La Tejedora bregó y pugnó por liberarse, pero los izquierdos apenas la veían. La tercera polilla empezaba a volar hacia ellos.
Los derechos estaban ciegos, pero sentían el aterrado alarido psíquico de los nobles, que se bamboleaban para intentar mantener a la polilla visible en sus espejos.
¡esputo abrasador!, ordenó el manecro burócrata a su derecho, ¡ahora!
El cuerpo anfitrión, la anciana, abrió la boca y asomó una lengua enrollada. Inhaló con fuerza y escupió lo más lejos que pudo. Una gran descarga de gas pirótico salió disparada de su lengua y se incendió espectacular en el aire nocturno. Una enorme nube de llamas se fue desplegando mientras se dirigía hacia la polilla.
La puntería era buena, pero el miedo del izquierdo le hizo disparar a destiempo y escupió demasiado pronto. El fuego se desplegó en una colada oleosa, disipándose antes de tocar la carne de la polilla. Cuando la descarga se evaporó, la bestia había desaparecido.
Atemorizados, los izquierdos comenzaron a ordenar a sus derechos que giraran en el aire para encontrar a la criatura, ¡alto alto!, gritó el perro, pero sin resultado. Los manecros se bamboleaban al azar como los restos de un naufragio, encarados en todas direcciones, mirando frenéticos por sus espejos.
Allí, chilló la joven izquierda divisando a la polilla mientras caía como un ancla hacia la ciudad. Los demás manecros viraron para ver por sus espejos, y con un coro de gritos se encontraron frente a otra polilla.
El ser había volado hacia ellos mientras buscaban a su hermana, de modo que cuando se volvieron estaba frente a sus ojos, claramente visible con las alas extendidas, lejos del alcance de los espejos.
El joven izquierdo logró cerrar los ojos de su anfitrión y ordenar al derecho que girara y escupiera. El aterrado derecho, en el cuerpo del niño pequeño, trató de obedecer y lanzó una andanada de gas llameante en una espiral cerrada y alcanzó a la pareja de manecros junto a él en el aire.
El rehecho y su izquierda khepri gritaron físicamente al prender sus anfitriones. Se desplomaron hacia tierra, inmolados en una cruel agonía, gritando hasta morir a medio camino, su sangre bullendo y sus huesos fracturándose por el intenso calor, antes de golpear la superficie del Alquitrán. Desaparecieron bajo las sucias aguas con una descarga de vapor.
La mujer izquierda flotaba embrujada, con los ojos vidriados por la atronadora tormenta de patrones en las alas de la polilla asesina. La repentina eflorescencia hipnótica de los sueños del izquierdo se deslizó a través del canal con su montura derecha. El manecro vodyanoi se encogió ante la extraña cacofonía de una mente que se desplegaba. Comprendió lo que había sucedido, gimió aterrado con la boca de su anfitrión y bregó con las correas que adosaban al izquierdo a su espalda. Cerró los ojos de vodyanoi, aun a pesar de su antifaz.
Mientras luchaba, el miedo le hizo escupir sin ton ni son, iluminando la noche con una enorme descarga de gas inflamable. El extremo de la nube casi alcanzó al manecro de Rescue, que trataba de obedecer los confusos chillidos mentales de su guía. Giró algunos metros para evitar el globo de aire escaldado y se topó con el cuerpo de la polilla herida. La criatura temblaba de miedo y dolor. Habían conseguido que la Tejedora soltara su cuerpo torturado, pero caía tristemente hacia el nido, con las heridas supurando y las articulaciones aplastadas en una indescriptible agonía. Por una vez no tenía interés en la comida. Estaba a punto de estallar de dolor cuando Rescue y su perro izquierdo se encontraron con ella.
Con un espasmo petulante, dos enormes esquirlas bióticas surgieron como tijeras del cuerpo de la criatura y arrancaron tanto la cabeza de Montjohn Rescue como la del perro, con un seco y horripilante sonido.
Las cabezas se precipitaron hacia la oscuridad.
Los manecros seguían vivos y conscientes, pero sin el cerebro de sus anfitriones no podían controlar los cuerpos moribundos. Las carcasas humana y canina danzaron espasmódicas en una giga póstuma. La sangre brotaba de los cuerpos y se derramaba sobre los frenéticos manecros, que aullaban y apretaban sus dedos.
Mantuvieron la consciencia a lo largo de toda la caída, hasta que se estrellaron sobre el terrible hormigón de un patio en la Aduja, con una desagradable salpicadura de carne mutilada y fragmentos de hueso. Tanto los manecros como sus anfitriones decapitados se destrozaron al instante. Sus huesos estaban pulverizados, su carne aplastada más allá de cualquier ayuda.
El ciego vodyanoi casi se había liberado de las correas de cuero que lo fijaban a la mujer, cuya mente estaba en manos de la polilla. Pero, cuando el derecho estaba a punto de soltar la última hebilla y alejarse volando, la criatura se acercó para alimentarse.
Rodeó a su presa con sus brazos de insecto y la aferró con fuerza. Acercó a la mujer hacia sí mientras le metía la lengua palpitante en la boca y comenzaba a beber los sueños del manecro. La polilla sorbía con ansia.
Era un jugoso preparado. El residuo de los pensamientos del anfitrión humano flotaba como el sedimento o los granos de café en la mente del manecro. La polilla se extendió alrededor del cuerpo de la mujer, la abrazó y perforó la fofa carne vodyanoi adosaba a su espalda con los miembros óseos. El derecho gritó asustado por el dolor repentino, y la predadora pudo saborear el terror. Quedó confundida por un instante, sin comprender aquella otra mente que brotaba tan cerca de su comida. Pero se recuperó y apretó con más fuerza, dispuesta a cebarse de nuevo una vez hubiera secado su primer plato.
El cuerpo del vodyanoi estaba atrapado mientras asesinaban a su pasajero. Bregó y aulló, mas no logró escapar.
Algo más lejos, tras su hermana saciada, la polilla que había apresado a la Tejedora restalló su cola tentacular a través de varias dimensiones. La vasta araña parpadeaba en el aire a frenética velocidad. Cada vez que aparecía comenzaba a caer, atrapada por la despiadada gravedad. Entonces desaparecía hacia otro aspecto, arrastrando la punta serrada del tentáculo con ella, embebida en su carne. En esa otra dimensión se sacudía para liberarse de su atacante y reaparecer en el plano mundano, empleando su peso y su palanca antes de desaparecer de nuevo.
La polilla, tenaz, daba cabriolas alrededor de su presa, negándose a dejarla escapar.
El manecro burócrata mantenía un frenético y aterrado monólogo. Buscaba a su compañero izquierdo, en el cuerpo del joven musculoso.
muertos todos muertos nuestros camaradas, gritaba. Parte de lo que había visto, parte de sus emociones, fluían por el canal con la cabeza de su derecho. El cuerpo de la anciana se sacudía inquieto.
El otro izquierdo trataba de conservar la calma. Movía la cabeza de un lado a otro, intentando exudar autoridad. Alto, ordenó perentorio. Miró por los espejos a las tres polillas: la herida, que flotaba a duras penas hacia su nido oculto; la hambrienta, que devoraba las mentes de los manecros atrapados; y la combatiente, que seguía sacudiéndose como un tiburón, tratando de arrancarle la cabeza a la Tejedora.
Acercó a su derecho un poco, ataca ahora, pensó hacia su compañero, escupe duro, acaba con dos. persigue a los heridos. Entonces giró su cabeza a un lado y a otro, dejando escapar un pensamiento angustiado, ¿dónde está la otra?
La otra, la última polilla que había escapado de las llamas de la anciana para perderse de la vista con un elegante picado, había descrito un amplio rizo sobre los tejados, ascendido de nuevo, volando muy lenta, cambiando el color de sus alas para camuflarlas contra las nubes y atacar ahora, en un repentino estallido de colores oscuros, una resplandeciente muestra de patrones hipnagógicos.