Y entonces su mente se deslizó como un cansado volante mecánico, y no sintió más que una rociada de sueños. Un espumarajo de memorias, impresiones y lamentos efervesció desde su interior.
No era como la mierda onírica. No había núcleo de consciencia que observar y al que aferrarse. Aquellos no eran sueños invasores. Eran los suyos, y no había un él al que ver bullir, su misma esencia estaba en la oleada de imágenes, era el recuerdo y el símbolo. Isaac era la memoria del amor paterno, las profundas fantasías sexuales y los recuerdos, las extrañas invenciones neuróticas, los monstruos, las aventuras, los fallos lógicos de la engrandecida automemoria; la masa mutante de la inframente triunfante sobre el raciocinio y la cognición y el reflejo que se extendía en la terribles y asombrosas descargas interconectadas de subconsciente y sueño
el sueño
se se detuvo
se detuvo de repente, e Isaac bramó ante el repentino tirón de la realidad.
Parpadeó fervoroso mientras su mente se depositaba al instante en sedimentos y el subconsciente caía allá donde debía estar. Tragó saliva. Su cabeza parecía a punto de implotar y se reorganizaba en el caos de fragmentos esparcidos.
Oyó la voz de Derkhan llegando desde el fin de alguna frase.
—¡…increíble! —gritaba—. ¿Isaac? Isaac, ¿me oyes? ¿Estás bien?
Cerró los ojos un instante antes de abrirlos lentamente. La noche volvió a enfocarse frente a él.
Cayó sobre sus manos y rodillas, y comprendió que el constructo lo había liberado, que no era más que la presa onírica de la polilla lo que lo había mantenido de pie. Alzó la vista y se limpió la sangre de la cara.
Tardó un momento en aprehender la escena ante él.
Derkhan y Yagharek estaban de pie, liberados, en los extremos del claro. El garuda se había quitado la capucha para revelar su gran cabeza de pájaro. Los dos estaban en posiciones de acción congelada, listos para correr o saltar en cualquier dirección. Ambos observaban el centro de aquel ruedo de basura.
Frente a Isaac había varios de los grandes constructos que se encontraran tras él al aterrizar la polilla. Se movían vagamente alrededor de una enorme masa destrozada.
Alzándose por encima del espacio del Consejo vio el enorme brazo de una grúa, rezumando cadenas. Se había alejado del río, por encima de la pequeña muralla defensiva de desperdicios, hasta descansar sobre el centro del claro.
Directamente bajo ella, convertidos en un millón de peligrosos fragmentos, estaban los restos de una enorme caja de madera, un cubo de la altura de un hombre. Entre la ruina destrozada estaba su cargamento, una amalgama de carbón, hierro y piedra, un caótico agregado del más pesado detritus del vertedero del Meandro Griss.
El montículo de densos escombros formaba lentamente un cono invertido que fluía entre los tablones partidos del contenedor.
Debajo, sacudiéndose y arañando deleznable, emitiendo patéticos sonidos, estaba la polilla, una masa de exoesqueleto fracturado y tejido supurante, con las alas rotas y enterradas bajo la avalancha.
—Isaac, ¿lo has visto? —susurró Derkhan.
Él negó con la cabeza, los ojos llenos de asombro. Poco a poco, se puso en pie.
— ¿Qué ha pasado? —logró soltar. Su voz le sonaba totalmente alienígena.
—Estuviste inconsciente casi un minuto —dijo Derkhan con urgencia—. Te… te estaba gritando, pero no respondías… y entonces… y entonces los constructos avanzaron. —Lo miraba extrañada—. Caminaban hacia ella, y podía sentirlos… y parecía confusa y… aturdida. Se retiró un poco y extendió las alas aún más, de modo que lanzaba los colores no solo a ti, sino también a los constructos, ¡pero no dejaban de avanzar!
La periodista se acercó a él con torpeza. La sangre manaba del costado de su cabeza, pues la herida de la oreja se había reabierto. Describió un gran círculo alrededor de la polilla aplastada, que balaba débil y suplicante como un cordero.
Derkhan la miraba temerosa, pero la criatura no tenía poder alguno sobre ella, inmovilizada y deshecha como estaba. Sus alas estaban ocultas, rotas por los fragmentos.
Llegó junto a Isaac y lo cogió con manos temblorosas de los hombros. Miró nerviosa a la criatura atrapada antes de volver la vista hacia su amigo.
— ¡No pudo con ellos! No dejaban de avanzar y ella… se retiraba… y mantenía las alas extendidas de modo que no pudieras escapar, pero tenía miedo, estaba… confusa. Y mientras se retiraba, ¡la grúa se movía! No pudo sentirla, aun con el temblor del suelo. Y entonces los constructos se detuvieron y la polilla esperó… y le cayó el contenedor encima.
Se giró para contemplar la papilla de limo orgánico y deshechos industriales que cubría el suelo. La polilla gemía suplicando piedad.
Tras ella, el avatar del Consejo de los Constructos avanzaba sobre el suelo irregular. Se situó a un metro del monstruo, que sacudió la lengua para intentar enroscarla alrededor de su tobillo. Pero estaba demasiado débil, y el hombre no tuvo que hacer nada por evitar el ataque.
—No puede sentir mi mente. Soy invisible para ella —dijo el títere—. Cuando me oye, nota mi ser físico acercándose, pero mi psique permanece opaca, inmune a su seducción. Sus alas forman patrones complejos, haciéndose cada vez más confusos en una rápida e incansable demostración… y eso es todo. Yo no sueño, der Grimnebulin. Soy una máquina calculadora que ha calculado cómo pensar. No sueño. No hay neurosis, ni profundidades ocultas. Mi consciente es una función progresiva de mi capacidad de proceso, no algo barroco que brota de una mente con cuartos, áticos y sótanos velados. No hay nada en mí que pueda alimentar a las polillas. Siente hambre. Puedo sorprenderla. —Se giró para observar la ruina goteante—. Puedo matarla.
Derkhan miró a Isaac.
—Una máquina pensante… —suspiró. Isaac asintió lentamente.
— ¿Por qué me hiciste pasar por aquello? —dijo trémulo, viendo la sangre que aún manaba de su nariz salpicando el suelo.
—Fue un cálculo —dijo simplemente—. Lo computé como el modo más eficaz para convencerte de mi valía, con la ventaja de destruir a una de las polillas al mismo tiempo. Aunque fuera la menos amenazadora.
Isaac sacudió la cabeza con exhausto disgusto.
—Mira… ese es el maldito problema de la lógica excesiva: no da lugar a variables como los dolores de cabeza.
—Isaac —respondió Derkhan con fervor—. ¡Lo tenemos! Podemos usar al Consejo como… como tropa. ¡Podemos acabar con las polillas!
Yagharek se había acercado hasta situarse tras ellos, acuclillado en la periferia de la conversación. Isaac lo miró, concentrado.
—Mierda —dijo muy lentamente—. Mentes sin sueños.
—Las demás no serán tan fáciles —dijo el avatar. Estaba mirando hacia arriba, hacia el cuerpo principal del Consejo de los Constructos. Durante un pequeño instante, sus enormes faros se iluminaron y enviaron poderosas corrientes de luz hacia los cielos, contrayéndose y buscando. Sombras oscuras atravesaron la compleja trampa luminosa, vagas, apenas precisadas.
—Hay dos —dijo el avatar. Han acudido aquí llamadas por el estertor de su hermana.
— ¡Hostia! —gritó Isaac alarmado—. ¿Qué vamos a hacer?
—No vendrán —replicó el hombre—. Son más fuertes y rápidas, menos crédulas que su hermana deforme. Pueden percibir que ocurre algo. Solo os saborean a los tres, pero presienten las vibraciones físicas de todos mis cuerpos. Esa disparidad las inquieta. No vendrán.
Poco a poco, Derkhan Isaac y Yagharek se relajaron.
Se miraron entre ellos, luego al enjuto avatar. A su lado, la polilla gañía agónica y moribunda. La ignoraron.
— ¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Derkhan.