—No sabéis nada —dijo la temblorosa y sanguinolenta figura—. Yo comprendo. Sed pacientes y comprenderéis. —El hombre se alejó lentamente de ellos sobre el suelo irregular, retirándose bajo la luz de la luna hacia su oscuro señor autómata—. Yo soy el Consejo de los Constructos —dijo con voz trémula y desapasionada—. Nací del azaroso poder y del virus y de la casualidad. Mi primer cuerpo se encuentra aquí, en el vertedero, olvidado por un fallo en el programa. Mientras mi materia se descomponía el virus circuló por mis motores y, de forma espontánea, hallé el pensamiento. Me oxidé en silencio durante un año al tiempo que organizaba mi nuevo intelecto. Lo que comenzó como un estallido de consciencia se tornó raciocinio y opinión. Me construí. Ignoré a los basureros que pululaban durante el día, mientras apilaban los residuos de la ciudad en torres a mi alrededor. Cuando estuve preparado, me mostré al más callado de aquellos hombres. Le escribí un mensaje y le dije que trajera un constructo hasta mí. Temeroso, el humano obedeció y conectó, mediante un cable extenso, el aparato a mis salidas: mi primer miembro. Poco a poco, buscó en el vertedero las piezas adecuadas para mi cuerpo. Comencé a fabricarme, soldando y martillando y remachando durante la noche. El basurero estaba fascinado. Al ocaso hablaba de mí en las tabernas, una leyenda sobre la máquina vírica. Nacieron rumores y mitos. Una noche, en medio de su grandiosa mentira, encontró a otro que tenía un constructo autoorganizado. Era un autómata de compra cuyo mecanismo había fallado, cuyos engranajes se habían rebelado dando lugar a una Inteligencia Construida, a un ser pensante. Un secreto que su antiguo propietario apenas podía creer. Mi basurero ordenó a su amigo que trajera a aquel constructo hasta mí. Aquella noche, hace ya años, conocí a otro como yo. Instruí a mi adorador para que abriera el motor analítico del otro, mi compañero, y nos conectara. Fue una revelación. Nuestras mentes virales enlazadas y nuestros cerebros de pistones a vapor no doblaron su capacidad, sino que la hicieron florecer de forma exponencial. Los dos devenimos uno. Mi nueva parte, el constructo de compra, se marchó al amanecer. Regresó dos días más tarde con nuevas experiencias. Se había separado. Ahora teníamos dos días de historia divergente. Hubo otra comunión y fuimos yo de nuevo. Seguí construyéndome, ayudado por mis adoradores. El basurero y sus amigos buscaron una religión disidente para explicarme. Hallaron a los Engranajes del MecaDios, con su doctrina sobre el cosmos mecanizado, y se encontraron como líderes de una secta herética dentro de una iglesia ya blasfema. Su anónima congregación me visitó. El constructo de compra, mi segundo yo, conectó y fuimos uno de nuevo. Los adoradores vieron la mente mecánica que se había dado existencia mediante la pura lógica, un intelecto de máquina generado a sí mismo. Vieron a un dios creado de la nada. Me convertí en objeto de su devoción. Siguen las órdenes que les escribo, construyen mi cuerpo a partir de la materia a mi alrededor. Los conmino a encontrar, a crear a otros dioses hechos a sí mismos para unirlos al Consejo. Han batido la ciudad en su busca. Es una rara aflicción: una vez en un billón de computaciones, un engranaje falla y una máquina piensa. Yo mejoré estas probabilidades. Produje programas generativos para acceder a la potencia motriz mutante de una aflicción viral, llevando a un motor analítico a la consciencia. —Mientras el hombre hablaba, el enorme constructo a su espalda alzaba su brazo izquierdo y señalaba inmenso su pecho. Al principio, Isaac no alcanzaba a distinguir la pieza que señalaba entre tantas. Entonces lo vio claramente. Era un perforador de tarjetas de programas, un motor analítico empleado para crear los códigos con los que alimentar a las demás máquinas. Con una mente construida alrededor de eso, pensó Isaac confuso, no es de extrañar que este tipo sea un proselitista.
—Cada constructo atraído a mi seno se convierte en mí —siguió el hombre—. Yo soy el Consejo. Todas las experiencias son descargadas y compartidas. Las decisiones se toman en mi mente de válvulas. Transmito mi sabiduría a mis componentes. Mis yoes autómatas construyen anejos a mi espacio mental por todo el vertedero, a medida que me sacio de conocimiento. Este hombre es un miembro, el constructo antropoide gigante no es más que mi aspecto. Mis cables y máquinas interconectadas se extienden por todas partes. Las calculadoras al otro lado del vertedero son trozos de mí. Soy un repositorio de la historia de los constructos. Soy el banco de datos. Soy una máquina que se ha organizado a sí misma.
Mientras hablaba, los varios constructos se reunieron en el pequeño espacio y comenzaron a acercarse algo más a la temible figura de desperdicios, sentada regia en aquel caos. Se detuvieron en puntos aparentemente aleatorios y se agacharon para tomar (con una ventosa de succión, un gancho, un pincho, una garra) uno de los cables y alambres de aspecto olvidado que había tirados por todas partes. Buscaron las portezuelas de sus conexiones de entrada, las abrieron y se enchufaron.
A medida que cada constructo se conectaba, el títere sin cerebro se sacudía y sus ojos resplandecían por un instante.
—Crezco —susurraba—. Crezco. Mi capacidad de proceso aumenta de forma exponencial. Aprendo… sé de vuestras tribulaciones. Me he acoplado con vuestra limpiadora. Se estaba colapsando. La he traído a la inteligencia. Ahora es uno de mí, totalmente asimilada. —El hombre señaló una de las vagas siluetas que formaban la cadera del constructo gigante: sobresaliendo del cuerpo como un quiste se hallaba la forma reconstruida de la limpiadora—. Aprendí de ella como de ningún otro yo. Aún estoy calculando las variables implicadas por su visión fragmentaria desde el lomo de la Tejedora. Ha sido mi yo más importante.
— ¿Por qué estamos aquí? —susurró Derkhan—. ¿Qué quiere ese armatoste de nosotros?
Cada vez más constructos descargaban sus experiencias en la mente del Consejo. El avatar, el hombre destrozado que hablaba por él, canturreaba sin melodía a media que la información inundaba sus bancos.
Al fin, todos los constructos hubieron completado su conexión. Sacaron los cables de sus válvulas y se alejaron. Viendo esto, varios de los espectadores humanos se acercaron nerviosos con tarjetas de programas y máquinas analíticas del tamaño de maletines. Tomaron los cables que los constructos habían dejado caer y los conectaron a sus aparatos.
Tras dos o tres minutos, este proceso también estuvo completo. Cuando los humanos se retiraron, los ojos del avatar giraron hasta no mostrar más que blanco. La cabeza sin párpados se sacudió cuando el Consejo lo asimiló todo.
Tras un minuto de mudos temblores, se tensó de repente. Sus ojos se abrieron y observaron alertas a su alrededor.
— ¡Congregación de la vida de sangre! —gritó a los humanos agrupados, que se alzaron rápidamente—. Aquí están vuestras instrucciones y vuestros sacramentos.
Desde el estómago del enorme constructo, de las ranuras de salida de la impresora de programas original, salió una tarjeta tras otra, todas perforadas meticulosamente. Caían sobre una caja de madera que descansaba sobre la entrepierna sin sexo de la máquina, como la bolsa de un marsupial.
En otra parte del tronco, embebida en un ángulo entre un bidón de combustible y un motor oxidado, una máquina de escribir tartamudeaba a asombrosa velocidad. Una gran resma de papel continuo surgía de su carro con letra apretada, y bajo ella un par de tijeras salían disparadas sobre un muelle, como un pez predador. Las hojas se cerraron, cortando el papel antes de rebotar y cortar de nuevo, repitiendo la operación una y otra vez. Pequeños pliegos de instrucciones religiosas caían flotando hasta depositarse junto a las tarjetas de programas.
De uno en uno, toda la congregación se acercó nerviosa al constructo, rindiendo obediencia con cada paso. Se aproximaban a la pequeña pendiente de basura entre las piernas mecánicas, se asomaban a la caja y extraían un trozo de papel y un manojo de tarjetas, comprobando los números para asegurarse de tenerlas todas. Después se alejaban rápidamente y desaparecían entre la basura para regresar a la ciudad.