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Isaac no oyó su propio alarido ultrajado. Un constructo se acercó y encendió la máquina. El casco vibró y zumbó con tal fuerza que le dolieron los oídos.

Las ondas de la impronta mental de Isaac pulsaron hacia la noche. Atravesaron el pellejo maligno de los malos sueños que atoraban los poros de la ciudad y salieron disparados hacia la atmósfera.

La nariz de Isaac comenzó a sangrar. Le dolía la cabeza.

Cientos de metros sobre la ciudad, los manecros se congregaban en el Prado del Señor. Los izquierdos rastreaban con cuidado la estela psíquica de las polillas.

ya rápido ataque antes de sospecha, urgía uno pugnaz.

prisa precaución, intimaba otro, rastrear con cuidado y seguir hallar nido.

Disputaban con rapidez, en silencio. El pentavirato de derechos flotaba colgado en el aire, con un noble izquierdo cada uno. Los primeros guardaban un silencio respetuoso mientras los segundos debatían la táctica.

ya lento, aceptaron. Con la excepción del perro, todos alzaron el brazo de sus anfitriones, apuntando con cuidado la pistola. Avanzaron lentamente por el aire, como una fantástica partida de caza, peinando la agitada psicosfera en busca de rastros de la consciencia de las polillas.

Siguieron la pista de salpicaduras oníricas en una espiral retorcida sobre Nueva Crobuzon y luego se desplazaron lentamente en un pasadizo curvo hacia el cielo sobre Hogar de Esputo, hacia Shek y hacia el sur del Alquitrán, en Piel del Río.

Mientras su senda se rizaba hacia el oeste, percibieron oleadas de emanaciones psíquicas procedentes del Meandro Griss. Por un instante, los manecros se sintieron confusos. Flotaron e investigaron aquella sensación de reflujo, pero pronto quedó claro que se trataba de radiaciones humanas.

algún taumaturgo, intimó uno.

no es asunto nuestro, aceptaron sus camaradas. Los izquierdos ordenaron a sus monturas derechas que prosiguieran con el rastreo aéreo. Las pequeñas figuras flotaban como motas de polvo sobre las vías elevadas de la milicia. Los izquierdos giraban la cabeza inquietos de un lado a otro, escrutando en cielo vacío.

De repente se produjo una fuerte oleada de exudaciones ajenas. La tensión superficial de la psicosfera se infló con la presión, y aquella repugnante sensación de codicia alienígena rezumó a través de sus poros. El plano psíquico se había espesado con el efluvio glutinoso de mentes incomprensibles.

Los izquierdos se encogieron en un ataque de miedo y confusión. ¡Era tanto, tan fuerte, tan rápido…! Se agitaron en la espalda de sus monturas. Los enlaces que habían abierto con los derechos se inundaron de repente con una marea psíquica, pues los sirvientes se vieron acosados por el terror desbordado de sus señores.

El vuelo de las cinco parejas se tornó errático, y flotaron por el aire sin formación alguna.

viene, gritó uno, mientras se producía un revoltijo de confusas y temerosas respuestas.

Los derechos trataron de recuperar el control de su vuelo.

En un estallido simultáneo de alas, cinco oscuras y crípticas figuras se lanzaron desde un oscuro nicho en la abigarrada confusión de los tejados de Piel del Río. Los aleteos chasqueantes de aquellas membranas enormes resonaban en varias dimensiones y llegaban hasta el aire tibio en el que las parejas de manecros zigzagueaban confusos. El perro alcanzó a divisar las grandes alas sombrías que segaban el aire bajo ellas. Lanzó un gemido mental de terror y sintió cómo Rescue se encogía asqueado. El izquierdo trató de recuperar el control.

izquierdos juntos, gritó, antes de exigir a los derechos que ascendieran sin parar.

Los guerreros obedecieron y se deslizaron por el aire hasta reunirse. Sacaban fuerzas los unos de los otros, controlándose mediante la disciplina. De repente eran una línea en una división militar, cinco derechos cegados y encarados hacia abajo, con las bocas dispuestas para lanzar su esputo abrasador. Los manecros rastreaban ávidos los cielos mediante los espejos de sus cascos. Su rostro apuntaba hacia las estrellas. Los espejos estaban orientados hacia abajo, con lo que disfrutaban de una visión de la ciudad oscura, una demente aglomeración de teselas, callejuelas y cúpulas de cristal.

Vieron cómo las polillas se aproximaban a increíble velocidad.

¿cómo nos huelen?, inquirió nervioso un izquierdo. Bloqueaban sus poros mentales lo mejor que podían. No esperaban sufrir una emboscada. ¿Cómo habían perdido la iniciativa?

Pero, cuando las polillas se lanzaron hacia ellos, los izquierdos vieron que no habían sido descubiertos.

La bestia mayor, al frente de la caótica cuña de alas, estaba cubierta por un peso parpadeante. Vieron que el temible armamento de las polillas, sus tentáculos dentados y los miembros serrados, lanzaba destellos y cortaba. Sus enormes dientes mascaban el aire.

Parecían combatir a un espectro. Su enemigo entraba y salía del espacio convencional, una forma evanescente como el humo, solidificándose y desapareciendo como una sombra. Era como si una vasta pesadilla arácnida atravesara las realidades entretejidas y atacara a las polillas con crueles lanzas de quitina.

¡Tejedora!, advirtió uno de los izquierdos, mientras ordenaba a los derechos que se retiraran lentamente de aquella tángana acrobática.

Las otras polillas giraban alrededor de su hermana, tratando de ayudarla. Se turnaban para atacar, siguiendo un código impenetrable. Cuando la Tejedora se manifestaba podían golpearla, atravesar su armadura liberando goterones de icor antes de que desapareciera. A pesar de sus llagas, la araña arrancaba grandes coágulos de carne y sangre espesa de las frenéticas bestias.

La polilla y la araña se atacaban en una extraordinaria confusión de violencia, con acometidas y paradas demasiado rápidas como para ser vistas.

Al alzarse, las polillas rompieron la cobertura onírica sobre la ciudad. Alcanzaron el nivel del cielo en donde aquellas ondas mentales habían confundido a los manecros.

Era evidente que las criaturas también podían sentirlas. Su formación apretada se rompió en una momentánea confusión. La menor de las polillas, de cuerpo retorcido y alas malformadas, se apartó de la masa y desenrolló su lengua monstruosa.

El enorme apéndice palpitó antes de volver a las fauces goteantes.

Con un vuelo errático la criatura giró en el aire y trazó un círculo alrededor de la Tejedora y de su presa; titubeó en el aire y comenzó a descender hacia el este, hacia el Meandro Griss.

La deserción del redrojo confundió a las polillas, que se separaron en el cielo, girando las cabezas y agitando las antenas al azar.

Los hechizados izquierdos se retiraron alarmados.

¡ahora!, decía uno, confusas y ocupadas, ¡atacamos con la Tejedora!

Vacilaban sin remedio.

preparado para esputo, dijo el perro manecro a Rescue.

Mientras las polillas se alejaban las unas de las otras, apartándose cada vez más de la lucha en el centro, viraron en el aire. Los izquierdos gritaron.

¡ahora!, ordenó uno, el parásito del enjuto burócrata, con un frenesí indeleble en su voz. ¡ataque!

La anciana humana avanzó de repente, como si el temeroso izquierdo ordenara a su derecho una repentina descarga de velocidad. Justo en ese momento, una de las polillas se giró y se quedó congelada, encarada con la pareja de manecros y sus anfitriones.

En ese momento, las otras dos polillas se coordinaron y una de ellas arrojó una enorme lanza de hueso hacia el abdomen distendido de la Tejedora. Mientras la enorme araña se retiraba, la otra le apresaba el cuello con un tentáculo segmentado. La araña desapareció de la noche hacia otro plano, pero el tentáculo la tenía presa y la arrastró a medias fuera del pliegue espacial, que se tensó alrededor de su cuello.