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Si el estado encontraba a las polillas, pensó, haría todo cuanto estuviera en su mano para volverlas a capturar, porque su valor era enorme. Podrían barrerlas de los cielos nocturnos, podrían contener el peligro, pero una vez más serían encerradas en un laboratorio, vendidas al mejor postor en una espantosa subasta, regresando a sus propósitos comerciales.

De nuevo serían exprimidas. Y alimentadas.

Por mal preparado que estuviera para buscar a aquellos seres y destruirlos, sabía que tenía que intentarlo. No podía coquetear con las alternativas.

Hablaron hasta que la oscuridad comenzó a arrastrarse desde el firmamento oriental. Se hicieron sugerencias tentadoras, todas condicionadas. Pero aun lastrados por cientos de posibilidades abiertas, aquellos esbozos crecían y cobraban forma. Poco a poco comenzaba a sugerirse una secuencia de acciones. Con creciente asombro, Isaac y Derkhan comprendieron que tenían una especie de plan.

Mientras hablaban, el Consejo envió a sus partes móviles a las profundidades del vertedero. Allí revolvieron invisibles entre las montañas de basura para reaparecer portando cables doblados, sartenes rotas y coladores, incluso uno o dos cascos rotos y grandes pilas de fragmentos de espejo.

— ¿Podéis encontrar un soldador, o un metalotaumaturgo? —preguntó el avatar—. Debéis construir cascos defensivos —describió los espejos que debían montar frente a las líneas de visión.

—Sí—dijo Isaac—. Volveremos mañana por la noche para confeccionarlos. Y entonces tendremos un día para… para prepararnos, antes de entrar.

Mientras la noche seguía floreciendo, los diversos constructos comenzaron a alejarse. Regresaban a las casas de sus amos lo bastante pronto como para que sus escapadas nocturnas pasaran desapercibidas.

La luz del día llegó, y con ella el sonido gutural de los trenes. Comenzó el estridente y sucio diálogo matutino de las familias de las barcazas, que se gritaban de una balsa a otra junto a la basura. El primer turno de los trabajadores se dirigía hacia sus fábricas para humillarse ante las vastas cadenas, las máquinas de vapor y los roncos martillos de aquellas catedrales profanas.

Solo quedaban cinco figuras en el claro: Isaac y sus compañeros, la espantosa aparición que hablaba por el Consejo de los Constructos y el enorme autómata en sí, moviendo despacioso sus miembros segmentados.

Isaac, Derkhan y Yagharek se levantaron para marchar. Estaban agotados y con distintos grados de dolor, desde las rodillas y las manos despellejadas por el suelo picudo, hasta la cabeza palpitante de Isaac. Estaban cubiertos de mugre y grima, de un polvo denso como el humo. Parecía que hubieran sido abrasados.

Guardaron los espejos y el material para los cascos en un lugar que pudieran recordar del vertedero. Isaac y Derkhan miraron confusos el paisaje a su alrededor, totalmente distinto a la luz del día; el ambiente amenazador se tornó patético, y las formas siniestras se revelaron como cochecitos de niño y colchones rotos. Yagharek levantaba bien los pies envueltos, trastabillando un tanto, deshaciendo sin titubeos el camino por el que habían venido.

Isaac y Derkhan se le unieron. Estaban totalmente exhaustos. El rostro de la mujer estaba demudado, y sentía un terrible dolor en la oreja amputada. Cuando estaban a punto de desaparecer tras la muralla cambiante de basura, el avatar los llamó.

Isaac oyó las palabras del ser y frunció el ceño; se alejó de la presencia del Consejo con sus compañeros, recorriendo los canales de desechos industriales y saliendo poco a poco a las zonas iluminadas del Meandro Griss. La advertencia del autómata permaneció con él y la rumió cuidadosamente, una y otra vez.

—No puedes proteger todo cuanto portas, der Grimnebulin. En el futuro, no dejes tus cosas más preciadas junto a las vías del tren. Tráeme tu motor de crisis —le había dicho—… por seguridad.

41

Un caballero y un… un jovencito desean verle, señor alcalde —dijo Davinia a través del tubo comunicador—. El caballero me pidió que le dijera que le envía el señor Rescue a propósito de… la fontanería en I + D —su voz vaciló nerviosa ante el evidente código.

—Déjalos pasar —respondió Rudgutter al instante, reconociendo las contraseñas de los manecros.

Estaba agitándose en su asiento, meciéndose nervioso de un lado a otro. Las pesadas puertas de la Sala Lemquist se abrieron poco a poco, y un hombre fuerte y espantado entró, llevando de la mano a un niño de aspecto aún más aterrado. El niño vestía un conjunto de harapos, como si lo acabaran de recoger en la calle. Uno de sus brazos estaba cubierto por una gran quemadura tratada mediante vendas sucias. Las ropas del hombre eran de calidad decente, pero estilo extraño. Llevaba unos voluminosos pantalones, casi como los de las khepri, que le daban un aspecto peculiarmente femenino, a pesar de su tamaño.

Rudgutter lo miró con ojos cansados y enfadados.

—Sentaos —dijo. Señaló un montón de papeles a la extraña pareja, hablando con rapidez—. Un cadáver decapitado sin identificar, atado a un perro sin cabeza, acompañados por dos manecros muertos. Un par de anfitriones, atados espalda contra espalda, sin intelecto. Un… —consultó el informe de la milicia— un vodyanoi cubierto por graves heridas, y una joven humana. Logramos extraer a los manecros matando a los anfitriones, una muerte biológica, no ese ridículo estado medio, y les ofrecimos nuevos anfitriones. Los pusimos en una jaula con un par de perros, pero ni se movieron. Como sospechábamos. Si secas al anfitrión, secas también al manecro.

Se recostó en la silla y observó a las dos figuras traumatizadas ante él.

—Así que… —dijo lentamente, después de un pequeño silencio—. Yo soy Bentham Rudgutter. Vamos a suponer que me decís quiénes sois, dónde está Montjohn Rescue y qué ha sucedido.

En una sala de reuniones cerca de la cima de la Espiga, Eliza Stem-Fulcher miraba al cacto que estaba sentado al otro lado de la mesa. Era bastante más alto que ella, y su cabeza se alzaba desde los hombros sin cuello aparente. Los brazos estaban inmóviles sobre la mesa, enormes trancas como las ramas de un árbol. La piel era moteada y estaba marcada por cientos, miles de heridas cicatrizadas, al estilo de los cactos, que formaban gruesos nudos de materia vegetal.

El xeniano podaba sus espinas de forma estratégica. Los interiores de los brazos y las piernas, las palmas… Allá donde la piel pudiera frotarse o apretarse contra la carne, estaba desprovista de puntas. Una tenaz flor roja permanecía en su mejilla desde la primavera. En su pecho y sus hombros se adivinaban nudos y brotes.

Esperaba en silencio a que hablara Stem-Fulcher.

—Hemos sabido —dijo ella con cuidado— que vuestras patrullas de tierra fueron ineficaces anoche. Como las nuestras, debería añadir. Aún tenemos que verificarlo, pero parece que puede haber habido cierto contacto entre las polillas y una… una de vuestras pequeñas unidades aéreas —hojeó rápidamente los papeles—. Es cada vez más evidente —aventuró— que limitarse a surcar los cielos de la ciudad no ofrece resultados. No obstante, por muchas razones que ya hemos discutido, siendo una muy importante nuestros divergentes métodos de trabajo, no creemos que combinar las patrullas sea especialmente provechoso. Sin embargo, es sin duda necesario que coordinemos nuestros esfuerzos. Por eso hemos extendido la amnistía legal para vuestra organización durante esta misión conjunta. Del mismo modo, estamos dispuestos a ofrecer una tregua temporal a la estricta regla que prohíbe los aeróstatos no gubernamentales. —Se aclaró la garganta. Estamos desesperados, pensó. Pero apuesto lo que sea a que vosotros también—. Podemos llegar a prestar dos naves aéreas, tras discutir sobre rutas y horarios de utilización. El objetivo es multiplicar nuestros esfuerzos en la caza aérea. Nuestras condiciones siguen siendo las ya mencionadas: todos los planes deben discutirse y aprobarse por adelantado. Además, todas las investigaciones sobre la metodología de la caza serán compartidas. —Se recostó en la silla y depositó un contrato sobre la mesa—. Entonces, ¿te ha dado Motley autoridad para tomar esta clase de decisión? Y si es así, ¿qué dices?