Surgió al otro lado de los manecros, frente a los ojos del izquierdo. El joven humano saltó en un paroxismo de sorpresa al ver a la bestia predadora abrir sus alas. Percibió cómo su mente comenzaba a apagarse ante las sombras de medianoche que mutaban sinuosas en las alas de la polilla.
Sintió un instante de terror, después nada más que una violenta e incompresible marea de sueños… y entonces de nuevo el terror; tembló, el miedo mezclado con una alegría desesperada al comprender que pensaba una vez más.
Enfrentada a dos grupos de enemigos, la bestia había titubeado un momento antes de girar levemente en el aire. Había alterado el ángulo de su vuelo, de modo que las alas traicioneras se encaraban ahora con el burócrata y la anciana. Después de todo, aquellos eran los manecros que habían intentado abrasarla.
El izquierdo liberado vio ante él el enorme cuerpo de la polilla, sus alas ocultas. A su izquierda, la anciana giraba la cabeza nerviosa, sin saber lo que sucedía. Vio cómo los ojos del burócrata se desenfocaban, ¡quémala ahora ya ya!, trató de chillar el izquierdo a la anciana. Su derecho preparó la boca para escupir, cuando la enorme polilla cruzó el aire entre ellos demasiado rápido como para verla y se abrazó a los manecros, babeando como un hombre famélico.
Se produjo una descarga de angustia mental. La anciana comenzó a escupir su fuego, que se perdió inocuo más allá de la criatura que la apresaba y se evaporó en el aire.
Aun cuando pasó la oleada de horror, el último izquierdo, en el cuerpo de un hombre atado a un niño indigente, vio algo terrorífico por los espejos de su casco. Las garras de la Tejedora se hicieron visibles un instante y el arpón de la polilla que la atacaba se partió, amputado, y brotó sangre de la cola del tentáculo. Libre de la araña, que no volvió a aparecer, la polilla gritó en silencio y se lanzó a través de la noche hacia la pareja de manecros.
Y, horrorizado, el izquierdo vio cómo la criatura frente a él apartaba la vista de su comida, giraba la cabeza sobre su hombro y lo apuntaba con sus antenas, en un lento y ominoso movimiento.
Tenía polillas delante y detrás. El derecho, en el cuerpo del niño, tembló y aguardó las instrucciones.
¡abajo!, gritó el izquierdo con repentino pavor, ¡abajo, lejos! ¡misión abortada! ¡solos y condenados, huir, escupir y volar!
Una oleada de pánico desbordó la mente del derecho. El rostro del niño se torció aterrado y comenzó a escupir fuego. Después se desplomó hacia las piedras supurantes de Nueva Crobuzon, hacia su maderamen húmedo y pútrido, como un alma arrastrada hacia el Infierno.
¡abajo abajo abajo!, gritaba el izquierdo mientras las polillas saboreaban su rastro de terror con las viles lenguas.
Las sombras nocturnas de la ciudad se alzaron como dedos, apresaron a los manecros y los empujaron hacia una ciudad sin sol de peligro, de traición mundana, lejos de la demente, impenetrable, inenarrable amenaza de las nubes.
40
Isaac mandó al Consejo de los Constructos al Infierno y exigió su liberación. La sangre le manaba por la nariz y le empapaba la barba. Cerca de él, Yagharek y Derkhan luchaban con patética lasitud en los brazos de sus captores mecánicos. Sabían que estaban atrapados.
A través de la bruma de la migraña, Isaac vio al gran Consejo de los Constructos alzar su huesudo brazo de metal hacia los cielos. En el mismo momento, el enjuto y sanguinolento avatar humano señaló con el mismo brazo, en un inquietante eco visual.
—Viene —dijo el Consejo con la voz del muerto.
Isaac aulló de rabia y giró la cabeza hacia arriba, agitándose y sacudiéndose de un lado a otro, en un esfuerzo inútil por liberarse del casco.
Bajo las rápidas nubes divisó una enorme forma aguileña que se acercaba a trompicones desde el aire, descendiendo con un movimiento ansioso, caótico. Derkhan y Yagharek lo vieron y quedaron petrificados.
La perpleja forma orgánica se acercaba con terrorífica velocidad. Isaac cerró los ojos, pero no pudo resistirse a abrirlos de nuevo. Tenía que ver a aquel ser.
La criatura se acercó y descendió con brusquedad sobre el río. Sus múltiples miembros se abrieron y cerraron, temblando su cuerpo en compleja unidad.
Aun desde aquella distancia, incluso a través de su miedo, Isaac podía ver que la polilla que se acercaba era un espécimen patético comparado con la terrorífica perfección predadora que había acabado con Barbile. Los giros y convoluciones, las venas y espirales fortuitas de carne que habían compuesto aquella rapaz totalidad, habían sido funciones de impensable simetría inhumana, células que se multiplicaban como números oscuros, ignotos. Sin embargo, aquella ansiosa forma aleteante de extremidades retorcidas y deformes, de incompletos segmentos corporales, de armamento amputado y malparado en la crisálida… era un monstruo malformado.
Aquella era la polilla a la que Isaac había alimentado con comida bastarda. La polilla que había saboreado los jugos de su propia cabeza, mientras yacía trémulo en un viaje de mierda onírica. Aún ansiaba aquel sabor, parecía, aquella primera y jugosa intimidad de una sustancia más pura.
Aquel parto contranatural había sido, comprendió Isaac, el comienzo de todos sus problemas.
—Oh, dulce Jabber—susurró con voz trémula—, por la Cola del Diablo… Que los dioses me ayuden.
Con una retorcida inyección de polvo industrial, la polilla aterrizó. Plegó las alas.
Estaba agazapada, la espalda curva y tensa en una postura de simiesca osadía. Sus brazos crueles (maltrechos, pero aún poderosos y maliciosos) tenían el ademán asesino de un cazador. Giró lentamente su cabeza larga y delgada a un lado y a otro, las antenas de sus cuencas tanteando el aire.
A su alrededor, los constructos realizaban movimientos apenas perceptibles. La polilla los ignoró a todos. Su boca tosca, brutal, se abrió para emitir la lengua salaz, que se agitó como una enorme cinta sobre la concurrencia.
Derkhan gimió y la polilla se vio sacudida por un escalofrío.
Isaac trató de gritar para decirle que se callara, que no permitiera que la sintiera, pero no podía hablar.
Las ondas de su mente oscilaban como un latido, sacudiendo la psicosfera del vertedero. La polilla podía saborearlas, sabía que se trataba del mismo licor mental que había estado buscando. Los otros jirones que sentía no eran nada a su lado, migajas junto a un festín.
La bestia, temblando de emoción, dio la espalda a Yagharek y a Derkhan y se encaró con Isaac. Se incorporó lentamente sobre cuatro de sus miembros, abrió la boca con un pequeño siseo infantil y desplegó las alas mesméricas.
Durante un instante, Isaac trató de cerrar los ojos. Una pequeña parte de su cerebro, cargada de adrenalina, pensó en varias estrategias de huida.
Pero estaba tan cansado, tan confundido, tan triste y tan dolido, que actuó demasiado tarde. Extenuado, de forma poco clara al principio, vio las alas de la criatura.
La cambiante marea de colores se desplegó como un banco de anémonas y desenredó asombrosa las sombras hipnóticas. A ambos lados del cuerpo de la polilla, las tinturas de medianoche, en perfecto reflejo, se deslizaban como ladronas por los nervios ópticos del científico, bañando toda su mente.
Isaac vio a la bestia acercarse lentamente hacia él a través del claro, vio las alas torcidas, perfectamente simétricas, batir suavemente y bañarlo con su muestra narcótica.