Tras unos minutos, las parpadeantes y funestas sombras desaparecieron del cielo. En aquel diminuto y desolado retal de la ciudad, rodeados por el espectro de las fábricas, el peso de las pesadillas pareció aliviarse durante unas horas.
Exhaustos y afligidos como estaban, Isaac y Derkhan, incluso Yagharek, se sintieron animados por el triunfo del Consejo. Isaac se acercó a la polilla moribunda, investigó la cabeza torturada, sus rasgos indistintos, ilógicos. Derkhan quería prenderle fuego, destruirla por completo, pero el avatar no lo permitía. Quería conservar la cabeza del monstruo, estudiarla en las lentas horas del día, aprender sobre el interior de la mente de las polillas.
El ser se aferró tenaz a la vida hasta después de las dos de la mañana, momento en el que expiró con un largo estertor y un reguero de saliva cítrica. Se produjo una estremecedora liberación de miseria alienígena reprimida, una onda que se dispersó rápidamente por el vertedero, mientras los ganglios empáticos de la criatura recibían a la muerte.
Se produjo una sublime quietud.
En un movimiento sociable, el avatar se sentó junto a los dos humanos y el garuda. Comenzaron a hablar, intentando formular planes. Hasta Yagharek participó con callada emoción. Era un cazador. Sabía tender trampas.
—No podemos hacer nada hasta que no sepamos dónde están esos bichos —dijo Isaac—. O las buscamos o nos toca sentarnos y hacer de cebo, esperando que esas hijas de puta vengan a por nosotros, entre los millones de almas de la ciudad.
Derkhan y Yagharek asintieron.
—Sé dónde están —respondió el avatar.
Los otros lo miraron atónitos.
—Sé dónde se ocultan. Sé dónde está su nido.
— ¿Cómo? —preguntó Isaac—. ¿Dónde? —cogió el brazo del avatar por la emoción, antes de retirarlo asustado. Se había inclinado sobre el rostro del ser, y algo en el espanto de aquella faz lo sacudió. Podía ver el borde del cráneo serrado dentro de la piel macilenta, blanquecina, moteada de residuo sanguinolento. Podía ver el cable atroz hundirse en el intrincado pliegue al fondo del hueco de donde se había arrancado el cerebro.
La piel del avatar era seca, rígida y fría, como la carne colgada.
Aquellos ojos, con su constante expresión concentrada, con su angustia velada, lo saludaron.
—Todos cuantos me forman han rastreado los ataques. He cruzado las referencias y los datos de los lugares. He hallado correlaciones y las he sistematizado. He incluido las pruebas de las cámaras y las máquinas de computación cuya información robo, las formas inexplicables en el cielo nocturno, las sombras que no se corresponden con raza alguna de la ciudad. Hay patrones complejos. Los he formalizado. He descartado opciones y he aplicado programas matemáticos de alto nivel para las restantes posibilidades. Con variables desconocidas, la certeza absoluta es imposible. Pero, según los datos disponibles, existe una probabilidad del setenta y ocho por ciento de que aniden donde yo digo. Las polillas viven en el Invernadero, sobre los cactos, en Piel del Río.
—Mierda —susurró Isaac después de un silencio—. ¿No eran animales? ¿De dónde sacan tanta astucia? Es inspirado. Es el mejor sitio que se me ocurre a mí.
— ¿Por qué? —preguntó inesperadamente Yagharek.
Isaac y Derkhan lo miraron.
—Los cactos de Nueva Crobuzon no son como la variedad del Cymek, Yag —dijo Isaac—. O quizá sí lo sean, y puede que ese sea el problema. Sin duda, has tratado con ellos en Shankell. Ya sabes cómo son. Nuestros cactos son una rama de esos mismos del desierto que llegaron del sur. No sé nada sobre los demás, los de las montañas, en las estepas del este. Pero conozco a los sureños, y su estilo de vida nunca llegó a adaptarse bien. —Hizo una pausa para suspirar y rascarse la cabeza. Tenía que concentrarse, superar los resplandecientes recuerdos de Lin acechando justo detrás de sus ojos. Tragó saliva y continuó—. Toda esa chorrada del tipo duro que rige las noches de Shankell comienza a parecer sospechosa aquí. Por eso construyeron el Invernadero, si quieres mi opinión: quieren un poco del Cymek en Nueva Crobuzon. Cuando lo construyeron recibieron dispensas legislativas; solo los dioses saben a qué tratos tuvieron que llegar para lograrlo. Técnicamente, se trata de un país independiente. No se admite a nadie sin permiso, incluyendo a la milicia. Allí tienen leyes propias, todo propio. Por supuesto, eso es una broma. Puedes apostar el culo a que el Invernadero no sería una mierda sin Nueva Crobuzon. Masas de cactos salen de allí todos lo días, van a trabajar a pesar de ser unos capullos malhumorados, y se llevan los shekel de vuelta a Piel del Río. Nueva Crobuzon posee el Invernadero. Y no me creo ni por un instante que la milicia no vaya a entrar allí cuando le dé la gana. Pero el Parlamento y los gobernadores de la ciudad aceptan esta charada. No puedes entrar por las buenas en el Invernadero, Yag, y si lo lograras… que me aspen si sé lo que encontrarías allí. Es decir, ya has oído los rumores. Hay quien ha estado dentro, por supuesto. Y circulan historias sobre lo que la milicia ha visto a través de la cúpula desde las naves aéreas. Pero la mayoría de nosotros, yo incluido, no tiene ni idea sobre lo que pasa por ahí, o sobre cómo entrar.
—Pero podemos conseguirlo —dijo Derkhan—. Puede que Pigeon vuelva oliendo tu oro, ¿eh? Y si lo hace, apuesto a que podría meternos. No me creo que no haya criminales en el Invernadero. —Tenía un aspecto feroz. Sus ojos mostraban determinación—. Consejo —dijo, volviéndose hacia el hombre desnudo—. ¿Tienes a alguien… a alguien de ti en el Invernadero?
El avatar negó con la cabeza.
—El pueblo cacto no usa muchos constructos. Ninguno de mí ha estado dentro. Por eso no puedo predecir con exactitud dónde están las polillas. Salvo que duermen dentro de la cúpula.
Mientras el avatar hablaba, Isaac fue alcanzado por una repentina revelación.
Estaba rumiando los problemas, pensando en modos de entrar en el Invernadero, cuando comprendió asombrado que había un modo muy sencillo. Recordó el exasperado consejo de Lemueclass="underline" «Déjaselo a los profesionales».
Había ignorado la idea con irritación, pero ahora se daba cuenta de que podía hacer exactamente eso. Había mil modos de advertir a la milicia de forma indirecta: el Estado facilitaba el trabajo de los informadores. Ahora sabía dónde se encontraban las polillas; podía contárselo al gobierno, con todo su poder, sus cazadores y científicos, sus inmensos recursos. Podía decirles dónde anidaban aquellos monstruos y escapar. La milicia los cazaría por él y recuperarían a aquellas aberraciones. La polilla que lo perseguía estaba muerta: no tenía especiales motivos para tener miedo.
No dejaba de rondarle por la cabeza.
Pero nunca fue, ni siquiera por una fracción de segundo, una tentación.
Recordó el interrogatorio de Vermishank. El hombre había intentado no mostrar su miedo, pero era evidente que no confiaba en la capacidad de la milicia para capturar a las polillas. Y ahora, en el Consejo de los Constructos, Isaac se enfrentaba por primera vez a la fuerza que había demostrado poder terminar con aquellos predadores impensables. Era un poder que no trabajaba para el Estado, sino que les ofrecía sus servicios a él y a sus compañeros… o los emplearía por su cuenta.
No estaba seguro de cuáles eran las motivaciones del Consejo, sus razones para permanecer en la sombra, pero le bastaba saber que aquella arma no debía estar en manos de la milicia. Y era la mejor oportunidad para la ciudad. No podía negarlo.
Eso era una cosa.
Pero había algo mucho más poderoso, algo enraizado en sus tripas, algo mucho más básico. El odio. Miraba a Derkhan y recordaba por qué era su amigo. Su expresión se torció.
No confiaría en Rudgutter, pensó fríamente, aunque ese asesino hijo de puta jurara por el alma de sus hijos.