.

Tembló ante la paciencia colectiva de aquella tierra de derrubio.

El suelo tembló.

Al instante, los humanos en la esquina del claro cayeron de rodillas, ignorando los restos puntiagudos a sus pies. Rendían obediencia murmurando complejos cánticos al unísono, trazando sagrados movimientos de manos, como ruedas interconectadas.

Los constructos se movieron ligeramente para ajustar su posición, pero permanecieron en pie.

Isaac y sus compañeros se acercaron un poco más los unos a los otros.

— ¿Qué hostias es eso? —susurró Lemuel.

Se produjo otro temblor subterráneo, una sacudida, como si la tierra quisiera deshacerse de la basura que se amontonaba sobre ella. En la pared norte de desechos, dos enormes luces se encendieron en terrible silencio. La concurrencia quedó clavada por la fría luz, que se proyectaba en focos tan concentrados que nada se derramaba por sus bordes. Los humanos murmuraron y trazaron sus símbolos con aún más fervor.

Isaac quedó boquiabierto.

—Que el dulce Jabber nos proteja —susurró.

La muralla de desperdicios se estaba moviendo. Se incorporaba.

Los muelles de colchón, las viejas ventanas, las abrazaderas y las máquinas de vapor de las viejas locomotoras, las bombas de aire y los ventiladores, las poleas y correas y telares rotos caían como una ilusión óptica en una configuración alternativa. Isaac lo había visto desde que llegaran, pero solo ahora que lenta, atronadora, imposiblemente se movía, lo aprehendió. Aquello era el brazo superior, ese montón de desperdicios; aquel coche infantil roto y la enorme rueda de carro invertida eran pies; el triángulo de cerchas era el hueso de una cadera; el enorme bidón químico un muslo, y el cilindro cerámico una pantorrilla…

La basura era un cuerpo, un vasto esqueleto de desechos industriales de más de ocho metros de altura, de la cabeza a los pies.

Estaba sentado, la espalda permeable apoyada contra los montones de escombro. Alzó del suelo unas rodillas nudosas, formadas por enormes pernos arrancados por la edad del brazo de un vasto mecanismo. Mantenía los pies sobre el suelo, cada uno adosado a una desmañada industria de piernas compuestas por vigas.

¡No puede levantarse!, pensó Isaac, mareado. Miró a un lado y vio a Lemuel y a Derkhan boquiabiertos, los ojos de Yagharek brillando por el asombro bajo su capucha. ¡No es lo bastante sólido y no puede incorporarse, solo aguardar entre los desperdicios!

El cuerpo de la criatura era una abigarrada mezcolanza soldada de circuitos e ingeniería coagulada. En su enorme tronco había embebida toda clase de motores; desde sus válvulas y conductos, el torso y los miembros vomitaban una masiva cabuyería de alambres, tubos de metal y goma que serpenteaban en todas las direcciones de aquel yermo. La criatura alzó un brazo animado por un gigantesco pistón a vapor. Aquellas luces, aquellos ojos, giraban desde lo alto y observaban a los humanos y constructos reunidos. Los focos eran bombillas de farola, lámparas alimentadas por enormes cilindros de gas visibles en el cráneo de la máquina. En la parte inferior del rostro estaba adosada la parrilla de una gigantesca ventilación, imitando los dientes descarnados de una calavera.

Era un constructo, un enorme autómata formado por piezas desechadas y motores robados, unidos y movidos sin la intervención del ingenio humano.

Se produjo un zumbido cuando los poderosos motores del cuello de la criatura giraron y las lentes ópticas barrieron a la multitud. Los muelles y el metal tensado crujieron.

Los adoradores humanos empezaron a cantar en bajo.

El enorme conglomerado parecía advertir a Isaac y sus compañeros. Estiró su cuello constreñido tanto como pudo y los focos se desplazaron hasta clavarse en ellos.

La luz no se movió. Era totalmente cegadora.

Entonces, de repente, se apagó. Desde algún lugar cercano llegó una voz delgada, trémula.

—Bienvenidos a nuestro encuentro, der Grimnebulin, Pigeon, Blueday y visitante del Cymek.

Isaac giró la cabeza a su alrededor parpadeante, sus ojos cegados.

A medida que la bruma luminosa se disipaba, reparó en la borrosa figura de un hombre que se acercaba incierto hacia ellos. Oyó a Derkhan respirar con dificultad, maldecir por el asco y el miedo.

Durante un instante se sintió confuso, hasta que sus ojos se aclimataron al pálido fulgor de la luna. Entonces vio claramente por primera vez a la criatura que se acercaba, y emitió un quejido horrorizado al mismo tiempo que Lemuel. Solo Yagharek, el guerrero del desierto, guardó silencio.

El hombre que se aproximaba a ellos caminaba desnudo y era de una delgadez espantosa. Su rostro estaba estirado en una permanente mueca de disforme incomodidad. Sus ojos, su cuerpo, se sacudían convulsos como si sus nervios se vinieran abajo. La piel parecía necrosada, sometida a la lenta gangrena.

Pero lo que hacía temblar y gemir a los espectadores era la cabeza. El cráneo había sido abierto limpiamente en dos justo encima de los ojos; la tapa de los sesos había desaparecido. Bajo el corte se advertía un borde de sangre coagulada. Desde el húmedo interior hueco de la calavera culebreaba un cable retorcido de dos dedos de grosor. Estaba rodeado por una espiral de metal ensangrentado, de color rojizo y plateado en la base, que se hundía en la raíz del cerebro inexistente.

El tubo se alzaba hacia arriba, suspendido sobre el cráneo del hombre. Isaac lo siguió lentamente con la mirada, atónito y horripilado. Se curvaba hacia atrás hasta que se encontraba, a más de seis metros de altura, con la mano de metal retorcido del constructo gigante. Después pasaba a través de la palma de la criatura y desaparecía en algún punto de sus entrañas.

La mano mecánica parecía estar compuesta por un paraguas gigante, arrancado y reconectado, adosado a pistones y tendones de cadena, que se abría y se cerraba como una garra cadavérica. El autómata soltaba cable poco a poco, permitiendo al hombre acercarse hacia los intrusos como una macabra marioneta.

A medida que el títere monstruoso se acercaba, Isaac se retiró de forma instintiva. Lemuel y Derkhan, incluso Yagharek, lo imitaron. Dieron unos pasos hacia los impasibles cuerpos de cinco grandes constructos que, inadvertidos, se habían situado a su espalda.