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Parecía que aquella adoración no disponía de ceremonia de despedida.

En pocos minutos, Yagharek, Isaac, Derkhan y Lemuel fueron las únicas formas de vida orgánicas que quedaban en el claro, aparte del espectral hombre sin cabeza. Los constructos permanecieron a su alrededor.

Isaac creyó ver una figura de pie sobre el montículo de basura más elevado del vertedero, contemplando los procedimientos; era de un color negro profundo, enmarcado en el fondo sepia de Nueva Crobuzon. Se concentró, pero no vio nada. Estaban completamente solos.

Miró ceñudo a sus compañeros y se acercó hacia la figura cadavérica con el tubo emergiendo de la cabeza.

—Consejo —dijo—. ¿Por qué nos has hecho venir? ¿Qué quieres de nosotros? Sabes de las polillas…

—Der Grimnebulin —interrumpió el avatar—. Crezco poderoso, y lo hago más con cada día que pasa. Mi capacidad de computación no tiene precedente en la historia de Bas-Lag, salvo que tenga un rival en un continente lejano del que no sé nada. Soy la red total de cien o más máquinas de cálculo. Cada una alimenta a las demás y es alimentada a su vez por todas. Puedo evaluar un problema desde miles de ángulos. Cada día leo los libros que mi congregación me trae, a través de los ojos de mi avatar. Asimilo Historia y religión, taumaturgia y ciencia y Filosofía en mis bancos de datos. Cada conocimiento que obtengo enriquece mis cálculos. He extendido mis sentidos. Mis cables se hacen más largos y llegan más lejos Recibo información de cámaras fijadas por todo el vertedero. Mis cables se conectan a ellas como nervios desnudos. Mi congregación las aleja cada vez más, hacia la propia ciudad, para conectarme con sus aparatos. Tengo adoradores en las entrañas del Parlamento que cargan las memorias de sus máquinas de cálculo con mis tarjetas, para traérmelas después. Pero esta no es mi ciudad.

Isaac frunció el ceño, negando con la cabeza.

—No… —comenzó.

—La mía es una existencia intersticial —le interrumpió el avatar con urgencia. La voz del hombre carecía de toda inflexión. Era inquietante, alienante—. Nací de un error, en un espacio muerto donde los ciudadanos descartan lo que no quieren. Por cada constructo que es parte de mí hay otros miles que no lo son. Mi sustento es la información. Mis intervenciones son ocultas. Aumento a medida que aprendo. Computo, luego existo. Si la ciudad se detuviera, las variables se reducirían casi a la nada. El flujo de información se cortaría. No deseo vivir en una ciudad vacía. He alimentado las variables del problema de las polillas en mi red analítica. El resultado es directo. Si no se actúa, la prognosis para la vida de sangre en Nueva Crobuzon es extremadamente mala. Os ayudaré.

Isaac miró a Derkhan y a Lemuel, buscó en los ojos ocultos de Yagharek. Devolvió su atención al tembloroso avatar. Derkhan le vocalizó exageradamente «ten cuidado».

—Bueno, estamos… muy agradecidos, Consejo… eh… ¿Cómo…? ¿Puedo preguntar qué pretendes hacer?

—He calculado que lo creeréis y lo entenderéis mejor si os lo muestro —dijo el hombre.

Un par de enormes ganchos de metal se cerraron alrededor de los antebrazos de Isaac, que gritó por la sorpresa y el miedo, tratando de liberarse. Estaba siendo sujetado por los constructos industriales más grandes, un modelo con manos diseñado para conectarse a los andamios y sostener edificios. Isaac, aun siendo un hombre fuerte, era incapaz de liberarse.

Gritó a sus compañeros para que lo ayudaran, pero otro de los enormes autómatas avanzó y se interpuso atronador entre ellos. Durante un momento incierto, Derkhan, Lemuel y Yagharek aguardaron confusos. Entonces Lemuel huyó corriendo. Se alejó a toda prisa por una de las profundas trincheras de basura y se perdió de vista hacia el este.

— ¡Pigeon, hijo de puta! —gritó Isaac. Mientras pugnaba, vio asombrado que Yagharek se situaba frente a Derkhan. El tullido garuda era tan callado, tan pasivo, tan enigmático, que Isaac no contaba con él. Los seguía, hacía lo que se le pedía, eso era todo.

Pero allí estaba ahora, saltando con un espectacular movimiento lateral, deslizándose por el lateral del constructo guardián, tratando de alcanzar a Isaac. Derkhan vio lo que hacía y se desplazó hacia el otro lado, obligando a la máquina a elegir entre los dos. Avanzó hacia ella.

La mujer se giró para escapar, pero un cable de acero restalló como una serpiente predadora desde la maleza de basura y se enroscó alrededor de su tobillo y la derribó. Cayó sobre el suelo fracturado, gritando de dolor.

Yagharek bregaba heroico contra las zarpas del constructo, pero sin eficacia alguna. La máquina se limitaba a ignorarlo. Uno de sus compañeros se situó tras el garuda.

— ¡Yag, maldición! —gritó Isaac—. ¡Corre! —pero fue demasiado tarde. El recién llegado era un enorme constructo industrial similar, y la malla de cables con la que encerró a Yagharek era mucho más difícil de romper.

Fuera de la contienda, el hombre sanguinolento, la extensión de carne del Consejo de los Constructos, alzó la voz.

—No estáis siendo atacados —dijo—. No sufriréis daño alguno. Comenzamos aquí. Tendemos un cebo. Por favor, no os alarméis.

— ¿Te has vuelto completamente loco? —protestó Isaac—. ¿Qué coño quieres decir? ¿Qué estás haciendo?

Los constructos en el corazón del laberinto se retiraban hacia los límites del claro, la sala del trono del Consejo. El cable que apresaba a Derkhan la arrastró a través del suelo. Ella luchaba, gritando y apretando los dientes, pero tenía que enroscarse y retorcerse para evitar clavarse algo. El constructo que sostenía a Yagharek lo alzó sin esfuerzo y lo alejó de Isaac. El garuda bregó con violencia y cayó la capucha de su cabeza, mientras sus feroces ojos de pájaro lanzaban frías miradas de rabia absoluta en todas direcciones. Más estaba indefenso ante aquella ineludible fuerza artificial.

El captor de Isaac lo arrastró hacia el centro del espacio, cada vez más despejado. El avatar danzó a su alrededor.

—Trata de relajarte. No dolerá.

— ¿Qué? —rugió Isaac. Desde el lado opuesto del pequeño anfiteatro, un pequeño constructo se acercó bamboleándose infantil a través de los restos. Portaba un aparato de aspecto extraño, un tosco yelmo que parecía un gran embudo conectado a una suerte de máquina portátil. Saltó sobre los hombros de Isaac, apresándolo dolorosamente con los dedos de los pies y encasquetándole el yelmo en la cabeza.

Isaac pugnó y gritó, pero inmovilizado como estaba por aquellos brazos poderosos no podía liberarse. Unos segundos después, el casco tenía el casco pegado a la cabeza. Le tiraba del pelo y le arañaba la cabellera.

—Soy la máquina —dijo el muerto desnudo, danzando insensible de una roca a un motor, a una botella rota—. Lo que aquí se descarta es mi carne. La arreglo más rápido de lo que tu cuerpo restaña las heridas y los huesos rotos. Todo aquí se da por muerto. Lo que no está aquí lo está pronto, o mis adoradores me lo traen, o puedo construirlo. El equipo en tu cabeza es una pieza como la empleada por los canalizadores y videntes, los comunicadores y psiconautas de todas clases. Es un transformador. Puede canalizar, redirigir y amplificar las descargas psíquicas. En este momento, está dispuesto para aumentar e irradiar. Lo he ajustado. Es mucho más fuerte que los que se usan en la ciudad. ¿Recuerdas que la Tejedora te de advirtió que la polilla que criaste te está buscando? Es una tullida, una proscrita enana. No puede rastrearte sin ayuda. —El hombre miró a Isaac. Derkhan gritaba algo al fondo, pero Isaac no atendía, no podía apartar la mirada de los ojos del avatar—. Verás lo que podemos hacer. Vamos a ayudarla.